Aztlán 360 mide 85 metros, pesa 480 toneladas y lleva 40 cabinas alrededor de un círculo gigantesco. Lo sorprendente es que sus pasajeros siempre permanecen derechos.
Desde abajo parece relativamente sencillo: una rueda enorme gira despacio, algunas personas miran por las ventanas y veinte minutos después regresan exactamente al mismo lugar.
Pero Aztlán 360 mide 85 metros, suficiente para colocar verticalmente varios edificios pequeños, y toda su estructura alcanza un peso aproximado de 480 toneladas.
Eso convierte una tranquila vuelta dominical sobre Chapultepec en una pregunta de ingeniería bastante divertida: ¿cómo conseguimos girar semejante monstruo sin poner también de cabeza a sus pasajeros?
La respuesta empieza con una paradoja: mientras prácticamente toda la rueda está diseñada para girar, las 40 cabinas tienen precisamente la misión contraria durante el recorrido.
La rueda gira pero nosotros no
Cada cabina cuelga mediante un sistema que permite conservar su orientación mientras avanza alrededor del perímetro, aprovechando principalmente su propio peso y la gravedad terrestre.
Cuando la rueda sube por un costado, la cabina puede pivotar sobre su soporte; cuando cruza la parte superior, continúa colgando hacia abajo naturalmente.
Por eso los pasajeros no necesitan caminar por el techo al llegar arriba, aunque desde fuera parezca que todo el conjunto acaba de ponerse completamente de cabeza.
El principio puede comprobarse en casa sosteniendo una bolsa por sus asas y moviendo lentamente la mano alrededor de un círculo sin obligar directamente a girar la bolsa.
Algo parecido ocurre en escala monumental, aunque nuestra bolsa doméstica probablemente no incluya seis pasajeros, aire acondicionado, calefacción y conexión Bluetooth para escoger música durante el viaje.
Aztlán 360 posee 40 cabinas con capacidad estándar para seis personas, suficientes para colocar potencialmente a cientos de pasajeros distribuidos simultáneamente alrededor de la estructura.
Moverlos exige hacerlo lentamente, porque una rueda panorámica no pretende producir el vértigo de una montaña rusa sino convertir la altura en una plataforma móvil de observación.
Un círculo de 480 toneladas
La estructura completa pesa aproximadamente 480 toneladas, una cifra que obliga a pensar en cargas, apoyos, equilibrio y fuerzas mucho antes de pensar dónde colocar las luces decorativas.
La rueda utiliza una enorme estructura radial donde múltiples elementos distribuyen esfuerzos entre el borde exterior y la zona central, evitando depender únicamente de piezas macizas descomunalmente pesadas.
La idea recuerda a una rueda de bicicleta llevada hasta proporciones absurdas: un aro exterior enorme conectado con el centro mediante numerosos elementos estructurales relativamente delgados.
En una bicicleta semejante geometría permite obtener resistencia sin fabricar una rueda completamente sólida, solución que sería muchísimo más pesada y prácticamente inútil para desplazarse sobre cualquier calle.
Aquí tampoco queremos un disco gigantesco de acero, porque cada kilogramo añadido deberá ser sostenido, acelerado, frenado y controlado durante miles de vueltas futuras.
Luego aparecen los motores y sistemas de transmisión encargados de producir un movimiento deliberadamente lento, estable y suficientemente controlado para detener cabinas donde deben subir y bajar pasajeros.
La primera rueda quería ganarle a la Torre Eiffel
La idea moderna nació por una competencia bastante más presumida: Estados Unidos necesitaba una respuesta espectacular a la Torre Eiffel presentada por Francia durante la exposición parisina de 1889.
El ingeniero George Washington Gale Ferris Jr. propuso entonces una gigantesca rueda para la Exposición Mundial Colombina celebrada cuatro años después, durante 1893, en Chicago.
Aquella primera Ferris Wheel alcanzaba aproximadamente 80 metros, tenía 36 enormes vagones y cada uno podía transportar hasta 60 personas, según registros conservados por el Smithsonian.
Era una demostración tecnológica disfrazada de entretenimiento y terminó dando el apellido de su inventor a una familia completa de atracciones repartidas actualmente por todo el planeta.
Aztlán 360 resulta incluso ligeramente más alta que aquella antepasada de Chicago: sus 85 metros levantan las cabinas sobre los árboles de la segunda sección de Chapultepec.
Además posee 218 mil puntos luminosos que transforman la estructura durante la noche y permiten convertir una enorme máquina mecánica en parte reconocible del paisaje capitalino.
Subir solamente para volver al mismo sitio
Este domingo el parque opera en Chapultepec y la rueda ofrece un recorrido familiar cuya gracia fundamental consiste precisamente en realizar un viaje enorme sin avanzar realmente hacia ninguna parte.
La vuelta completa tarda aproximadamente veinte minutos, tiempo suficiente para observar desde arriba el Bosque de Chapultepec y una porción considerable del horizonte de Ciudad de México.
Después de alcanzar 85 metros, cruzar lentamente el punto más alto y descender por el costado contrario, cada cabina termina exactamente donde comenzó su recorrido.
Ésa quizá sea la extravagancia más hermosa de cualquier rueda de la fortuna: construir toneladas de ingeniería únicamente para permitirnos subir, mirar alrededor y regresar.
No nos transporta hasta otro barrio, no acorta ningún trayecto y tampoco resuelve nuestra movilidad; simplemente utiliza una máquina gigantesca para modificar durante minutos nuestra perspectiva.
Chapultepec tiene así 480 toneladas de acero dedicadas a una tarea maravillosamente innecesaria: levantarnos sobre la ciudad para enseñarnos cómo se ve nuestro domingo desde arriba.
