El INE utiliza sus sistemas biométricos para ayudar en la búsqueda de desaparecidos en el País
La base creada para saber quiénes somos cuando elegimos gobernantes se convirtió silenciosamente en una herramienta de búsqueda. El INE ha atendido 482 mil solicitudes relacionadas con personas desaparecidas.
México construyó durante décadas una enorme base de datos para encontrar a cada ciudadano cuando llegara una elección. Ahora también sirve para buscar a quienes desaparecieron.
El Padrón Electoral contiene nombres, domicilios, CURP, fotografías y millones de huellas. Esa infraestructura terminó adquiriendo una función que sus primeros constructores difícilmente imaginaron: buscar personas.
Hasta el 30 de junio de 2026, el Instituto Nacional Electoral había atendido 482 mil 655 solicitudes relacionadas con la localización de personas desaparecidas mediante sus registros.
De ellas, 271 mil 573 produjeron registros susceptibles de análisis y 135 mil 450 fueron confirmados mediante datos generales como nombre, fecha de nacimiento y CURP.
Eso no significa que el INE haya encontrado físicamente a 135 mil desaparecidos. Significa que sus registros proporcionaron coincidencias confirmadas para que las autoridades responsables continúen investigando su paradero.
La diferencia es fundamental. Una coincidencia puede revelar información útil sobre una persona buscada, pero todavía corresponde a fiscalías y comisiones determinar qué ocurrió después de su desaparición.
Una credencial puede dejar un rastro
La lógica resulta sencilla. Una autoridad proporciona nombre, CURP, fecha de nacimiento, domicilio anterior u otros datos y el INE busca coincidencias dentro de sus registros.
Una actualización posterior de la credencial, por ejemplo, puede aportar información relevante para establecer que alguien realizó un trámite después de la fecha en que fue reportado desaparecido.
El procedimiento no permite que fiscalías o comisiones entren libremente al padrón. El INE conserva el acceso y realiza internamente las comparaciones solicitadas mediante convenios institucionales.
A septiembre, el Padrón Electoral superaba 103.9 millones de registros. Prácticamente todo adulto mexicano que alguna vez quiso votar dejó allí una huella documental extraordinariamente difícil de reproducir.
El corte de junio mostraba además que 99.93 por ciento de los registros entonces existentes contenían CURP, una llave especialmente útil para cruzar identidades entre distintas bases gubernamentales.
Pero existe otra búsqueda todavía más delicada. No intenta averiguar dónde estuvo alguien después de desaparecer, sino determinar quién es una persona cuya identidad se desconoce.
Cuando el nombre desapareció primero
El INE también utiliza sus sistemas biométricos para comparar huellas y otros elementos de personas desconocidas contra la información almacenada durante los trámites de credencialización.
Hasta junio había recibido 116 mil 360 solicitudes de identificación biométrica. En 45 mil 803 casos apareció por lo menos un registro que podía utilizarse durante el proceso.
Las autoridades solicitantes confirmaron posteriormente 30 mil 352 identidades mediante dictámenes periciales, según el informe presentado ante el Consejo General del Instituto en julio pasado.
Aquí tampoco debe confundirse una coincidencia informática con una identificación definitiva. Un resultado biométrico necesita intervención pericial y, dependiendo del caso, otras diligencias antes de adquirir certeza jurídica.
El mecanismo puede utilizarse para personas vivas cuya identidad se desconoce, pero también para cadáveres o restos humanos que permanecen sin nombre dentro de instituciones mexicanas.
Desde 2018, un convenio entre la Comisión Nacional de Búsqueda y el INE permite confrontar fotografías y huellas de cuerpos desconocidos con información contenida en registros electorales.
La herramienta incluye incluso información que electoralmente parecería inútil: millones de registros dados de baja pueden conservar valor porque una persona fallecida o desaparecida pudo haberse credencializado muchos años antes.
La democracia construyó una enorme base biométrica
El sistema nació por otra razón. México necesitaba impedir registros duplicados, entregar credenciales confiables y construir una Lista Nominal suficientemente sólida para celebrar elecciones aceptadas por ciudadanos y partidos.
El resultado fue algo adicional: probablemente la colección institucional de información biométrica y registral más extensa del país quedó alojada precisamente dentro de la autoridad encargada de organizar elecciones.
En abril, el INE informó que había firmado 47 convenios de colaboración con fiscalías y comisiones estatales para utilizar esa capacidad en identificación y localización.
Los acuerdos establecen límites. Las autoridades solicitantes entregan información; el Instituto realiza las confrontas y devuelve resultados bajo protocolos destinados también a proteger los datos personales del padrón.
La expansión resulta relevante porque el problema que intenta atender continúa creciendo. Al presentar el informe, el propio INE contabilizaba 122 mil 518 personas desaparecidas y no localizadas.
Detrás de esa cifra existe además otro problema: no todos los expedientes contienen información suficiente para saber dónde buscar, qué bases consultar o incluso reconstruir adecuadamente las circunstancias de desaparición.
La Comisión Nacional de Búsqueda reconoce que numerosos registros carecen de información sobre domicilio, teléfonos, lugar de los hechos o incluso quién está buscando actualmente a determinada persona.
Por eso ninguna base resolverá por sí sola la crisis. Una coincidencia informática puede abrir una puerta; todavía hacen falta investigadores capaces de cruzarla y autoridades dispuestas a seguirla.
Pero algo ocurrió mientras México discutía elecciones, credenciales, listas nominales y confianza en las urnas: acumuló durante décadas una memoria extraordinariamente precisa de millones de personas.
Cada fotografía tomada frente al módulo, cada huella entregada y cada domicilio actualizado fueron pensados para responder una pregunta electoral sencilla: demostrar que quien votaba era quien decía ser.
En un país con decenas de miles de desaparecidos, aquella misma pregunta adquirió un significado mucho más doloroso.
El padrón fue construido para saber quién puede llegar a votar. México terminó necesitándolo también para saber dónde están quienes dejaron de llegar.

