En octubre de 1978, un exgobernador de Nayarit y su esposa, una escritora, fueron asesinados en su residencia de Ciudad de México. La policía acusó al nieto favorito de la pareja. Hubo sentencia y prisión, pero la historia nunca consiguió desprenderse de sus contradicciones.
El 6 de octubre de 1978, una residencia de Paseo de las Palmas, en Las Lomas de Chapultepec, se convirtió en escenario de un crimen estremecedor.
Dentro de aquella casa habían sido asesinados Gilberto Flores Muñoz, exgobernador de Nayarit, y su esposa, Asunción Izquierdo Albiñana, escritora conocida también por sus seudónimos.
Los dos pertenecían a una familia relacionada con las altas esferas políticas mexicanas. Su muerte convirtió una investigación criminal en un acontecimiento nacional de enorme repercusión.
El arma utilizada fue un machete. Las víctimas se encontraban en habitaciones diferentes y los investigadores no encontraron señales que apuntaran claramente hacia un robo.
La policía tardó pocos días en señalar a un responsable. Lo verdaderamente perturbador fue que el acusado no era un desconocido, sino el nieto de ambos.
Una casa donde todos parecían conocidos
La residencia estaba ubicada en Paseo de las Palmas 1535, una dirección de Las Lomas que entonces representaba privilegio, influencia política y seguridad privada.
Gilberto Flores Muñoz había gobernado Nayarit y ocupado responsabilidades federales. En 1978 dirigía la Comisión Nacional de la Industria Azucarera durante el gobierno de José López Portillo.
Su esposa, Asunción Izquierdo, había desarrollado una trayectoria literaria que durante años quedó opacada por el apellido familiar y las circunstancias de su muerte.
Publicó novelas como Andreida o el tercer sexo, Caos y Cena de cenizas, además de escribir bajo el seudónimo de Ana Mairena durante su trayectoria.
En la casa también permanecían varios nietos de la pareja, empleados domésticos, un chofer y personal de vigilancia encargado de proteger al antiguo funcionario federal mexicano.
Esa combinación de familiares y trabajadores resultaría fundamental para reconstruir los movimientos ocurridos durante las últimas horas de vida de los propietarios de la residencia.
La última noche de los abuelos
El 5 de octubre transcurrió con actividades aparentemente habituales. Los nietos permanecieron en la residencia mientras el personal atendía las labores domésticas y de vigilancia.
Según declaraciones recuperadas de la averiguación previa, Flores Muñoz regresó aproximadamente a las diez de la noche y dedicó un tiempo a leer los periódicos.
Asunción Izquierdo se preocupó porque su nieto mayor todavía no llegaba. Antes de retirarse, dejó preparada la entrada para facilitarle el acceso a la casa.
Gilberto Flores Alavez apareció cerca de la medianoche, después de que un amigo lo llevara hasta la residencia, según los testimonios recogidos durante la investigación policial.
Los abuelos dormían en habitaciones separadas. Esa circunstancia permitió a los investigadores reconstruir dos ataques distintos dentro de una misma vivienda durante aquella madrugada de octubre.
Ninguno de los vigilantes declaró haber escuchado una agresión que permitiera intervenir oportunamente. La ausencia de ruido significativo se convirtió en otra peculiaridad del expediente.
El machete y la puerta sin forzar
Los cuerpos fueron descubiertos durante la mañana del 6 de octubre. Ambos presentaban lesiones graves provocadas por un arma cortante identificada como un machete.
Los investigadores encontraron el arma y comenzaron a examinar los accesos, las habitaciones y los objetos personales de quienes habían permanecido dentro de la residencia.
La falta de señales evidentes de entrada forzada orientó las sospechas hacia personas que conocían la distribución de la casa y podían desplazarse por ella.
Los peritos también observaron que no parecían faltar objetos de valor, circunstancia que debilitaba inicialmente la hipótesis de un asalto cometido para obtener dinero.
Sin embargo, aquellos indicios no permitían identificar por sí solos al responsable. La investigación necesitaba reconstruir horarios, confrontar declaraciones y establecer vínculos con las pruebas materiales.
En los primeros días fueron interrogados trabajadores y familiares, mientras la prensa publicaba detalles del asesinato y multiplicaba las especulaciones sobre sus posibles motivaciones criminales.
El nieto que terminó acusado
Gilberto Flores Alavez era el mayor de los nietos que frecuentaban la residencia. Su cercanía con los abuelos hizo especialmente sorprendente el rumbo posterior del caso.
Los investigadores revisaron sus declaraciones, buscaron testimonios de sus amistades y examinaron objetos personales que podían relacionarlo con los hechos ocurridos aquella noche de octubre.
Entre los indicios mencionados por las autoridades figuraban prendas con manchas de sangre, encontradas durante las diligencias, y contradicciones atribuidas al joven en sus declaraciones iniciales.
También se investigó una marca en el machete utilizado para cometer los homicidios, comparándola con muestras de escritura proporcionadas por integrantes de la familia durante las pesquisas.
La investigación avanzó rápidamente y, apenas ocho días después del descubrimiento de los cadáveres, un juez dictó auto de formal prisión contra Gilberto Flores Alavez.
Las autoridades presentaron el caso como un asesinato cometido dentro de la familia, pero la explicación del móvil y algunas actuaciones policiales provocaron controversias posteriores importantes.
Una confesión que no terminó con las dudas
Durante la investigación se difundieron declaraciones atribuidas al acusado que parecían comprometerlo, aunque su contenido y alcance fueron discutidos posteriormente por la defensa del joven.
Una revisión periodística reciente de la averiguación previa encontró formulaciones confusas y diferencias entre lo que se presentó públicamente como confesión y las declaraciones documentadas oficialmente.
Flores Alavez terminó condenado a veintiocho años de prisión por el doble homicidio, pero recuperó su libertad después de cumplir aproximadamente diez años encarcelado en México.
Desde entonces sostuvo que no había asesinado a sus abuelos y denunció irregularidades en la investigación, además de atribuir el crimen a posibles motivaciones políticas.
Sus acusaciones contra funcionarios y autoridades no constituyen, por sí mismas, pruebas de una conspiración. Tampoco eliminan la existencia de una sentencia judicial en su contra.
La distinción resulta fundamental: hubo una condena, pero también cuestionamientos documentados sobre las diligencias y una versión alternativa sostenida por quien recibió aquella sentencia penal.
El escritor que abrió nuevamente el expediente
En 1985, Vicente Leñero publicó Asesinato. El doble crimen de los Flores Muñoz, una extensa investigación narrativa sobre los hechos y sus contradicciones.
Leñero reunió materiales periodísticos, testimonios y documentos judiciales para examinar no solamente quién pudo cometer los asesinatos, sino cómo se construyó la explicación oficial.
Su libro convirtió el expediente en una obra literaria de investigación, donde las versiones enfrentadas revelaban las dificultades de establecer una verdad plenamente verificable judicialmente.
La obra también examinó el comportamiento de periodistas, policías, abogados y familiares, mostrando cómo una investigación criminal podía convertirse en escenario de intereses contrapuestos simultáneos.
El resultado fue una narración sin la comodidad de las novelas policiacas tradicionales, donde una revelación final suele resolver todos los interrogantes del lector interesado.
La mujer que había escrito otra historia
Durante décadas, Asunción Izquierdo fue recordada principalmente como una de las víctimas del asesinato, mientras su producción literaria permanecía relativamente desconocida para muchos lectores.
La escritora había publicado novelas desde 1938 y utilizado diferentes nombres para continuar una actividad creativa que enfrentaba restricciones dentro de su propio entorno familiar.
En 2022, la UNAM recuperó Cena de cenizas mediante su colección Vindictas, dedicada a rescatar obras de escritoras cuya importancia había quedado injustamente relegada.
La recuperación permitió mirar nuevamente a una mujer que durante años había aparecido en los periódicos sobre todo por las circunstancias violentas de su muerte.
Aquella reivindicación literaria introdujo una perspectiva distinta sobre el crimen: una de las víctimas también había construido una obra que merecía sobrevivir al expediente policial.
La casa donde la sentencia no cerró la historia
El asesinato de Las Lomas permanece entre los episodios criminales más recordados de los años setenta por la notoriedad de sus protagonistas y las controversias posteriores.
La investigación produjo una acusación, un proceso judicial y una condena, pero también dejó interrogantes que periodistas y escritores continuaron examinando durante las décadas siguientes.
No existe fundamento suficiente para presentar como demostrada una conspiración política, del mismo modo que sería incorrecto ocultar las objeciones formuladas contra aquella investigación criminal.
Casi medio siglo después, el caso conserva una peculiaridad inquietante: la justicia identificó a un responsable, pero las dudas sobrevivieron a la sentencia y prisión.
En Paseo de las Palmas 1535 fueron asesinadas dos personas cuya historia no debería reducirse al escándalo, los rumores familiares ni las versiones policiales contradictorias.
La policía encontró un culpable, los jueces dictaron una condena y un escritor volvió a abrir las preguntas. El crimen de Las Lomas nunca dejó de contarse.
