La capital necesita desesperadamente agua, pero buena parte de la que cae del cielo termina convertida en un problema que debe sacar por el drenaje. Este miércoles podrían caer entre 25 y 50 milímetros: suficiente para recordar que aquí la lluvia puede ser recurso y emergencia durante la misma tarde.
La Ciudad de México tiene una relación bastante complicada con el agua: cuando no llega, la busca debajo de la tierra; cuando cae del cielo, intenta sacarla cuanto antes.
Este miércoles tendremos otra sesión de terapia.
El pronóstico meteorológico contempla lluvias fuertes en el Valle de México, con acumulados puntuales de entre 25 y 50 milímetros y posibilidad de descargas eléctricas durante la jornada.
Parte de la inestabilidad atmosférica está relacionada con la enorme circulación del huracán Polo, que continúa desplazándose frente a las costas mexicanas del Pacífico.
Polo no necesita estacionarse sobre el Zócalo para recordarnos algo bastante más cercano: septiembre sigue siendo temporada de lluvias y la capital continúa siendo vulnerable cuando mucha agua cae rápidamente.
Cincuenta milímetros pueden parecer poca cosa hasta traducirlos.
Un milímetro de lluvia equivale a un litro de agua sobre cada metro cuadrado. Así, 50 milímetros representan 50 litros por metro cuadrado si ese acumulado se registra sobre una superficie determinada.
Una azotea de 100 metros cuadrados recibiría entonces alrededor de 5 mil litros. Una pequeña alberca cayendo desde el cielo sobre una sola casa.
Multipliquemos eso por calles, estacionamientos, techos y kilómetros de pavimento.
Ahí aparece la contradicción.
La ciudad necesita infiltrar y aprovechar agua de lluvia para disminuir presión sobre sus fuentes de abastecimiento, pero enormes superficies urbanizadas impiden que ésta simplemente regrese al subsuelo.
Lo que no se infiltra tiene que escurrir.
Y cuando demasiada agua intenta entrar simultáneamente por coladeras, colectores y drenajes, comienzan los encharcamientos que el chilango conoce con precisión cartográfica: ese bajopuente, aquella esquina, el cruce que siempre se convierte en laguna.
El Gobierno capitalino está gastando mucho dinero precisamente en esa batalla.
El Plan Tlaloque 2.0 destinó este año 3 mil 360 millones de pesos a infraestructura y respuesta contra inundaciones, el doble de recursos destinados en 2025, según cifras oficiales.
Además, el programa de infraestructura hidráulica de 2026 contempla 318 acciones relacionadas con drenaje, incluyendo mantenimiento, modernización de equipos y construcción de 10 kilómetros de nuevos colectores.
Es decir: necesitamos guardar agua y simultáneamente necesitamos gigantescas obras para expulsarla.
No toda la lluvia puede captarse ni toda puede infiltrarse. Tampoco cualquier tormenta se convierte necesariamente en inundación: importa cuánto cae, dónde, durante cuánto tiempo y en qué condiciones se encuentra el drenaje.
Pero la lluvia de mañana ofrece una forma sencilla de entender el problema.
Si cae con fuerza, no conviene intentar atravesar una vialidad inundada porque conocemos el camino. El agua puede ocultar desniveles, coladeras abiertas o corrientes mayores de lo que parecen.
También sirve algo muchísimo menos heroico: mantener libres de basura las coladeras cercanas y evitar dejar desperdicios donde la corriente pueda arrastrarlos.
La CDMX tiene radar meteorológico, pluviómetros, bombas, brigadas, colectores y un operativo con nombre de dios de la lluvia.
Lo que todavía está aprendiendo es algo más difícil.
Cómo dejar de tratar cada gota primero como un tesoro y cinco minutos después como un intruso.
