Durante meses puede pasar inadvertida bajo coches, hojas y basura. Basta un aguacero para que una coladera recuerde cuál era su trabajo. Si el agua comienza a acumularse, falta una tapa o el drenaje devuelve aguas residuales, conviene saber qué reportar, dónde hacerlo y cuándo dejar de jugar al plomero.
Una coladera tiene una relación bastante injusta con la ciudad.
Cuando funciona nadie la mira. Cuando deja de hacerlo, cinco centímetros de agua pueden convertirla inmediatamente en la persona más importante de la cuadra.
El problema suele descubrirse durante la lluvia.
Agua acumulándose junto a la banqueta, hojas formando una pequeña presa, una tapa que desapareció o ese inquietante momento cuando el drenaje parece trabajar exactamente al revés.
No todo significa lo mismo.
Una coladera cubierta superficialmente por basura visible no equivale necesariamente a una red de drenaje obstruida varios metros debajo del pavimento.
Tampoco una tapa faltante representa solamente un problema hidráulico.
Puede convertirse inmediatamente en riesgo para peatones, bicicletas, motocicletas y automóviles, especialmente cuando el agua oculta el agujero y elimina cualquier posibilidad de verlo a tiempo.
Ahí aparece la primera regla útil.
Una coladera que dejó de verse bajo una corriente de agua no dejó de existir.
Sigue debajo.
Por eso caminar deliberadamente sobre una zona inundada para localizarla con los pies constituye una idea considerablemente peor que esperar a que intervenga personal equipado.
Lo mismo ocurre con intentar levantar tapas pesadas durante un aguacero.
La presión del agua, la profundidad desconocida, objetos arrastrados y las propias condiciones del drenaje pueden transformar una maniobra aparentemente sencilla en accidente.
En Ciudad de México existe actualmente la Línea H2O, marcada mediante *426, habilitada por la Secretaría de Gestión Integral del Agua para recibir reportes relacionados con anomalías del servicio hidráulico.
También funciona el sistema unificado de atención ciudadana de Locatel mediante *0311 y su plataforma digital, donde pueden generarse solicitudes y conservar un folio para seguimiento.
La ubicación importa muchísimo.
Calle, esquina más cercana, colonia, alcaldía y referencias visibles ayudan a determinar exactamente dónde está el problema y permiten canalizar el reporte según su naturaleza y territorio.
Una fotografía puede resultar especialmente útil cuando muestra una tapa faltante, hundimiento, acumulación de agua o punto exacto del desperfecto sin exigir que alguien se acerque peligrosamente.
También conviene describir lo que realmente está ocurriendo.
“No sirve la coladera” aporta bastante menos información que explicar si está completamente cubierta, carece de tapa, presenta hundimiento, desborda agua residual o existe un encharcamiento que continúa creciendo.
Los reportes hidráulicos no terminan necesariamente en una misma oficina.
Los procedimientos administrativos de la autoridad contemplan clasificación y canalización según tipo y ubicación hacia las áreas operativas correspondientes y, cuando compete, hacia las alcaldías.
Eso explica por qué dos coladeras separadas apenas por algunas calles pueden terminar requiriendo intervenciones distintas.
Hay además problemas que ya no deben tratarse como simple mantenimiento.
Si alrededor de la coladera aparecen grietas nuevas, hundimiento del pavimento, desprendimientos o una cavidad que parece crecer, la situación puede indicar afectaciones diferentes y merece reportarse describiendo precisamente esos signos.
Un socavón no es una coladera ambiciosa.
Y tampoco todo encharcamiento prueba por sí mismo que una sola alcantarilla esté averiada.
La intensidad de la precipitación, capacidad de la red, basura, pendientes de la calle y saturación del sistema pueden intervenir simultáneamente.
Durante una inundación importante, la prioridad deja de ser descubrir personalmente cuál de todas esas explicaciones ganó.
Es mantenerse fuera del agua cuando exista riesgo.
Debajo pueden encontrarse desniveles, registros abiertos, corriente, objetos cortantes y otros obstáculos imposibles de identificar desde la superficie.
La Ciudad de México incluso mantiene cartografía oficial sobre riesgo y antecedentes de inundaciones porque el agua tampoco se distribuye democráticamente por el territorio.
Hay zonas más susceptibles que otras.
Por eso el mejor momento para observar una coladera probablemente ocurre antes del aguacero.
Una tapa faltante puede reportarse sin esperar a que desaparezca bajo treinta centímetros de agua.
La basura visible alrededor también puede retirarse preventivamente cuando hacerlo sea seguro, sin abrir registros ni introducir herramientas en el drenaje.
Después queda una costumbre menos heroica y bastante más útil.
Levantar el reporte.
Guardar el folio.
Y recordar dónde estaba aquel agujero que durante meses nadie miró.
Porque cuando empieza a llover, la ciudad descubre algo elemental.
Las coladeras también tienen horario de oficina.
Solamente que su turno comienza precisamente cuando el cielo decide vaciarse.
