Corea del Norte disparó por cuarta vez en un mes, días después del estreno hipersónico surcoreano. La diplomacia de Trump aparece detrás de ambos arsenales.
Corea del Norte disparó este lunes varios misiles balísticos hacia el mar del Este, completando su cuarta ronda de lanzamientos durante apenas un mes.
Pyongyang confirmó después que probó un misil balístico táctico con componentes mejorados, pocos días después de que Seúl estrenara públicamente su primer misil hipersónico nacional.
La coincidencia convierte octubre en una competencia peculiar: mientras ambas Coreas hablan de defensa, cada una responde al vecino mostrando armas progresivamente más rápidas.
El presidente surcoreano Lee Jae Myung supervisó personalmente la prueba hipersónica del 8 de octubre, algo inusual para un mandatario que simultáneamente continúa ofreciendo diálogo.
Hablar después de disparar
Seúl presentó el nuevo misil como avance hacia una defensa más autónoma, capaz de seguir trayectorias impredecibles y complicar significativamente cualquier sistema enemigo de interceptación.
Pyongyang respondió cuatro días después con sus propios lanzamientos, mientras Kim Jong Un lleva semanas exhibiendo misiles hipersónicos, nuevas plataformas y avances nucleares estratégicos.
Reuters señaló que el lanzamiento del Norte fue el cuarto en un mes, una frecuencia que analistas relacionan también con posibles conversaciones futuras con Washington.
Donald Trump ha expresado durante meses su deseo de volver a reunirse con Kim y contempla hacerlo aprovechando su próxima gira por Asia.
Ahí aparece otra competencia menos visible: ambos gobiernos coreanos están definiendo posiciones militares precisamente cuando Washington vuelve a insinuar que puede regresar la negociación personal.
Kim ya utilizó esa fórmula anteriormente. Antes de encontrarse con Trump en 2018 y 2019, desarrolló capacidades suficientes para llegar a la mesa ofreciendo amenazas verificables.
La paz también necesita inventario
Corea del Sur enfrenta una contradicción semejante: quiere conversaciones, pero considera que acercarse al Norte sin nuevas capacidades militares puede convertir diálogo en vulnerabilidad estratégica.
Lee ha pedido incluso flexibilizar sanciones si Pyongyang congela partes de su programa nuclear, propuesta rechazada hasta ahora por el régimen norcoreano públicamente y repetidamente.
Mientras tanto, su gobierno acelera armamento hipersónico, inteligencia artificial militar, láseres de alta potencia y planes para asumir mayor autonomía operacional frente a Washington.
El resultado es una península donde ambos lados utilizan el lenguaje de la disuasión mientras esperan que Estados Unidos consiga eventualmente reactivar una conversación diplomática.
Eso explica por qué cada lanzamiento importa más que su trayectoria: también funciona como mensaje para quien pueda sentarse después frente a la mesa negociadora.
Octubre está hablando con pólvora
Pyongyang quiere demostrar que cualquier futura negociación empieza con capacidades más avanzadas que las existentes durante los primeros encuentros entre Kim y Trump.
Seúl quiere demostrar que tampoco llegará desarmado a esa conversación y que puede desarrollar tecnología propia mientras mantiene intacta su alianza estadounidense estratégica regional.
Trump, entretanto, insiste en que quiere volver a ver a Kim, confiando nuevamente en una diplomacia construida alrededor de la relación personal entre ambos líderes.
Quizá por eso octubre está produciendo tantos misiles. Antes de que alguien convoque otra cumbre, las dos Coreas parecen empeñadas en actualizar primero sus catálogos.
La península lleva décadas negociando después de demostrar fuerza. Esta vez, incluso antes de confirmar la reunión, ambos lados ya comenzaron a llevar muestras.
