En Nuevo León existe una fábrica donde el plástico entra como pequeños gránulos y sale convertido en millones de juguetes. Cada ladrillo debe fabricarse con una precisión de 0.005 milímetros.
En Ciénega de Flores existe un lugar donde equivocarse por una fracción diminuta puede provocar una tragedia infantil: dos ladrillos LEGO que simplemente no quieran permanecer juntos.
Por eso, dentro de la fábrica mexicana más grande de la compañía, fabricar juguetes tiene bastante menos de juego de lo que uno podría imaginar desde afuera.
Cada ladrillo debe moldearse con una precisión aproximada de 0.005 milímetros. Es una tolerancia minúscula, comparable con apenas una fracción del grosor de un cabello humano.
Esa obsesión industrial tiene una recompensa conocida por cualquiera que haya construido alguna vez con estas piezas: el pequeño “clic” que sentimos cuando dos ladrillos embonan correctamente.
LEGO llama clutch power a esa capacidad para permanecer unidos con suficiente firmeza y, simultáneamente, permitir que alguien pueda separarlos sin necesitar herramientas ni perder una uña.
Buena parte de esa magia infantil ocurre actualmente en Nuevo León.
El plástico entra como granitos
La planta de Monterrey, ubicada en Ciénega de Flores, realiza prácticamente todo el viaje industrial: moldeo, procesamiento, decoración, ensamblaje y finalmente empaque de los productos terminados.
El proceso comienza con pequeños gránulos de plástico que llegan a enormes máquinas de moldeo, donde el material debe calentarse aproximadamente hasta 230 grados centígrados.
Una vez fundido, recibe cientos de toneladas de presión dentro de moldes extremadamente precisos. Después se enfría, la pieza es expulsada y el ciclo puede completarse en segundos.
De ahí salen aquellos ladrillos, ruedas, ventanas, cuerpos y pequeñas piezas que después terminan debajo de un sofá esperando pacientemente algún pie humano completamente descalzo.
Pero todavía falta convertir plástico moldeado en personajes.
En otras zonas, enormes impresoras añaden caras, símbolos y detalles. Diferentes máquinas ensamblan piernas de minifiguras, animales, vehículos y componentes que necesitan varias piezas separadas.
Después llega una tarea aparentemente sencilla que, multiplicada por millones de cajas, empieza a parecer una pesadilla logística: asegurarse de que cada set reciba exactamente sus componentes.
Las cajas avanzan mientras sistemas automatizados liberan las cantidades necesarias de piezas. Finalmente se agregan instrucciones, componentes adicionales y controles destinados a detectar posibles errores.
Nuevo León fabrica para jugar en América
La historia mexicana comenzó antes de esta gigantesca planta. Los primeros ladrillos producidos en el país salieron en 2006 de instalaciones operadas por Flextronics en Ciudad Juárez.
LEGO decidió posteriormente recuperar directamente la producción y trasladarla hacia Nuevo León. La operación regiomontana comenzó en 2008 y la nueva fábrica fue inaugurada posteriormente en 2009.
Desde entonces no ha dejado de crecer.
La compañía identifica actualmente a Monterrey como su mayor instalación productiva mundial. Más de 7,000 personas trabajan ahí y solamente durante 2025 produjo más de 149 millones de sets.
Y todavía le falta espacio.
LEGO anunció en septiembre una nueva inversión superior a 400 millones de dólares para añadir otra nave de empaque y un almacén vertical completamente automatizado.
La expansión agregará 62,000 metros cuadrados construidos y elevará aproximadamente 35 por ciento la capacidad productiva. Las obras comenzarán en 2027 y deberán concluir durante 2029.
También están previstos unos 1,300 empleos adicionales. Para entonces, la superficie construida reportada por la compañía alcanzará aproximadamente 210,080 metros cuadrados dentro de un terreno de 87 hectáreas.
Resulta curioso que uno de los juguetes asociados universalmente con Dinamarca tenga semejante corazón industrial mexicano, pero existe una razón geográfica detrás de semejante crecimiento.
LEGO busca fabricar cerca de sus principales mercados. Monterrey permite abastecer América mediante cadenas de suministro más cortas y responder con mayor rapidez cuando cambia la demanda regional.
Dentro de aquellas naves industriales, mientras tanto, continúa ocurriendo algo mucho más sencillo.
Una máquina derrite plástico.
Otra lo aprieta.
Otra pinta una cara diminuta.
Alguien lo mete dentro de una caja.
Y meses después, en algún lugar del continente, un niño abre esa caja, vacía cientos de piezas sobre el piso y empieza nuevamente desde cero.
