Cuando la red pública no garantiza continuidad, cisternas, bombas y depósitos convierten millones de viviendas en pequeñas infraestructuras hidráulicas domésticas capaces de guardar hoy el agua que quizá mañana no llegue.
México consiguió extender tuberías y reducir carencias básicas en millones de viviendas. Pero entre 2016 y 2024 prácticamente no avanzó en algo mucho más elemental: que el agua llegue diariamente. Detrás de las cifras de cobertura existe otro país de tandeos, tinacos, cisternas, bombas y familias que construyeron dentro de casa la continuidad que la red pública todavía no garantiza.
México tiene una manera bastante optimista de mirar el agua.
Primero pregunta si existe una tubería.
El problema comienza cuando alguien abre la llave.
En 2024, apenas 53.4 por ciento de la población mexicana reportó suministro diario de agua dentro de su vivienda. En 2016 era 54.8 por ciento.
Ocho años después, prácticamente seguimos donde estábamos.
No significa que México haya dejado de construir infraestructura hidráulica ni que todas las viviendas restantes carezcan de agua. Significa algo más específico y cotidiano: tener conexión no garantiza recibir agua diariamente.
Y recibirla diariamente tampoco significa necesariamente disponer de ella durante las 24 horas.
Entre la tubería y el vaso existe un país entero.
La cobertura en el País tiene su historia
México sí avanzó en condiciones generales de vivienda.
Entre 2016 y 2024 aumentó la proporción de población sin carencias por calidad y espacios de vivienda y también mejoró el indicador correspondiente a servicios básicos.
El suministro diario de agua no acompañó esa trayectoria.
En 2016 alcanzaba 54.8 por ciento. En 2018 bajó a 53.9. Para 2020 llegó a 55.5, cayó a 52.5 en 2022 y terminó en 53.4 durante 2024.
No es un desplome.
Es probablemente algo más preocupante: estancamiento.
Mientras México incorporaba viviendas a indicadores de servicios básicos, la posibilidad de recibir agua todos los días permaneció prácticamente inmóvil.
Eso obliga a distinguir dos preguntas que suelen presentarse como si fueran una sola.
¿Tiene agua entubada?
¿Tiene agua?
La primera describe infraestructura.
La segunda describe una experiencia.
El código postal también decide
El promedio nacional oculta diferencias extraordinarias.
Baja California Sur, Chiapas, Guerrero, Morelos, Oaxaca y Puebla registraron en 2024 porcentajes de 24 por ciento o menos de población con suministro diario dentro de su vivienda.
En Nuevo León y Baja California, en cambio, el indicador superó 81 por ciento.
Entre ambos extremos caben varios Méxicos.
En uno, abrir diariamente la llave constituye parte ordinaria de la vida doméstica. En otro, la familia necesita conocer el calendario del organismo operador casi como conoce su horario laboral.
Martes, jueves y sábado.
Por la mañana.
Algunas horas.
Hasta que se termine.
Eso es el tandeo.
Y está tan incorporado a la vida mexicana que puede parecernos una modalidad normal del servicio.
Técnicamente no debería serlo.
La tubería no basta nos dice el INEGI
La estadística mexicana hace una distinción que frecuentemente desaparece de la conversación pública.
La ENIGH pregunta expresamente cuántos días por semana llega agua a una vivienda.
También registra de manera separada si esa vivienda posee tinaco, cisterna o aljibe, depósito y bomba.
Es decir, nuestro sistema estadístico distingue la conexión, la frecuencia y la infraestructura doméstica utilizada para administrar el agua.
Tiene sentido.
Una casa puede estar perfectamente conectada y pasar días esperando.
Puede recibir agua diariamente, pero solamente durante determinadas horas.
Incluso puede tener tuberías interiores por las que circula agua descargada previamente desde una pipa hacia una cisterna.
La llave por sí sola no cuenta toda la historia.
La casa se convirtió en una pequeña red hidráulica
Ahí aparecen cuatro objetos extraordinariamente mexicanos.
Tinaco.
Cisterna.
Bomba.
Depósito.
No producen una sola gota.
Hacen otra cosa: permiten guardar agua cuando existe suministro para utilizarla cuando la red deja de entregarla.
Pensemos en dos familias vecinas.
Ambas reciben agua martes, jueves y sábado.
Una tiene cisterna, bomba y tinaco. Cuando llega el suministro almacena cientos o miles de litros, los bombea y puede seguir utilizando regadera, lavabo e inodoro durante el miércoles.
La otra dispone de recipientes mucho menores.
Para el organismo operador ambas reciben exactamente el mismo tandeo.
Para las familias, la experiencia puede ser completamente distinta.
La primera compró capacidad para independizar parcialmente su vida del calendario de la red.
La segunda depende mucho más de él.
No necesitamos afirmar que todos los hogares ricos tienen cisterna ni que todos los pobres cargan cubetas. Los microdatos permiten estudiar esa desigualdad, pero semejante generalización requeriría procesarlos específicamente por ingreso.
Lo que sí sabemos es algo anterior.
Parte de la infraestructura que transforma suministro intermitente en disponibilidad cotidiana fue instalada y pagada dentro de las propias viviendas.
México extendió la red pública.
Millones de hogares construyeron su última milla hidráulica.
Tener agua diario no es tenerla siempre
Existe una trampa adicional.
El 53.4 por ciento de INEGI mide suministro diario.
No necesariamente suministro continuo.
Una vivienda puede recibir agua cada día durante unas horas y cumplir ese indicador.
El estándar más exigente es 24 horas al día, siete días por semana.
El Instituto Mexicano de Tecnología del Agua utiliza precisamente la continuidad como indicador para evaluar organismos operadores.
La diferencia importa porque cada nueva pregunta hace más exigente el significado de “tener agua”.
Primero preguntamos si existe tubería.
Después si llega agua.
Después si llega diariamente.
Finalmente preguntamos si está disponible cuando alguien necesita abrir la llave.
Cada escalón describe un derecho más completo.
No todo es sequía
Sería tentador explicar el problema diciendo simplemente que México tiene poca agua.
No alcanza.
La disponibilidad física importa enormemente y el cambio climático aumenta la presión sobre determinadas regiones, pero la continuidad también depende de redes, fugas, bombeo, energía, almacenamiento, finanzas y capacidad de los organismos operadores.
Hay ciudades con dificultades de abastecimiento por estrés hídrico.
Hay redes envejecidas.
Hay agua producida que se pierde antes de llegar al usuario.
Hay organismos con problemas financieros.
Hay infraestructura que necesita mantenimiento y expansión.
Y existen enormes diferencias institucionales entre municipios.
Por eso una tubería nueva puede ampliar cobertura sin garantizar por sí misma agua continua.
Llevar el tubo es una obra.
Mantenerlo lleno es un servicio.
¿Quién debe llenar los tubos?
La Constitución coloca los servicios de agua potable, drenaje, alcantarillado y tratamiento entre las responsabilidades municipales.
Pero sería demasiado sencillo descargar todo el problema sobre los ayuntamientos.
La administración del agua mexicana está repartida entre organismos operadores, municipios, gobiernos estatales y Federación, mientras Conagua administra aguas nacionales y participa en infraestructura y programas.
El resultado exige coordinación precisamente porque una llave doméstica depende de decisiones tomadas en distintos pisos gubernamentales.
El Gobierno federal actual reconoce esa necesidad.
El Programa Nacional Hídrico 2026-2030 fue publicado el 18 de mayo y coloca entre sus objetivos garantizar progresivamente agua y saneamiento mediante servicios públicos eficientes.
Además existen programas federales para infraestructura, saneamiento, eficiencia y fortalecimiento de prestadores.
Por eso la pregunta no es si México está haciendo algo.
La pregunta correcta es cómo mediremos si funcionó.
Contemos horas y no solamente tuberías
Durante décadas tuvo enorme sentido celebrar nuevas conexiones.
Una familia que dejaba de depender de un pozo, río, llave comunitaria o acarreo y recibía agua entubada experimentaba una transformación gigantesca.
Esa batalla no ha terminado.
Pero donde la tubería ya existe comienza otra.
Continuidad.
Si las nuevas políticas se evalúan principalmente mediante obras construidas, kilómetros de red o viviendas incorporadas, México puede seguir mejorando cobertura sin resolver aquello que ocurre detrás de la puerta.
La unidad de éxito debería acercarse cada vez más al usuario.
Cuántos días.
Cuántas horas.
Con qué presión.
Con qué calidad.
Cuánto debe almacenar una familia para sobrevivir entre suministros.
Y cuánto dinero necesita gastar para compensar aquello que el servicio público no entrega continuamente.
Cuatro Méxicos frente a la misma llave
Los datos permiten imaginar cuatro experiencias distintas.
Está el México conectado, donde existe infraestructura.
Está el México tandeado, conectado pero obligado a esperar determinados días.
Está el México almacenado, que mediante tinacos, cisternas y bombas consigue amortiguar la intermitencia.
Y está el México continuo, donde el agua deja de organizar la rutina porque simplemente está disponible.
La diferencia parece doméstica.
En realidad es política pública.
Un tinaco en una azotea puede parecer solamente un objeto.
También puede leerse como una pequeña póliza de seguro contra la discontinuidad de la red.
Una cisterna hace invisible parte del tandeo.
El agua no llegó el miércoles.
Pero la familia todavía tenía.
El hogar resolvió internamente una parte del problema colectivo.
La última milla
Nada de esto significa que México carezca de agua ni que toda vivienda conectada tenga mal servicio.
Tampoco permite culpar a una sola administración por un problema acumulado durante décadas.
Permite afirmar algo más preciso.
En ocho años, el porcentaje de población con suministro diario dentro de la vivienda no mostró una mejora sostenida.
En seis estados ni siquiera alcanzó 24 por ciento en 2024.
Y las familias mexicanas han incorporado infraestructura doméstica específicamente capaz de almacenar y administrar un suministro que puede ser intermitente.
El país ya construyó buena parte de la primera etapa.
Ahora tiene que terminar la última.
No acaba en la banqueta.
Ni en el medidor.
Ni siquiera en la tubería que entra a la vivienda.
Termina cuando una persona gira una llave porque necesita agua y no necesita preguntarse primero qué día es.
Allí debería medirse el éxito.
Porque entre tener una tubería y tener agua existe una diferencia diminuta en cualquier estadística de cobertura.
En una casa son dos mundos completamente distintos.
