En enero de 1910, Alberto Braniff levantó del suelo un frágil aeroplano en los llanos de Balbuena. México llevaba siglos mirando el cielo. Aquella mañana entró en él.
El aparato parecía tener demasiada tela, demasiada madera y muy pocas razones para mantenerse suspendido. Se llamaba Voisin y Alberto Braniff había decidido confiarle la vida.
Era el 8 de enero de 1910. En los llanos de Balbuena, donde todavía sobraba horizonte alrededor de la Ciudad de México, comenzó una historia improbable.
Braniff era un joven mexicano perteneciente a una familia acomodada. Había conocido los primeros aeroplanos europeos y adquirió en Francia un biplano Voisin equipado con motor.
La aviación apenas había dejado de parecer una extravagancia. Solamente habían transcurrido seis años desde el célebre vuelo controlado y motorizado de los hermanos Wright.
En México hubo intentos anteriores de levantar aeroplanos. Pero aquella mañana Braniff consiguió realizar el que las fuentes oficiales consideran primer vuelo motorizado, tripulado y controlado en México.
Balbuena se quedó abajo
Para comprender aquel momento hay que olvidar los aeropuertos. No había torre de control, pistas asfaltadas, cabinas presurizadas ni motores capaces de cruzar océanos.
Había un terreno abierto.
Y una máquina que, vista con ojos actuales, parecía construida con los mismos materiales empleados para fabricar una cometa particularmente ambiciosa.
Braniff aceleró. El Voisin recorrió el terreno y finalmente dejó de tocarlo.
No necesitó alcanzar las nubes para cambiar algo. Bastaba con que existiera durante unos segundos un espacio visible entre las ruedas y México.
El país había entrado en la aviación.
La Secretaría de la Defensa Nacional reconoce aquel vuelo como punto inicial de una secuencia que muy pronto dejaría de ser una curiosidad deportiva.
Un año después, el 30 de noviembre de 1911, Francisco I. Madero abordó un aeroplano pilotado por George Dyot durante una exhibición en Balbuena.
El episodio es considerado por fuentes oficiales mexicanas como el primer vuelo de un jefe de Estado en funciones a bordo de una aeronave.
Madero permaneció pocos minutos arriba.
Fueron suficientes.
La Revolución encontró alas
México estaba entrando simultáneamente en dos épocas. Mientras los aeroplanos comenzaban a levantarse, el régimen de Porfirio Díaz se aproximaba a su final.
La Revolución convertiría rápidamente aquella máquina recreativa en herramienta militar. Reconocimiento, comunicaciones y eventualmente ataques demostraron que el cielo también podía convertirse en territorio estratégico.
En 1912 cinco jóvenes mexicanos fueron enviados a Estados Unidos para recibir formación como pilotos: Alberto y Gustavo Salinas, Juan Pablo y Eduardo Aldasoro y Horacio Ruiz.
Tres años después, Venustiano Carranza decretó la creación del Arma de Aviación Militar, antecedente directo de la actual Fuerza Aérea Mexicana.
El país comenzó incluso a construir aeronaves y hélices propias en los Talleres Nacionales de Construcciones Aeronáuticas establecidos durante aquella primera etapa.
Todo ocurrió vertiginosamente.
Entre el vuelo de Braniff y la creación formal de la aviación militar mexicana transcurrieron apenas cinco años. Una curiosidad había comenzado a convertirse en institución.
El terreno donde empezó todo
Balbuena terminaría profundamente transformada por el crecimiento de la capital. Aquellos enormes espacios abiertos serían absorbidos por una ciudad que aprendió también a vivir debajo de rutas aéreas.
Después vendrían aeropuertos, compañías comerciales, pilotos militares, vuelos internacionales, hangares, controladores, mecánicos y millones de pasajeros para quienes despegar terminaría siendo rutina.
Eso quizá sea lo más difícil de recuperar.
El asombro.
Hoy un niño puede mirar desde una ventana cómo un avión de cientos de toneladas desaparece entre las nubes y regresar inmediatamente a su teléfono.
En 1910 bastaba observar un aparato de madera y tela separarse unos metros del suelo para comprender que una frontera humana acababa de moverse.
México no necesitó aquel día llegar muy alto.
Por primera vez, bastó con dejar el suelo abajo.
