August Hanning dirigió la inteligencia exterior alemana. Ahora está detenido porque la justicia sospecha que secretos del Estado terminaron convertidos en materia prima para consultoría privada.
August Hanning dirigió durante siete años el servicio encargado de guardar los secretos exteriores de Alemania. Ahora la justicia sospecha que convirtió algunos en mercancía.
La Fiscalía Federal alemana ordenó este martes su arresto por presunta alta traición, espionaje, obtención de secretos de Estado y actividades para inteligencia de otro país.
También fue detenido Manfred D., antiguo jefe de gabinete de Hanning, acusado de proporcionarle durante años documentos clasificados obtenidos mientras continuaba trabajando dentro del BND.
Según la Fiscalía, Manfred D. habría entregado aproximadamente dos mil documentos, muchos reservados exclusivamente al servicio, a cambio de pagos efectuados por su antiguo jefe.
Hanning habría empleado parte de esa información en su actividad privada como consultor y preparado, al menos una vez, un análisis para un servicio extranjero interesado.
La acusación todavía no identifica qué país habría recibido aquel trabajo ni establece públicamente que el material llegara finalmente a manos de su destinatario previsto.
La investigación conjunta de WDR, NDR y Süddeutsche Zeitung añadió un detalle explosivo: entre los documentos habría informes sobre Irán, Rusia e información aliada muy sensible.
Sus reporteros sostienen además que el servicio extranjero involucrado no sería ruso, una precisión importante porque Hanning mantuvo posteriormente contactos profesionales internacionales de alto nivel.
El secreto después del retiro
El escándalo resulta especialmente incómodo porque Hanning no era un funcionario periférico. Presidió el BND entre 1998 y 2005 y después fue secretario de Estado.
Conocía, por tanto, no solamente los secretos, sino también quién podía leerlos, cómo circulaban y cuánto podían valer fuera de los despachos gubernamentales alemanes más sensibles.
Esa es quizá la dimensión verdaderamente moderna del caso. El viejo espía ideológico puede haber sido sustituido por algo más prosaico: el consultor con archivos.
Durante la Guerra Fría, Alemania temía al infiltrado comprado por Moscú. Esta investigación plantea otra pesadilla: que conocimiento estatal sobreviva privadamente después del servicio público.
Si las sospechas prosperan, el problema para Berlín no será únicamente quién recibió información, sino cómo un antiguo jefe conservó acceso indirecto durante tantos años.
Parte del material procedía, según los investigadores citados por medios alemanes, de reuniones de inteligencia celebradas en la Cancillería y de aportaciones de servicios extranjeros aliados.
Eso amenaza algo que ningún servicio puede fabricar rápidamente: confianza. Un aliado comparte secretos solamente mientras crea que permanecerán dentro del círculo donde fueron entregados.
El BND también deberá mirarse
El actual presidente del BND, Martin Jäger, anunció una revisión interna inmediata. La institución necesita saber ahora si investigaba adversarios mientras alguien investigaba desde adentro.
El origen del expediente añade ironía. Los documentos aparecieron durante pesquisas relacionadas con otro caso, no porque el BND hubiera descubierto inicialmente aquella posible filtración.
Hanning no ha sido condenado y las acusaciones deberán probarse judicialmente. Pero Alemania ya enfrenta una pregunta incómoda que ninguna absolución administrativa puede borrar fácilmente.
¿Dónde termina realmente un servicio secreto cuando su director se jubila? El edificio puede quedarse con las credenciales; la memoria, las relaciones y tentaciones salen caminando.
