Una organización secreta preparó la fuga del padre José Aurelio Jiménez, pero el sacerdote decidió quedarse. La red clandestina terminó sacando de Lecumberri a Enrico Sampietro, artista del billete falso que durante una década obligaría a México a aprender cómo perseguir una firma que nunca aparecía.
En 1938, varias personas consiguieron algo que parecía extraordinariamente difícil: corromper suficientes puertas dentro de Lecumberri para sacar clandestinamente a un hombre de prisión.
Habían preparado el camino para un sacerdote. Cuando finalmente pudieron abrirlo, el sacerdote decidió que no pensaba utilizarlo y permaneció dentro de Lecumberri.
La operación clandestina podía haber terminado allí, convertida en secreto peligroso para quienes habían comprometido dinero, contactos y funcionarios dentro de la penitenciaría.
Pero había otro preso capaz de aprovechar aquella puerta. Se llamaba Alfredo Héctor Donadieu, aunque México terminaría recordándolo principalmente mediante otro nombre: Enrico Sampietro.
No era un delincuente cualquiera. Banco de México lo describiría décadas después como uno de los grandes falsificadores mundiales y destacaría sus excepcionales capacidades artísticas.
La organización había construido una fuga para salvar a un religioso. Terminó liberando al hombre que convertiría pequeños defectos impresos en una persecución nacional.
El hombre que podía dibujar dinero
En octubre de 1934 comenzó a detectarse en Ciudad de México una cantidad considerable de billetes falsos de veinte dólares que circulaban con apariencia convincente.
Las investigaciones condujeron hasta Sampietro, personaje de trayectoria internacional cuya habilidad no consistía simplemente en imprimir algo parecido al dinero, sino en reproducirlo con enorme precisión.
Su verdadero nombre aparece documentado por Banco de México como Alfredo Héctor Donadieu. Enrico Sampietro era la identidad bajo la cual construiría su fama criminal mexicana.
Había trabajado como artista y grabador, capacidades perfectamente legítimas que aplicadas sobre papel moneda adquirían una consecuencia completamente distinta frente a cualquier banco central.
Una falsificación mediocre puede descubrirse rápidamente. Una falsificación excepcional introduce algo bastante más peligroso que algunos papeles fraudulentos: introduce desconfianza sobre los papeles verdaderos.
Sampietro fue detenido y enviado a Lecumberri, donde aparentemente terminaba aquella etapa de su carrera. Pero dentro de la prisión encontró una organización que necesitaba talento.
La sociedad secreta que entró a Lecumberri
Su nombre parecía salido de una novela: La Causa de la Fe. Surgió dentro de los conflictos religiosos que sobrevivieron al final formal de la Cristiada.
Uno de sus personajes centrales era el sacerdote jesuita José Aurelio Jiménez Palacios, encarcelado desde 1932 y relacionado políticamente con sectores católicos radicalizados de aquellos años.
Jiménez había sido señalado dentro del entorno relacionado con el asesinato de Álvaro Obregón, aunque la historia judicial y política alrededor de esas responsabilidades resulta considerablemente compleja.
Sus seguidores consideraban injusto su encarcelamiento y organizaron una estructura clandestina cuyo propósito inmediato era conseguir que pudiera abandonar Lecumberri sin esperar autorización gubernamental.
El proyecto requería mucho más que una lima escondida dentro de un pan. Lecumberri estaba organizado mediante crujías, patios, puertas, vigilantes y controles sucesivos.
Para sacar al sacerdote era necesario conseguir algo bastante más difícil que abrir una cerradura: lograr que determinadas personas responsables de aquellas cerraduras quisieran abrirlas.
Lo consiguieron.
Diez mil pesos podían abrir varias puertas
La investigación histórica de Mario Ramírez Rancaño reconstruyó posteriormente cómo integrantes de La Causa de la Fe establecieron contactos con personal de la penitenciaría.
Algunos participaron por afinidad religiosa. También existía un incentivo mucho más terrenal: se ofrecieron diez mil pesos y cobertura de gastos legales si descubrían su intervención.
El sistema comenzó a quedar comprometido desde adentro. Los responsables de distintas puertas necesarias para realizar la evasión aceptaron participar en la maniobra clandestina.
Había aparecido algo extraordinario dentro de una de las prisiones más famosas de México: una ruta de salida preparada mediante los mismos hombres encargados de impedirla.
Entonces ocurrió lo inesperado.
José Aurelio Jiménez decidió no fugarse.
Sostenía que era inocente y que correspondía al gobierno ponerlo legalmente en libertad. Escapar equivaldría, desde su perspectiva, a aceptar una culpabilidad rechazada.
El sacerdote para quien habían abierto Lecumberri prefirió quedarse en Lecumberri.
Eso dejaba un problema afuera.
Había demasiada gente que conocía el secreto.
Una fuga preparada no podía guardarse fácilmente
Quienes habían aceptado participar podían sentirse defraudados. Algunos habían esperado dinero; todos conocían información capaz de comprometer a integrantes de la organización clandestina.
La investigación histórica muestra el temor existente a que aquella operación frustrada terminara revelando la existencia y las actividades de La Causa de la Fe.
Fue entonces cuando Sampietro adquirió un valor extraordinario para el grupo. No compartía únicamente la condición de preso: poseía una habilidad potencialmente útil fuera de prisión.
Banco de México documenta que Sampietro se vinculó con La Causa de la Fe y recibió protección a cambio de poner su capacidad falsificadora al servicio del grupo.
La organización justificaba aquella actividad mediante una lógica política y religiosa: perjudicar económicamente al Estado mexicano, considerado por sus integrantes herético y anticlerical.
El falsificador encontró una causa.
La causa encontró un falsificador.
Y Lecumberri ya tenía una salida comprometida.
La madrugada del 20 de julio
El martes 19 de julio de 1938 se realizó un cambio de celadores. Personas vinculadas con la operación quedaron colocadas estratégicamente en puntos necesarios.
Durante la madrugada del miércoles 20 comenzó la fuga. Jesús Salado Dueñas abrió la celda donde estaban Sampietro y otro recluso, Godoy Ibáñez.
Los fugitivos fueron conducidos hacia otra puerta. Allí esperaba Lisandro Gómez Noriega, quien permitió nuevamente que continuaran avanzando dentro del complejo penitenciario.
Después apareció otra barrera.
También se abrió.
El investigador Mario Ramírez Rancaño reconstruyó aquella secuencia mediante expedientes judiciales y testimonios posteriores de participantes interrogados por las autoridades mexicanas.
No hubo túnel espectacular, muro escalado bajo disparos ni cuerda descendiendo desde una torre. El mecanismo resultó bastante menos cinematográfico y probablemente más inquietante.
Las puertas se abrieron desde adentro.
Sampietro abandonó Lecumberri durante la madrugada del 20 de julio de 1938. Después comenzó uno de los grandes problemas policiales mexicanos de la siguiente década.
Habían sacado a un hombre.
Pronto comenzarían a aparecer sus obras.
El falsificador desapareció pero su mano permaneció visible
Durante varios años, las autoridades desconocieron dónde se encontraba Sampietro. Sin embargo, desaparecer físicamente resultaba más sencillo que ocultar completamente su manera de trabajar.
A finales de 1940 y principios de 1941 comenzaron a circular falsificaciones de billetes mexicanos de cincuenta pesos con una calidad suficientemente alta para preocupar seriamente.
Banco de México necesitaba saber quién estaba fabricándolos. El problema era formidable: encontrar al autor de un billete significaba perseguir a alguien que precisamente intentaba borrar cualquier identidad.
Entonces apareció Alfonso Quiroz Cuarón, criminólogo mexicano que desarrollaría una carrera extraordinaria estudiando algunos de los casos criminales más célebres del país.
Quiroz observó las falsificaciones no únicamente como dinero apócrifo. Las trató como un investigador puede observar una pintura cuya firma fue deliberadamente eliminada.
El billete tenía autor.
Había que encontrar su estilo.
Un falsificador también deja pinceladas
Quiroz desarrolló una idea esencial para perseguir aquella clase de delito: incluso cuando copia algo ajeno, cada falsificador repite procedimientos particulares que pueden terminar identificándolo.
Banco de México conservaba antecedentes de falsificaciones atribuidas a Sampietro, incluyendo trabajos realizados anteriormente sobre dólares que habían llegado a circular en territorio mexicano.
Al comparar procedimientos, apareció una coincidencia.
La técnica empleada sobre los nuevos billetes mexicanos se parecía extraordinariamente a aquella que Sampietro había utilizado en falsificaciones anteriores.
El hombre estaba escondido.
Su método no.
Esa certeza planteaba inmediatamente otra pregunta: ¿cómo podía un fugitivo disponer de infraestructura, materiales, circulación y personas suficientes para convertir sus imitaciones en dinero aparentemente legítimo?
La respuesta conducía nuevamente hacia La Causa de la Fe.
La organización que había contribuido a sacarlo de Lecumberri estaba ahora relacionada con la circulación de los papeles producidos por su protegido.
El billete falso creó una oficina verdadera
La amenaza tuvo una consecuencia institucional inesperada. En 1941, Banco de México decidió fortalecer específicamente su capacidad para investigar falsificación de moneda.
Eduardo Villaseñor, entonces director general del banco central, impulsó la creación de una oficina especializada y llamó a Alfonso Quiroz Cuarón para dirigirla.
El fugitivo estaba provocando que la institución encargada de proteger la moneda mexicana aprendiera nuevas maneras de perseguir a personas exactamente como él.
De esos esfuerzos surgiría el Departamento de Investigaciones Especiales, que posteriormente desempeñaría funciones relevantes contra falsificación y otros delitos relacionados con la banca.
Sampietro produjo imitaciones.
México tuvo que producir investigadores.
La persecución ya no dependería solamente de policías buscando escondites. Ahora habría especialistas clasificando papeles, tintas, procedimientos y características repetidas entre emisiones falsas.
La falsificación había comenzado como un problema criminal.
Estaba convirtiéndose también en una disciplina técnica.
Primero fueron cincuenta pesos
La primera falsificación documentada de billetes emitidos por Banco de México atribuida a Sampietro apareció durante 1941 y correspondió a la denominación de cincuenta pesos.
Después llegarían otras.
Banco de México documenta falsificaciones de veinte y cien pesos producidas por Sampietro durante aquella prolongada etapa clandestina de su actividad en México.
Los billetes podían parecer pequeñas obras de precisión. Para quienes los recibían de buena fe, sin embargo, aquella calidad artística tenía consecuencias bastante menos románticas.
Un billete falso carecía de valor y generalmente la pérdida recaía sobre quien había aceptado inocentemente una pieza que parecía completamente legítima.
Quiroz utilizó posteriormente un caso particularmente revelador: una cajera humilde terminó obligada a cubrir mil pesos después de haber recibido diez billetes falsos de cien.
La organización pretendía perjudicar al Estado.
El dinero podía terminar perjudicando primero a una cajera.
México comenzó a perseguir pequeños errores
Cada denominación obligaba a informar bancos, retirar piezas, advertir al público y localizar personas encargadas de introducir aquellos billetes dentro de la circulación legítima.
Banco de México conserva cifras que permiten dimensionar el trabajo. En 1947 fueron retiradas más de mil piezas falsas de veinte pesos durante aproximadamente seis meses.
El volumen no amenazaba con destruir la moneda nacional. El verdadero riesgo consistía en erosionar la confianza necesaria para aceptar cualquier billete sin sospechar inmediatamente.
Por eso las falsificaciones excelentes podían resultar paradójicamente más preocupantes que una montaña de imitaciones torpes: obligaban a enseñar qué pequeños detalles separaban dinero verdadero y falso.
Sampietro había convertido su capacidad artística en una competencia contra los especialistas del banco central. Cada nueva falsificación dejaba información que Quiroz incorporaba al archivo.
El perseguidor aprendía del falsificador.
El falsificador probablemente aprendía de sus errores.
Durante años, ambos sostuvieron una especie de conversación sin encontrarse personalmente, utilizando billetes apócrifos como mensajes involuntarios entre uno y otro.
La búsqueda regresó hacia quienes habían abierto Lecumberri
Hacia finales de 1947, las investigaciones alcanzaron nuevamente a personas relacionadas con la antigua fuga y permitieron reconstruir aspectos que habían permanecido ocultos durante años.
Interrogatorios revelaron detalles sobre La Causa de la Fe, sus integrantes, los contactos penitenciarios y la participación del padre Jiménez dentro de aquella red.
La vieja fuga de 1938 dejaba de parecer un episodio aislado. Formaba parte de una historia mucho más extensa donde religión, política, falsificación y clandestinidad se entrecruzaban.
Quiroz terminó investigando también al propio sacerdote. Las autoridades conocieron domicilios y parroquias donde oficiaba, incluyendo espacios en Santa María la Ribera y la Condesa.
Los investigadores llegaron a asistir a servicios religiosos como feligreses comunes y grabaron sermones mientras buscaban reconstruir la actividad del grupo y localizar responsabilidades.
La persecución había recorrido un círculo extraordinario.
Comenzó con un sacerdote que no quiso escapar.
Terminaba nuevamente buscando al sacerdote porque el hombre que sí había escapado continuaba imprimiendo dinero falso.
Abril de 1948
Diez años después de aquella madrugada en Lecumberri, la larga carrera clandestina mexicana de Sampietro comenzó finalmente a cerrarse con su recaptura.
Banco de México registró el acontecimiento ante su Consejo de Administración en abril de 1948 y documentó materiales encontrados durante la operación contra la banda.
Había billetes mexicanos falsificados, imitaciones de moneda estadounidense, materiales utilizados en la producción y otros documentos que evidenciaban la amplitud de sus actividades.
El hombre que había desaparecido detrás de sus billetes estaba finalmente frente a quienes habían pasado años estudiando las pequeñas características de su trabajo.
Quiroz había ganado una persecución singular.
No encontró inicialmente al fugitivo siguiendo huellas sobre tierra.
Lo reconoció siguiendo huellas sobre papel.
Las cuentas también quedaron archivadas
Banco de México calculó posteriormente cuánto había costado combatir y retirar las distintas falsificaciones relacionadas con Sampietro durante aquellos años.
Las cifras incluyeron investigaciones, transporte, publicaciones, seguros, horas extraordinarias y gratificaciones relacionadas con la persecución y retiro de moneda apócrifa.
La institución estimó gastos acumulados por 276 mil 300 pesos para combatir las falsificaciones vinculadas con Sampietro y su organización durante aquel periodo.
La comparación histórica resulta reveladora: el propio Banco señaló que un automóvil Cadillac costaba aproximadamente veinte mil pesos en 1946 y una residencia podía rondar cien mil.
Una fuga preparada para otra persona había producido una persecución que terminó costando al banco central una cantidad considerable y casi diez años de trabajo especializado.
Pero también dejó algo permanente.
México había construido experiencia institucional para reconocer falsificadores precisamente porque uno particularmente bueno había obligado al país a perseguirlo durante años.
El sacerdote permaneció y el falsificador salió
Sampietro volvería a prisión. Banco de México registra que, después de cumplir su condena, fue deportado a Francia en 1961.
José Aurelio Jiménez también quedó atrapado en la historia que había comenzado cuando sus seguidores intentaron conseguir clandestinamente su libertad durante los años treinta.
Pero quizá ningún detalle resume mejor todo aquel episodio que regresar a la decisión tomada dentro de Lecumberri antes de que Sampietro pudiera escapar.
Había una ruta preparada.
Había celadores comprometidos.
Había dinero prometido.
Había una organización secreta esperando.
Y había un sacerdote que podía atravesar aquellas puertas.
No quiso hacerlo.
Entonces apareció un falsificador.
Durante los siguientes diez años, México descubriría las consecuencias de haber dejado salir precisamente al hombre que sabía convertir papel, tinta y talento en algo peligrosamente parecido al dinero.
La Causa de la Fe preparó una fuga para rescatar a un sacerdote que decidió quedarse. Enrico Sampietro aprovechó aquella salida y dejó después una ironía perfecta: para encontrar al hombre que falsificaba billetes, México tuvo que aprender primero a reconocer su firma donde nunca aparecía su nombre.
