José de León Toral mató al presidente electo en 1928. Cuando la policía siguió una de sus pistas encontró a la Madre Conchita, una religiosa que terminaría condenada como autora intelectual de un magnicidio cuya trama sigue provocando preguntas.
Álvaro Obregón estaba comiendo en el restaurante La Bombilla de San Ángel cuando un joven comenzó a acercarse a los invitados haciendo algo aparentemente inofensivo: caricaturas.
Era el 17 de julio de 1928. Obregón acababa de ganar nuevamente la Presidencia y aquella comida ofrecida por diputados guanajuatenses celebraba su regreso al poder.
José de León Toral llevaba papel, lápiz y una pistola. Dibujó a varios asistentes hasta conseguir aproximarse suficientemente al hombre que había decidido matar.
Después llegaron los disparos.
Obregón murió allí mismo. Algunos presentes quisieron abalanzarse contra Toral, pero fue sacado del lugar con vida. México necesitaba saber si había actuado solo.
El detenido quería ver a alguien
Toral fue llevado a la Inspección General de Policía e interrogado violentamente. A pesar de los golpes, sostuvo inicialmente una versión sencilla: había actuado solo.
Pero pidió que le permitieran hablar con una persona.
El detective Valente Quintana esperaba encontrar a un hombre. La madrugada siguiente acompañó al detenido hasta una casa ubicada en Zaragoza 68, en Santa María la Ribera.
Cuando el portón se abrió, apareció una mujer.
Era Concepción Acevedo de la Llata, conocida como la Madre Conchita, religiosa alrededor de quien se reunían católicos durante uno de los periodos más violentos del conflicto Iglesia-Estado.
Toral ya la conocía. Había llegado hasta ella meses antes dentro de los círculos católicos que frecuentaba mientras aumentaba su obsesión por matar a Obregón.
Lo verdaderamente difícil comienza aquí.
La monja entró en el expediente
Según el testimonio posteriormente recogido por Quintana, Conchita habría pronunciado una frase devastadora al encontrarse con los policías: José y ella eran los principales responsables.
Sin embargo, el propio investigador histórico Mario Ramírez Rancaño advierte una rareza fundamental: aquella supuesta declaración después prácticamente desapareció del proceso.
Toral sostuvo durante el juicio que nunca había comunicado a Conchita su intención de asesinar a Obregón. La acusación construyó una interpretación diferente.
La religiosa quedó convertida en presunta inspiradora intelectual del crimen.
El juicio comenzó el 2 de noviembre de 1928 y duró seis días. Fue seguido por periódicos, fotógrafos y una sociedad todavía sacudida por la Guerra Cristera.
Toral fue condenado a muerte.
Madre Conchita recibió veinte años de prisión.
Había más nombres alrededor
La sentencia no cerró la historia.
Investigaciones posteriores encontraron una trama bastante menos sencilla que la imagen del fanático manipulado por una religiosa. Alrededor de Toral aparecían otros personajes del catolicismo radical.
Entre ellos estaba el sacerdote José Jiménez, confesor de Toral. Durante el proceso, el asesino redujo considerablemente la importancia de aquella relación.
También apareció Manuel Trejo Morales, relacionado con el arma utilizada en el magnicidio. Para investigadores de la época como Quintana, detrás de Toral y Conchita pudo existir alguien más.
Eso no demuestra una conspiración alternativa. Pero impide convertir una sentencia de 1928 en respuesta definitiva sobre todos los participantes y responsabilidades del asesinato.
Toral no salió de Lecumberri
La justicia terminó rápidamente con una de las dos vidas.
Al mediodía del 9 de febrero de 1929, José de León Toral caminó hacia el paredón de la Penitenciaría de Lecumberri.
Un pelotón de seis soldados esperaba frente a él. Reporteros, médicos, familiares y algunos legisladores pudieron presenciar la ejecución.
A las 12:30 terminó todo.
Para Toral.
Concepción Acevedo sobrevivió a la sentencia y también a la versión histórica que la colocó durante décadas como cerebro detrás del asesino.
Casi un siglo después resulta sencillo saber quién apretó el gatillo en La Bombilla. Mucho más complicado es reconstruir exactamente quién conocía el plan, quién lo alentó y quién terminó cargando responsabilidades ajenas.
Aquella madrugada de julio de 1928 la policía creyó que un asesino estaba a punto de conducirla hacia otro hombre.
Abrieron una puerta y encontraron una monja. La pregunta sobre quién estaba realmente detrás de ella nunca quedó igual de cerrada.
