En 1999, Xavier López Ancona y sus socios abrieron una ciudad infantil con empleos, bancos y dinero propio. El juego mexicano terminaría viajando por el mundo.
Una ciudad donde los adultos estorbaban
En septiembre de 1999, dentro de un centro comercial de Santa Fe, apareció una ciudad mexicana donde los adultos habían perdido el protagonismo y los niños trabajaban.
Había calles, establecimientos, servicios y profesiones, pero todo estaba diseñado para visitantes pequeños que podían ensayar actividades normalmente reservadas a personas mayores de edad.
Los niños podían convertirse en bomberos, médicos o trabajadores de distintos negocios, mientras aprendían que algunas actividades producían dinero y otras exigían gastarlo para disfrutarlas.
El invento tenía una contradicción deliciosa: millones de adultos esperaban vacaciones para escapar del trabajo, mientras sus hijos pagaban una entrada para ponerse a trabajar.
La guardería que terminó convertida en ciudad
Xavier López Ancona trabajaba en el mundo financiero cuando un amigo le presentó una propuesta relacionada con guarderías que incorporaban actividades de representación de profesiones.
La idea original cambió considerablemente hasta convertirse en un espacio donde los niños podían explorar una ciudad completa mediante juegos de roles y actividades educativas.
Ese amigo era Luis Javier Laresgoiti, cuya participación resulta importante porque la historia empresarial suele concentrarse exclusivamente en López Ancona, figura pública del proyecto durante décadas.
Ambos participaron en el desarrollo de la empresa, aunque posteriormente separaron sus caminos y López Ancona quedó asociado con la expansión internacional de la marca mexicana.
El primero de septiembre de 1999 abrió La Ciudad de los Niños, antecedente directo de KidZania, en el Centro Comercial Santa Fe de la capital.
El dinero también tenía tamaño infantil
La experiencia incorporaba una economía simulada: los participantes podían recibir pagos por desempeñar determinados trabajos y utilizar sus ingresos en otras actividades dentro del establecimiento.
El aprendizaje no consistía solamente en reconocer profesiones, sino también en administrar recursos, elegir gastos y descubrir que una ciudad funciona mediante intercambios entre personas.
Había un banco, comercios y establecimientos inspirados en negocios reales, una combinación que hacía reconocible el entorno y permitía representar operaciones habituales de la economía.
Los niños podían sentirse independientes durante algunas horas, aunque esa libertad estaba cuidadosamente organizada mediante reglas, actividades supervisadas y un sistema comercial diseñado por adultos.
La ciudad tenía incluso una paradoja adicional: mientras sus pequeños habitantes aprendían a ganar dinero ficticio, las empresas participantes encontraban nuevas oportunidades de promoción comercial.
Las marcas también querían jugar
Desde sus primeros años, el proyecto incorporó compañías reales que patrocinaban establecimientos y experiencias, haciendo posible reproducir negocios reconocibles dentro de aquella pequeña ciudad infantil.
Según recordó López Ancona en una entrevista, comenzaron con veinticinco empresas participantes y terminaron el primer año con sesenta y cinco establecimientos y organizaciones comerciales.
El modelo combinaba educación, entretenimiento y publicidad, tres actividades que parecían diferentes pero encontraron una fórmula comercial especialmente atractiva para familias y empresas patrocinadoras.
La presencia de marcas también abría preguntas: los niños podían aprender cómo funcionaba una ciudad, pero lo hacían dentro de un espacio financiado parcialmente mediante publicidad.
El proyecto no escondía su naturaleza empresarial, aunque presentaba sus actividades como herramientas para desarrollar autonomía, responsabilidad y conocimiento de las profesiones entre los visitantes.
De Santa Fe a Tokio
El éxito inicial superó las previsiones empresariales: la compañía reportó cerca de ochocientos mil visitantes durante el primer año de funcionamiento de su sede original.
La expansión llegó después de consolidar el concepto, que adoptó el nombre KidZania y desarrolló una identidad propia, presentada como una nación infantil imaginaria.
En 2006 abrió una sede en Monterrey y comenzó su expansión internacional con una instalación en Tokio, donde el modelo mexicano encontró nuevos visitantes.
La idea resultaba exportable porque jugar a ser adulto no dependía exclusivamente de costumbres mexicanas, aunque cada ciudad necesitaba adaptaciones culturales y comerciales para funcionar.
Una república con pasaporte y moneda propia
KidZania terminó construyendo una ficción nacional completa: moneda denominada kidZos, pasaportes, símbolos, instituciones y reglas que permitían experimentar una ciudadanía adaptada al juego infantil.
La propuesta era diferente de la República de los Niños inaugurada en Argentina en 1951, concebida principalmente como un espacio de educación cívica y recreación.
El proyecto argentino incluía edificios gubernamentales, legislatura, tribunales y otras instituciones, mientras la experiencia mexicana daba especial protagonismo a profesiones, servicios y actividades económicas cotidianas.
La distinción es importante: México no inventó las ciudades infantiles, pero desarrolló un modelo comercial que convirtió aquella experiencia en una marca internacional reconocible.
En 2019, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual registraba veintiocho instalaciones en veinticinco países, una expansión considerable para una empresa nacida en Santa Fe.
La infancia que ensayaba su futuro
El proyecto también llamó la atención de investigadores interesados en comprender qué aprenden los niños cuando representan profesiones y reproducen relaciones laborales mediante actividades lúdicas.
En 2018, Carlos David Rodríguez López presentó en la UNAM una investigación sociológica titulada Juego, fantasía y trabajo. Estudio sociológico de los parques KidZania.
Su investigación examinó la relación entre juego, representaciones sociales y trabajo, un terreno donde las experiencias infantiles pueden reproducir valores presentes en la sociedad adulta.
La pregunta resulta fascinante: cuando un niño juega a trabajar, ¿descubre sus posibilidades futuras o aprende también las jerarquías que organizan el mundo de sus padres?
La respuesta no puede reducirse a celebrar o condenar el proyecto, porque el juego permite explorar habilidades mientras reproduce determinadas formas de organización económica y social.
La ciudad infantil nació de una intuición sencilla: los niños quieren experimentar aquello que observan diariamente, incluso cuando todavía no comprenden todas sus consecuencias.
Los adultos habían construido un lugar para que los niños jugaran a ser grandes. La ironía era perfecta: al crecer, muchos recordarían cuando trabajar todavía parecía divertido.
