Una iniciativa del Congreso estima que la CDMX genera diariamente más de ocho toneladas de heces caninas. Recogerlas es obligación de quien lleva al perro, pero después comienza otra pregunta bastante menos resuelta: dónde depositarlas y qué hace la ciudad con ellas.
Salir con un perro implica llevar correa, quizá agua, premios y una pequeña bolsa cuyo destino esperamos no necesitar pensar demasiado durante el paseo.
El perro, naturalmente, tiene otros planes.
Una iniciativa presentada este año en el Congreso capitalino coloca una cifra considerablemente menos adorable sobre la banqueta: más de ocho toneladas diarias de heces caninas.
La estimación forma parte de una propuesta para reformar la Ley de Residuos Sólidos y crear un manejo específico para residuos orgánicos de origen animal.
El primer responsable, sin embargo, ya está perfectamente identificado.
La Ley de Cultura Cívica considera infracción no recoger del espacio público las heces de un animal bajo nuestra custodia o abandonarlas fuera de los contenedores.
La Ley de Protección y Bienestar de los Animales también obliga a quienes tienen animales de compañía a recogerlas y realizar una disposición adecuada.
Así que mirar hacia otro lado mientras Gorky termina sus asuntos no constituye una estrategia jurídica particularmente sólida.
Pero levantar el residuo solamente resuelve la primera mitad.
Después aparece una persona caminando por el parque con una bolsa cerrada en la mano y una pregunta bastante práctica: ahora, ¿dónde demonios va esto?
La PAOT recomienda usar, cuando sea posible, periódico o papel higiénico y, si se emplean bolsas, preferir aquellas compostables que cumplan la norma correspondiente.
La misma guía recuerda que una disposición correcta también protege a trabajadores de limpia, quienes terminan manipulando aquello que nosotros conseguimos olvidar pocos minutos después.
Desde hace años existen intentos para construir una solución más sofisticada.
El Programa de Gestión Integral de Residuos 2021-2025 planteó instalar sistemas especiales de disposición y recolección para heces en andadores caninos.
La meta incluida en aquel programa hablaba de 60 andadores equipados con mil 200 dispensadores destinados a facilitar recolección, manejo y eventual aprovechamiento.
Incluso hubo una propuesta tecnológica.
El Programa Integral de Andadores Caninos contempló depósitos especiales, transporte mediante vehículos eléctricos y tratamiento para convertir las heces recolectadas en composta o biogás.
Durante 2022, ese programa informó haber acopiado 6.5 toneladas enviadas a tratamiento.
Parece mucho hasta recordar que la cifra ahora citada para toda la ciudad supera ocho toneladas cada día.
Precisamente ahí vuelve a entrar el Congreso.
La iniciativa presentada por Royfid Torres propone crear un Programa Especial para el Manejo Integral de Residuos Orgánicos de Origen Animal.
La propuesta contempla separación desde el origen, recolección diferenciada, tratamiento, aprovechamiento mediante biodigestión u otras tecnologías, campañas ciudadanas y coordinación con las alcaldías.
Todavía es una iniciativa.
No existe hoy una nueva red obligatoria de contenedores especiales funcionando en cada parque ni un sistema único que recoja diariamente todas las heces caninas capitalinas.
Mientras eso ocurre, la responsabilidad individual sigue siendo bastante menos futurista.
Hay que recoger.
Y hay que depositar correctamente.
Lo curioso es que una ciudad capaz de discutir biodigestores, economía circular y tecnologías para transformar residuos todavía puede tropezar literalmente con el principio del problema.
Una pequeña montaña dejada en medio de la banqueta.
Ocho toneladas diarias suenan como asunto de infraestructura.
Pero cada una empieza pesando muchísimo menos.
Y casi
