Diecinueve figuras monumentales aparecieron en calles y plazas de Atlixco. Algunas alcanzan varios metros y convierten la cartonería en un problema parecido al de construir un edificio.
Una calavera de papel colocada sobre la mesa resulta bastante manejable, hasta que alguien decide agrandarla varios metros y dejarla durante semanas parada en plena calle.
Entonces el artesano necesita comenzar a pensar también como constructor, porque aquella figura debe conservar cabeza, brazos, adornos y dignidad mientras enfrenta viento, humedad y visitantes.
Eso está ocurriendo nuevamente en Atlixco, Puebla, donde Valle de Catrinas acaba de instalar diecinueve esculturas monumentales repartidas entre distintos puntos del municipio durante esta temporada.
La sexta edición está dedicada a deidades prehispánicas, así que los enormes personajes representan a Tláloc, Quetzalcóatl, Coatlicue, Mictlantecuhtli, Xochiquetzal, Huitzilopochtli y otras figuras mesoamericanas.
En total fueron creadas 27 piezas, aunque ocho abandonaron Atlixco para viajar hacia otros destinos nacionales e internacionales, incluyendo Nueva York, ciudades europeas y el AIFA.
Primero hay que construirle huesos al muerto
La cartonería mexicana permite fabricar objetos mediante papel, cartón, adhesivos, estructuras y pintura, pero aumentar su tamaño modifica completamente las dificultades que enfrenta cualquier pieza terminada.
Una figura pequeña puede sostenerse sobre sí misma; una monumental necesita resolver peso, equilibrio y resistencia mediante un armazón capaz de conservar estable aquello colocado encima.
Antes del rostro, maquillaje, tocado o vestuario existe entonces algo parecido a una obra negra: una estructura interior que proporciona forma y soporte al personaje completo.
Después llegan capas y volúmenes que convierten aquel esqueleto estructural en cuerpo, mientras manos artesanas construyen superficies donde posteriormente aparecerán colores, ornamentos, ropa y facciones.
Cada elemento añadido obliga a recordar que la gravedad continúa trabajando gratuitamente, intentando doblar brazos, inclinar cabezas o convertir un enorme adorno en una excelente vela para viento.
Por eso una catrina monumental pertenece simultáneamente a dos mundos: conserva el trabajo manual de la cartonería, pero su escala obliga a resolver problemas propios de estructuras grandes.
Este año los muertos se convirtieron en dioses
Atlixco escogió para 2026 una colección particularmente ambiciosa: sus diecinueve figuras locales reinterpretan deidades y personajes asociados con distintas fuerzas dentro de cosmovisiones del México antiguo.
Aparecen Tonatiuh y Metztli relacionados con Sol y Luna, junto con Tláloc, Quetzalcóatl, Coatlicue, Mayahuel, Xochipilli, Centeótl, Tezcatlipoca y el inevitable Mictlantecuhtli.
No son reproducciones arqueológicas gigantescas, sino reinterpretaciones contemporáneas construidas desde el lenguaje visual que Valle de Catrinas desarrolló durante sus seis ediciones realizadas hasta ahora.
Eso permite una mezcla bastante peculiar: personajes procedentes de universos religiosos anteriores a la Conquista reaparecen transformados mediante una estética contemporánea asociada actualmente con Día de Muertos.
El resultado convierte caminar por Atlixco en una búsqueda, porque las piezas no permanecen juntas dentro de una sala sino distribuidas entre espacios públicos del municipio poblano.
No hace falta entrar a un museo para encontrarlas; aquí la exposición decidió crecer demasiado, salir por la puerta y ocupar directamente calles, plazas y comunidades enteras.
Ocho esqueletos hicieron las maletas
El tamaño tampoco impidió viajar a algunas piezas, aunque trasladar una escultura monumental significa resolver un problema bastante distinto de guardar una artesanía cuidadosamente dentro de una maleta.
Ocho de las 27 figuras fueron destinadas a otros lugares de México y del extranjero, estrategia mediante la cual Atlixco convirtió sus catrinas en enormes embajadoras estacionales.
El Ayuntamiento anunció destinos entre los que aparecen Nueva York, ciudades europeas y el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, continuando una expansión internacional ensayada durante ediciones anteriores del festival.
Eso significa que la obra necesita sobrevivir no solamente a su fabricación, sino también a manipulación, transporte, montaje y exhibición lejos del taller donde comenzó su existencia.
Una catrina monumental termina pareciéndose entonces bastante a una escenografía itinerante: debe impresionar cuando está armada y permitir que seres humanos consigan moverla sin destruirla completamente.
Un muerto puede atraer 850 mil vivos
La apuesta municipal para esta temporada calcula alrededor de 850 mil visitantes y una derrama cercana a 360 millones de pesos entre hospedaje, gastronomía, comercio, artesanías y floricultura.
La cifra ayuda a explicar por qué aquellas esculturas dejaron de ser solamente decoración estacional y terminaron convertidas también en una pieza importante de la economía turística atlixquense.
Valle de Catrinas comenzó apenas en 2021 y seis ediciones después ya consiguió algo curioso: transformar figuras efímeras de cartonería en parte reconocible de la temporada local.
Durante varias semanas permanecerán ahí, enormes, coloridas y completamente fuera de escala, demostrando que una técnica asociada con objetos ligeros puede terminar necesitando espacio arquitectónico.
Después llegará el momento menos fotografiado: las figuras tendrán que abandonar calles y plazas, y aquella población gigantesca de muertos comenzará nuevamente a desaparecer del paisaje.
Hasta entonces Atlixco tendrá vecinos extraordinariamente altos que no pagan renta, no necesitan dormir y tampoco parecen demasiado preocupados porque algunos sean mayores que una casa.
