La Feria del Alfeñique comienza este domingo con una tradición documentada desde 1630. Aquí el azúcar no solamente endulza: se amasa, moldea, vacía y termina convertida en muertos.
En Toluca existe una temporada durante la cual comprar un pequeño cadáver, meterlo cuidadosamente dentro de una bolsa y después comérselo resulta perfectamente familiar.
Puede ser una calavera, un ataúd, un borrego o cualquier criatura surgida de una sustancia extraordinariamente versátil que normalmente utilizamos para endulzar el café.
Es azúcar, pero después de pasar por manos artesanas adquiere una segunda profesión: durante algunas semanas también sirve como material para construir pequeños muertos comestibles.
Este domingo comienza la Feria y Festival Cultural Alfeñique 2026, celebración que ocupará Toluca durante octubre y noviembre mediante talleres, exposiciones y actividades familiares gratuitas.
Detrás de semejante programa existe un objeto mucho más pequeño cuya historia dentro de la ciudad puede documentarse desde hace casi cuatro siglos: el propio alfeñique.
El azúcar también puede ser plastilina
La pasta tradicional toluqueña combina azúcar glas, clara de huevo, jugo de limón y chaucle, aunque algunas preparaciones contemporáneas incorporan también grenetina y colorantes alimenticios.
Los ingredientes producen una pasta suave trabajada manualmente en frío, capaz de extenderse sobre moldes, secarse, ensamblarse y finalmente recibir minúsculas decoraciones de diferentes colores.
Así aparecen animales, alimentos, objetos cotidianos, símbolos religiosos y figuras relacionadas con la muerte, generalmente construidas en dimensiones suficientemente pequeñas para sostenerlas entre las manos.
Los famosos cráneos pueden utilizar otra técnica denominada vaciado, donde azúcar refinada, agua y limón se calientan cuidadosamente hasta producir una mezcla transparente y suficientemente manejable.
Después ocurre un procedimiento digno de laboratorio: el líquido entra en moldes de barro previamente remojados y sujetos firmemente mediante ligas para impedir que puedan abrirse.
Cuando una capa se adhiere al interior, el artesano vacía el excedente, deja escurrir y finalmente desmolda una estructura blanquecina, hueca y sorprendentemente resistente.
La muerte acaba entonces de ser fabricada utilizando prácticamente aquello que ponemos dentro del café, aunque considerablemente más bonita y demasiado elaborada para disolverse inmediatamente.
Una receta lleva casi cuatro siglos instalada en Toluca
El antecedente documental local aparece en 1630, cuando Francisco de la Rosa solicitó autorización para fabricar alfeñique dentro de un taller ubicado entonces sobre la calle Real.
Aquella vía corresponde actualmente a avenida Independencia, permitiendo imaginar una extraordinaria continuidad geográfica: casi cuatro siglos después, Toluca continúa identificándose profundamente con aquella artesanía azucarada.
El dulce llegó mediante la tradición española y posee raíces árabes, pero en México encontró otros ingredientes, símbolos y prácticas relacionadas directamente con las celebraciones dedicadas a muertos.
Incluso existía aquí otra tradición escultórica comestible: el tzoalli, elaborado mediante semillas de amaranto y maíz combinadas con mieles para producir distintas figuras de carácter ritual.
Una receta publicada en El Cocinero Mexicano durante 1831 ya registraba azúcar, clara de huevo, grenetina y limón entre los principales componentes utilizados para aquella pasta blanca.
Con el tiempo, familias de barrios como El Cóporo, San Sebastián y Santa María de las Rosas conservaron técnicas convertidas finalmente en una identidad artesanal profundamente toluqueña.
El esqueleto puede tener tu nombre
La gracia del alfeñique consiste precisamente en quitarle solemnidad a algo inevitable, reducir la muerte hasta sostenerla entre los dedos y finalmente permitirnos darle una mordida.
Por eso alrededor del Día de Muertos aparecen cráneos sonrientes, ataúdes diminutos y esqueletos coloridos donde nuestra relación con la muerte abandona momentáneamente cualquier obligación de permanecer seria.
Toluca convirtió esa tradición en feria y posteriormente en festival cultural, ampliando el pequeño universo del dulce hasta transformarlo en una celebración capaz de ocupar toda la ciudad.
La edición 2026 tendrá actividades distribuidas por diferentes espacios municipales, con música, teatro, danza, literatura, exposiciones y talleres durante prácticamente todo octubre y principios de noviembre.
Habrá grandes conciertos, pero el protagonista seguirá siendo aquel objeto diminuto que consiguió prestarle su nombre a una celebración considerablemente mayor que cualquier pieza individual de azúcar.
La tradición llega además fortalecida: desde 2025, la elaboración artesanal del dulce de alfeñique está reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial dentro del Estado de México.
Durante 2026 comenzó otro proceso importante, pues una solicitud formal busca proteger mediante Indicación Geográfica el nombre Alfeñique de Toluca y sus técnicas tradicionales de elaboración.
Resulta bastante recorrido para algo que puede comenzar con azúcar, huevo y unas gotas de limón sobre una mesa donde alguien aprendió pacientemente cómo mezclarlos y moldearlos.
Este domingo Toluca volverá a llenarse de muertos, animales, flores, ataúdes y esqueletos capaces de romperse simplemente cuando alguien los aprieta demasiado fuerte entre sus dedos.
No hace falta preocuparse demasiado por semejante invasión, porque estos cadáveres particulares fueron construidos cuidadosamente a mano y tienen una característica tranquilizadora: saben bastante dulce.
