En 1958, la Universidad Nacional instaló una IBM 650 que trabajaba con tarjetas perforadas y un tambor magnético. Era una tecnología costosa, complicada y ya superada por modelos recientes, pero inauguró una nueva etapa de la investigación científica mexicana.
En junio de 1958, la Universidad Nacional Autónoma de México puso en funcionamiento una máquina extraordinaria que no tenía pantalla, ratón ni teclado como los actuales.
Se llamaba IBM 650 y ocupaba un espacio considerable dentro de Ciudad Universitaria. Para comunicarse con ella había que preparar tarjetas perforadas cuidadosamente codificadas.
La computadora no estaba destinada a escribir cartas, almacenar fotografías ni reproducir música. Su trabajo consistía en resolver cálculos científicos que consumían muchísimo tiempo humano.
Aquella instalación marcó el inicio de la computación electrónica en México y suele reconocerse también como la primera de su tipo en América Latina.
Lo más curioso es que la universidad no consiguió la máquina que originalmente deseaba. El futuro tecnológico mexicano comenzó, en cierto sentido, con una segunda opción.
El ingeniero que quería ahorrar años de cálculos
La historia había comenzado antes, cuando el ingeniero Sergio Beltrán López buscaba resolver problemas matemáticos relacionados con la ingeniería y el subsuelo de Ciudad de México.
Durante una visita a la Universidad de California conoció computadoras capaces de realizar operaciones que, mediante procedimientos tradicionales, requerían muchísimo trabajo de cálculo especializado.
Beltrán comprendió que aquella tecnología podía transformar la investigación mexicana, pero primero necesitaba convencer a una comunidad académica que apenas comenzaba a conocer sus posibilidades.
El rector Nabor Carrillo Flores respaldó el proyecto, acompañado por los científicos Alberto Barajas Celis y Carlos Graef Fernández, profesores destacados de la Facultad de Ciencias.
Los cuatro compartían una idea ambiciosa: una universidad dedicada a producir conocimiento necesitaba instrumentos capaces de resolver problemas cada vez más complejos en distintas disciplinas.
La computadora que no alcanzó el presupuesto
El equipo universitario quería adquirir una IBM 704, una computadora más avanzada que ofrecía posibilidades extraordinarias para la investigación científica de aquellos años en expansión.
IBM llegó a ofrecer un descuento superior al sesenta por ciento, pero ni siquiera aquella rebaja permitió ajustar el precio al presupuesto disponible para el proyecto.
La alternativa fue una IBM 650 de segunda mano, procedente de la Universidad de California en Los Ángeles, conocida internacionalmente por sus siglas UCLA.
Aquí aparece una precisión importante: aunque algunas crónicas hablan de compra, testimonios universitarios documentan que la máquina fue contratada mediante un esquema de arrendamiento mensual.
La renta ascendía a veinticinco mil pesos mensuales, una obligación considerable para una institución que todavía debía demostrar la utilidad práctica de aquella nueva tecnología.
Nabor Carrillo autorizó que una parte del tiempo de operación pudiera ofrecerse a usuarios externos, con el propósito de contribuir al pago del equipo.
El proyecto tenía una condición: si no conseguía sostener financieramente la renta, la universidad tendría que reconsiderar su continuidad después del primer año de operaciones.
Un cerebro electrónico en el sótano
El 8 de junio de 1958 quedó establecido el Centro de Cálculo Electrónico, dirigido por Sergio Beltrán López, quien permanecería al frente hasta 1967.
La computadora se instaló en instalaciones de la Facultad de Ciencias, dentro de Ciudad Universitaria, donde comenzó a prestar servicios a investigadores y estudiantes universitarios.
Las fuentes universitarias presentan una pequeña diferencia cronológica: algunas identifican el 8 de junio como inicio operativo y otras sitúan la llegada el día 18.
En cualquier caso, junio de 1958 quedó registrado como el momento en que México incorporó formalmente una computadora electrónica digital a su investigación universitaria nacional.
La IBM 650 funcionaba mediante tubos electrónicos y utilizaba un tambor magnético para almacenar información, tecnología muy diferente de los circuitos actuales de computadora.
Sus usuarios preparaban instrucciones y datos mediante tarjetas perforadas, pequeños rectángulos de cartulina cuyos agujeros representaban información que podía interpretar el sistema de procesamiento electrónico.
No bastaba con sentarse frente a la máquina y escribir una pregunta. Había que traducir previamente cada problema a instrucciones que pudiera ejecutar correctamente.
La máquina que obligó a aprender otro idioma
La llegada de la IBM 650 no resolvió automáticamente los problemas científicos. Primero fue necesario formar personas capaces de programarla, operarla y comprender sus limitaciones.
Los investigadores tuvieron que familiarizarse con métodos de programación, procedimientos de verificación y nuevas maneras de organizar cálculos que anteriormente realizaban con herramientas tradicionales.
El Centro de Cálculo Electrónico comenzó a apoyar investigaciones en matemáticas, física y actuaría, además de trabajos vinculados con otras áreas del conocimiento universitario.
La máquina también permitió resolver problemas de astronomía, ingeniería y química, actividades donde la repetición de operaciones podía consumir enormes cantidades de tiempo especializado.
Su importancia no residía solamente en ejecutar cálculos rápidamente. También permitía plantear investigaciones cuya complejidad había dificultado abordarlas mediante los procedimientos disponibles hasta entonces.
El negocio que ayudó a sostener la ciencia
Para cubrir parte de sus costos, el centro ofreció servicios de cálculo a instituciones interesadas en aprovechar una tecnología que todavía resultaba excepcional en México.
Así, una máquina instalada para impulsar la investigación universitaria comenzó también a demostrar que el conocimiento científico podía ofrecer soluciones prácticas fuera de las aulas.
Durante sus primeros años, la IBM 650 fue un recurso singular: la cronología institucional señala que permaneció como la única computadora de su tipo en México.
Su presencia despertó curiosidad entre universitarios que nunca habían visto funcionar un equipo semejante y que apenas comenzaban a imaginar sus posibles aplicaciones profesionales futuras.
Incluso se organizaron actividades recreativas para familiarizar al público con la máquina, entre ellas partidas de gato que mostraban su capacidad para seguir instrucciones programadas.
La computadora empezaba a convertirse en algo más que un instrumento científico. También era una herramienta para enseñar nuevas formas de pensamiento y razonamiento lógico.
Una universidad que comenzó a formar programadores
Sergio Beltrán López impulsó cursos especializados y promovió la formación de jóvenes investigadores que posteriormente continuarían sus estudios en instituciones científicas del extranjero también.
En agosto de 1959 organizó el Primer Coloquio Anual sobre Computación, encuentro que reunió especialistas interesados en explorar las posibilidades de aquella tecnología emergente mundial.
El Centro de Cálculo Electrónico se convirtió progresivamente en un espacio de enseñanza, investigación y servicios, además de funcionar como laboratorio para nuevas generaciones universitarias.
Aquella experiencia contribuyó a desarrollar capacidades nacionales en programación y matemáticas aplicadas, campos que todavía carecían de la presencia institucional que adquirirían décadas después.
El crecimiento también obligó a transformar las estructuras universitarias, hasta desembocar en organismos especializados que ampliaron las actividades iniciadas alrededor de la primera computadora.
En 1976 nació el Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas y en Sistemas, heredero de una trayectoria institucional que había comenzado dieciocho años antes.
El futuro llegó usado y había que pagar renta
La historia de la IBM 650 contiene una paradoja que merece recordarse: México ingresó a la computación moderna utilizando una máquina que ya tenía sucesoras.
No fue una compra espectacular ni la adquisición del equipo más avanzado. Fue una decisión académica que combinó ambición científica, limitaciones presupuestales y perseverancia.
El proyecto dependía de convencer investigadores, conseguir recursos, formar operadores y demostrar que aquella tecnología podía producir resultados relevantes para la ciencia desarrollada en México.
La computadora tampoco transformó inmediatamente la vida cotidiana. Su primera contribución consistió en ampliar las posibilidades de trabajo de una comunidad científica relativamente pequeña entonces.
Sin embargo, abrió una puerta hacia profesiones, investigaciones e instituciones que posteriormente resultarían indispensables para comprender el desarrollo tecnológico del país durante las décadas siguientes.
Hoy, cuando una computadora puede guardarse en el bolsillo, cuesta imaginar que el inicio de aquella historia necesitara gabinetes, tarjetas perforadas y una habitación.
La primera computadora mexicana no cabía sobre un escritorio y tampoco alcanzaba el presupuesto para comprarla. Pero encontró algo indispensable para funcionar: científicos dispuestos a aprender.
