El Congreso capitalino quiere reforzar las reglas para patines eléctricos, scooters y bicimotos. La discusión enfrenta movilidad emergente, seguridad vial y responsabilidades compartidas.
Los scooters, patines eléctricos y bicimotos volvieron a la agenda del Congreso de la Ciudad de México, donde se planteó reforzar la regulación de estos vehículos.
La propuesta, difundida el 9 de octubre, confirma que la movilidad eléctrica ligera continúa generando preguntas sobre convivencia vial, seguridad y responsabilidades de sus usuarios.
El vehículo cambió más rápido que las costumbres
Durante años, las calles capitalinas fueron organizadas principalmente alrededor de automóviles, transporte público, motocicletas, bicicletas y peatones, con reglas diferenciadas para cada modalidad.
La aparición de vehículos eléctricos personales amplió las alternativas de desplazamiento, aunque también introdujo características que dificultan aplicarles automáticamente las mismas disposiciones de circulación.
El problema no se limita a determinar por dónde deben circular, pues también involucra velocidades, condiciones técnicas, protección de peatones y mecanismos de identificación.
Una regulación que todavía busca acomodarse
La Secretaría de Movilidad ya dispone de un sistema digital para registrar determinadas categorías de vehículos eléctricos personales y tramitar los documentos o distintivos correspondientes.
Ese procedimiento administrativo muestra que la capital ha comenzado a diferenciar vehículos según sus características, aunque el debate legislativo plantea revisar el alcance de la regulación.
Conviene distinguir las obligaciones actualmente vigentes de cualquier propuesta presentada ante el Congreso, porque una iniciativa no modifica automáticamente las reglas aplicables a los conductores.
El peatón no debería convertirse en invitado
La discusión también debe considerar a quienes caminan, utilizan silla de ruedas, empujan carriolas o requieren banquetas libres para desplazarse con seguridad por la ciudad.
Pero tampoco puede ignorar que una movilidad menos dependiente del automóvil necesita alternativas viables, infraestructura adecuada y criterios proporcionales para distintos tipos de vehículos.
Una regulación eficaz tendría que ofrecer certezas tanto a los usuarios de estas tecnologías como a las personas que comparten calles, cruces y espacios públicos.
La verdadera prueba no será producir más disposiciones, sino conseguir que las existentes puedan comprenderse, cumplirse y supervisarse sin convertir cada trayecto en una controversia.
Porque el desafío capitalino no consiste en decidir si los scooters pertenecen a la ciudad, sino establecer cómo pueden convivir con quienes ya la recorren.
