Etiopía y Eritrea vuelven a entrar en conflicto e intercambiar acusaciones militares mientras tropas federales llegan a Zalambessa. La paz que llevó a Abiy Ahmed al Nobel regresa al mapa de guerra.
En 2019, Abiy Ahmed recibió el Nobel de la Paz por resolver el conflicto fronterizo con Eritrea. Siete años después, vuelve a mirar esa misma frontera.
Tropas etíopes avanzaron hasta Zalambessa, localidad fronteriza del norte de Tigray, mientras Addis Abeba y Asmara intercambian acusaciones sobre incursiones militares y apoyo rebelde.
Reuters documentó que la presencia etíope en esa zona volvió a encender temores diplomáticos sobre una guerra abierta entre dos países que ya conocen perfectamente ese escenario.
Eritrea niega haber invadido territorio etíope y pidió al Consejo de Seguridad actuar contra Addis Abeba, alegando que las acusaciones equivalen prácticamente a una declaración bélica.
Etiopía sostiene lo contrario: afirma que fuerzas eritreas penetraron decenas de kilómetros dentro de Tigray y que sus operaciones responden a una necesidad de autodefensa.
El premio estaba escrito sobre esa frontera
El Comité Noruego fue específico en 2019: premió a Abiy por su iniciativa decisiva para resolver justamente el conflicto fronterizo que enfrentó durante décadas ambos países.
La paz de 2018 terminó formalmente una larga etapa de “ni guerra ni paz” y convirtió temporalmente a Abiy e Isaias Afwerki en símbolos regionales de reconciliación.
Pero aquella alianza también produjo otra contradicción: Eritrea terminó combatiendo junto con Etiopía durante la guerra de Tigray iniciada apenas dos años después posteriormente.
Hoy esa relación se ha invertido. Addis Abeba acusa ahora a Asmara de respaldar fuerzas rebeldes del norte; Eritrea rechaza nuevamente esas imputaciones categóricamente.
El giro revela algo que los premios nunca pueden garantizar: una paz entre gobiernos puede firmarse rápidamente, mientras las razones estratégicas del conflicto permanecen debajo.
El mar volvió a entrar en la conversación
Una de esas razones es geográfica. Etiopía perdió acceso directo al mar cuando Eritrea alcanzó la independencia en 1993 y desde entonces depende de puertos extranjeros.
Abiy ha descrito el acceso marítimo como una cuestión existencial y desde 2023 ha insistido públicamente en encontrar una salida soberana o garantizada al mar.
Eritrea interpreta ese discurso con enorme suspicacia, especialmente porque controla una extensa costa sobre el mar Rojo y puertos estratégicos como Assab y Massawa.
Asmara citó precisamente aquellas declaraciones etíopes al pedir intervención del Consejo de Seguridad, argumentando que forman parte de una escalada política previa deliberada.
Eso convierte una disputa fronteriza en algo mayor: cualquier choque puede conectarse rápidamente con comercio, puertos, Tigray, alianzas regionales y equilibrio del mar Rojo.
La guerra conoce el camino
El peligro crece porque la región ya atraviesa una nueva ofensiva en Tigray, donde fuerzas rebeldes y federales rompieron nuevamente acuerdos alcanzados años atrás.
Vuelos fueron suspendidos, ciudades cambiaron de control y residentes comenzaron a almacenar alimentos y efectivo ante el temor de otro conflicto prolongado regional.
Ese contexto facilita que cualquier incidente fronterizo deje de ser bilateral. Milicias, gobiernos regionales y antiguos aliados tienen ahora demasiadas cuentas todavía abiertas allí.
Abiy no perdió automáticamente el significado histórico del Nobel por enfrentar esta crisis. El premio reconoció una decisión concreta tomada entonces, no inmunidad permanente.
Pero la imagen resulta imposible de ignorar: el hombre premiado por cerrar una frontera observa otra vez cómo soldados, drones y acusaciones regresan hacia ella.
La paz de 2018 convirtió esa línea en símbolo. En 2026 vuelve a recordarle al Cuerno de África que una frontera puede firmarse antes de pacificarse.
