Foto: Artechouse
ARTECHOUSE convirtió ciencia oceánica real en una experiencia inmersiva sobre la zona crepuscular, una inmensidad oscura donde cada noche ocurre una de las mayores migraciones del planeta.
Hemos fotografiado galaxias situadas a millones de años luz, pero todavía existen animales compartiendo planeta con nosotros cuya vida transcurre en una oscuridad que apenas conocemos.
Nueva York acaba de abrirles una puerta.
“Twilight Zone: Hidden Wonders of the Ocean” ocupa desde el 19 de septiembre ARTECHOUSE NYC, debajo de Chelsea Market, con una inmersión digital en una región extraordinaria.
Se llama zona crepuscular oceánica o mesopelágica y se extiende aproximadamente entre 200 y 1,000 metros de profundidad, donde la luz solar comienza a desaparecer dramáticamente.
Allí viven peces, calamares, crustáceos, organismos gelatinosos y otras criaturas adaptadas a condiciones que convertirían nuestra existencia cotidiana en una pésima idea.
Algunas producen su propia luz.
Pero la historia verdaderamente gigantesca ocurre cuando cae la noche. Enormes cantidades de organismos ascienden hacia aguas menos profundas para alimentarse y vuelven a descender posteriormente.
Es la migración vertical diaria, considerada por investigadores oceánicos como uno de los mayores movimientos de animales sobre la Tierra.
La exposición fue desarrollada por ARTECHOUSE Studio junto con Woods Hole Oceanographic Institution, uno de los principales centros mundiales dedicados a estudiar el océano.
Esa colaboración evita que todo quede reducido a peces luminosos gigantes proyectados sobre una pared.
La experiencia utiliza investigación biológica, imágenes reales de las profundidades, arte digital, tecnología interactiva y una composición musical original para reconstruir un lugar donde casi ninguno de nosotros llegará físicamente.
Uno de sus protagonistas es Mesobot, vehículo robótico desarrollado para estudiar organismos de la zona mesopelágica intentando observarlos sin alterar demasiado su comportamiento.
El visitante puede acompañar virtualmente sus inmersiones mediante imágenes obtenidas en el océano real.
Otra instalación convierte la silueta humana en parte de una multitud de pequeños bristlemouths bioluminiscentes. También existe un acuario interactivo dedicado a movimientos y adaptaciones de diferentes especies.
Debajo del espectáculo aparece además un asunto planetario. La zona crepuscular participa en redes alimentarias oceánicas y en procesos relacionados con el movimiento del carbono hacia aguas profundas.
No estamos viendo monstruos.
Estamos viendo vecinos extremadamente raros que trabajan en un turno donde nunca entra el sol.
Y quizá lo más extraño sea recordar que ese mundo no está en otro planeta.
Está exactamente debajo del nuestro.
