Hay derrotas que empiezan cuando termina un partido.
La de Brasil contra Alemania comenzó mucho antes.
Quizá el 16 de julio de 1950, cuando Alcides Ghiggia marcó el segundo gol de Uruguay en el Maracaná y Brasil perdió 2-1 el partido decisivo del Mundial que también organizaba en casa. Durante 64 años Brasil cargó aquel muerto.
Después de esa derrota, ganó cinco Copas del Mundo, inventó a Pelé y Garrincha, produjo a Romário, Ronaldo y Ronaldinho, exportó futbolistas como quien exporta café y convirtió una camiseta amarilla en uno de los objetos más reconocibles del planeta.
Pero quedaba una deuda doméstica.
Brasil tenía que ganar un Mundial en Brasil.
Por eso, cuando la selección salió al césped del Mineirão de Belo Horizonte aquel 8 de julio de 2014 para enfrentar a Alemania, no llevaba solamente once jugadores.
Llevaba 64 años.
Brasil vs. Alemania: una semifinal cargada de fantasmas
Neymar no estaba.
Una fractura de vértebra sufrida en los cuartos de final contra Colombia lo había dejado fuera del Mundial. Tampoco podía jugar el capitán Thiago Silva, suspendido por acumulación de tarjetas.
Antes del encuentro, David Luiz y Júlio César sostuvieron durante el himno la camiseta número 10 de Neymar.
La escena pretendía transmitir fortaleza.
Vista después, parece el retrato de una selección intentando convencerse a sí misma.
El partido comenzó a las 17:00 horas.
A los 11 minutos, Thomas Müller remató prácticamente solo después de un tiro de esquina.
Brasil 0. Alemania 1.
Todavía era futbol.
Entonces ocurrió algo que, más de una década después, sigue siendo difícil de procesar.
Minuto 23: Miroslav Klose. 0-2.
Minuto 24: Toni Kroos. 0-3.
Minuto 26: otra vez Kroos. 0-4.
Minuto 29: Sami Khedira. 0-5.
Alemania había marcado cuatro goles en seis minutos.
No hubo tiempo para sufrirlos individualmente.
Un gol todavía estaba siendo comprendido cuando llegaba el siguiente.
Los seis minutos que destruyeron a Brasil
Las cámaras dejaron de buscar futbolistas.
Comenzaron a buscar rostros.
Una mujer lloraba. Un niño abrazaba una réplica de la Copa del Mundo. Hombres vestidos de amarillo contemplaban el campo con las manos sobre la cabeza.
Otros reían.
Pero no porque aquello fuera divertido.
Era esa risa extraña que aparece cuando la realidad pierde toda proporción y el cerebro ya no encuentra una emoción adecuada.
Al descanso, Brasil perdía 5-0.
Y todavía faltaban 45 minutos.
André Schürrle marcó el sexto a los 69.
Diez minutos después hizo el séptimo.
Brasil 0. Alemania 7.
En Brasil. En una Copa del Mundo organizada por Brasil. En una semifinal.
Oscar marcó a los 90 minutos. Brasil 1-7 Alemania.
Probablemente uno de los goles brasileños menos celebrados de la historia.
En las tribunas del Mineirão había 58 mil 141 espectadores. Millones más contemplaban la catástrofe desde casas, bares y plazas públicas.
Lo que estaban viendo ya no podía explicarse mediante las categorías habituales del futbol.
Perder 1-0 es futbol.
Perder 2-0 puede ser una mala tarde.
Un 7-1 necesita otra explicación.
Y Brasil comenzó a buscarla.
El Mineirazo: cuando una derrota golpea una identidad
Pocas naciones habían conseguido convertir un deporte en una representación de sí mismas con la intensidad de Brasil.
No se trataba solamente de ganar.
Brasil había construido una mitología alrededor de una determinada manera de jugar: improvisación, regate, belleza, picardía, creatividad.
Jogo bonito.
El futbol brasileño había producido cinco campeonatos mundiales y algunos de los jugadores más admirados de la historia.
El escritor brasileño Sérgio Rodrigues, autor de O Drible, observó años después que buena parte del prestigio cultural con el que Brasil se presentó ante el mundo durante décadas descansó sobre dos columnas especialmente poderosas: la música popular y el futbol.
El 7-1 abrió una grieta en una de ellas.
Eso explica por qué aquella noche no perdió solamente una selección.
Se resquebrajó un relato nacional.
Brasil podía tener crisis económicas, desigualdad, corrupción, gobiernos malos, ciudades caóticas y todas las contradicciones de una nación gigantesca.
Pero Brasil sabía jugar futbol. Eso no se discutía.
Había cinco estrellas sobre el escudo para demostrarlo.
Hasta aquella tarde.
Del Maracanazo al Mineirazo
La goleada contra Alemania resucitó inevitablemente a otro Rodrigues: Nelson.
El dramaturgo, novelista y extraordinario cronista de futbol había acuñado décadas atrás una de las expresiones más penetrantes para describir a su país: el “complexo de vira-latas”, el complejo del perro callejero.
Lo definió como “la inferioridad en que el brasileño se coloca, voluntariamente, frente al resto del mundo”.
Nelson Rodrigues escribió aquello antes del Mundial de Suecia 1958.
Brasil parecía haber enterrado el complejo cuando Pelé, Garrincha y compañía conquistaron allí su primera Copa del Mundo.
Después llegaron Chile 1962, México 1970, Estados Unidos 1994 y Corea-Japón 2002.
Cinco estrellas.
Y entonces aparecieron Müller, Klose, Kroos, Khedira y Schürrle.
Siete veces.
Pero existe una diferencia fascinante entre las dos grandes heridas futbolísticas de Brasil.
El Maracanazo de 1950 produjo luto.
El Mineirazo de 2014 produjo memes.
Mientras Alemania seguía marcando goles, los propios brasileños comenzaron a burlarse de Brasil.
Sérgio Rodrigues, el autor de O Drible, citado reparó años después en esa extraña reacción colectiva: la tragedia se había transformado en chiste antes incluso de que terminara el partido.
Quizá era un mecanismo de defensa.
Porque, después de todo: ¿cómo se llora siete veces?
Cuando “7 a 1” dejó de ser un marcador
La derrota sobrevivió al Mundial.
Alemania venció después a Argentina en la final y levantó su cuarta Copa del Mundo.
Brasil quedó cuarto.
Pero el 7-1 adquirió otra vida.
En el lenguaje cotidiano brasileño, la expresión comenzó a aparecer para describir derrotas, humillaciones, desastres y situaciones absurdamente desproporcionadas.
El marcador escapó del estadio.
Dejó de pertenecer exclusivamente al futbol.
“7 a 1” se convirtió en una metáfora.
Y quizá allí se encuentra la verdadera dimensión cultural del Mineirazo.
Una derrota deportiva había entrado al idioma.
Brasil había enseñado durante décadas al planeta que el futbol podía parecer música: improvisación, belleza, irreverencia, alegría.
Y durante seis minutos de una tarde de julio ocurrió lo inconcebible.
Brasil miró a otros jugar y no supo cómo detenerlos.
Tal vez por eso el 7-1 permanece.
No porque Alemania marcara siete goles.
Sino porque durante 90 minutos Brasil dejó de reconocerse en aquello que más reconocía de sí mismo.
El Maracanazo necesitó décadas para convertirse en leyenda.
El Mineirazo necesitó seis minutos.
Y todavía queda una crueldad final.
Brasil organizó el Mundial de 2014 llevando en algún rincón de su memoria aquel 2-1 contra Uruguay de 1950.
Habían pasado 64 años.
Quizá ésta era finalmente la oportunidad de sustituir el recuerdo.
Brasil lo consiguió.
Sólo que no de la manera que esperaba.
