El 17 de septiembre de 1973, un grupo armado intentó secuestrar al empresario regiomontano Eugenio Garza Sada. La operación terminó en un enfrentamiento a tiros que dejó cuatro muertos, entre ellos el fundador del Tecnológico de Monterrey. Su asesinato sacudió al país y abrió una confrontación entre los empresarios y el gobierno de Luis Echeverría.
El último trayecto de un hombre acostumbrado a madrugar
El lunes 17 de septiembre de 1973, Eugenio Garza Sada salió de su casa en Monterrey para cumplir una rutina que había mantenido durante décadas.
Tenía ochenta y un años, presidía uno de los grupos industriales más importantes del país y todavía acostumbraba acudir personalmente a sus oficinas cada mañana.
Su chofer, Modesto Arreola, conducía el automóvil en el que ambos recorrían las calles de la colonia Obispado, cerca del domicilio del empresario regiomontano.
El trayecto terminó abruptamente cuando varios hombres armados interceptaron el vehículo. No se trataba de un asalto común ni de un ataque improvisado.
Los agresores pretendían secuestrar a Garza Sada, pero la operación se complicó y comenzó un enfrentamiento que terminó con el empresario muerto.
Aquel lunes, Monterrey perdió a una de sus figuras más influyentes. México entró, además, en una crisis política cuyas consecuencias durarían mucho tiempo.
El empresario que había construido una ciudad industrial
Eugenio Garza Sada nació en Monterrey el 11 de enero de 1892, dentro de una familia estrechamente vinculada con el desarrollo industrial regiomontano.
Su padre, Isaac Garza, había participado en la fundación de la Cervecería Cuauhtémoc, empresa alrededor de la cual crecería un importante conjunto de negocios.
Eugenio estudió ingeniería en Estados Unidos y regresó a México para incorporarse a las actividades familiares, donde desarrolló una larga trayectoria empresarial.
Participó en la expansión de compañías dedicadas a bebidas, vidrio, empaques y otros productos, mientras Monterrey consolidaba su posición como centro industrial mexicano.
En 1943 impulsó la fundación del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, convencido de que las empresas necesitaban profesionistas mejor preparados.
Su influencia económica y social era enorme. También representaba una visión empresarial conservadora que mantenía diferencias importantes con algunas políticas del gobierno federal.
Los hombres que querían llevárselo vivo
El grupo responsable del intento de secuestro pertenecía a la Liga Comunista 23 de Septiembre, organización guerrillera surgida ese mismo año mediante la unión de distintas agrupaciones.
La Liga defendía la lucha armada contra el Estado mexicano y consideraba a grandes empresarios parte de la estructura económica y política que combatía.
Sus integrantes buscaban recursos para financiar sus actividades y contemplaban los secuestros como una forma de conseguir dinero y ejercer presión sobre las autoridades.
Garza Sada representaba un objetivo especialmente importante por su fortuna, su influencia pública y el peso económico de las empresas vinculadas con su familia.
La operación pretendía capturarlo con vida. Sin embargo, el enfrentamiento ocurrido durante la interceptación convirtió el secuestro planeado en un homicidio de enorme repercusión.
Una camioneta atravesada y una balacera en plena calle
El ataque ocurrió poco después de las nueve de la mañana, en el cruce de las calles Luis Quintanar y Villagrán, colonia Bella Vista.
Los guerrilleros atravesaron una camioneta frente al Ford Galaxie negro donde viajaba Garza Sada, acompañado por dos hombres encargados de su seguridad.
Bernardo Chapa Pérez conducía el automóvil, mientras Modesto Torres Briones viajaba como acompañante. Ambos quedaron atrapados en la emboscada preparada por el comando.
Cuando los atacantes intentaron someterlos y sacar al empresario del vehículo, comenzó un intercambio de disparos que desbarató completamente el plan de secuestro.
En el enfrentamiento murieron Garza Sada, sus dos acompañantes y dos integrantes del grupo armado, identificados como Anselmo Herrera Chávez y Javier Rodríguez Torres.
El saldo fue de cinco muertos, no cuatro. La documentación policial y las investigaciones posteriores coinciden en identificar a esas cinco víctimas mortales.
El expediente que dejó preguntas abiertas
La Dirección Federal de Seguridad investigó el ataque y reunió declaraciones, fotografías, inspecciones del automóvil, casquillos y referencias a las armas utilizadas.
Uno de sus informes, fechado entre el 23 y 24 de septiembre de 1973, reconstruyó la emboscada y registró el hallazgo de dos atacantes muertos.
La documentación conservada permite conocer detalles del enfrentamiento, pero no elimina todas las dudas sobre quién disparó exactamente la bala que mató al empresario.
Existen versiones contradictorias sobre el momento en que Garza Sada recibió los disparos y sobre la participación de quienes viajaban dentro del automóvil.
Esas discrepancias no modifican el hecho central: la Liga Comunista 23 de Septiembre organizó el secuestro fallido que terminó con cinco personas muertas.
Tampoco constituyen pruebas de una orden gubernamental para asesinarlo. Las sospechas sobre conocimiento previo o complicidad estatal requieren distinguir documentos de especulaciones.
El funeral donde el presidente escuchó una acusación
Al día siguiente, Monterrey se volcó a las calles para despedir al empresario. Luis Echeverría asistió al funeral, celebrado en medio de enorme tensión.
La ceremonia se convirtió en un enfrentamiento político cuando Ricardo Margáin Zozaya, representante del sector empresarial, tomó la palabra frente al presidente mexicano.
Margáin no acusó directamente a Echeverría de ordenar el asesinato, pero responsabilizó al gobierno de haber creado un ambiente de confrontación y violencia.
En su discurso afirmó que los delincuentes podían actuar impunemente cuando se había perdido «el respeto a la autoridad», señalando directamente al poder público.
También cuestionó los ataques verbales del gobierno contra los empresarios, a los que consideraba responsables de fomentar divisiones entre distintos sectores de la sociedad.
Echeverría escuchó un reclamo que expresaba el profundo deterioro de sus relaciones con los industriales regiomontanos, particularmente influyentes en la economía nacional.
La muerte que endureció la guerra contra la guerrilla
El asesinato ocurrió durante un periodo de enfrentamientos entre organizaciones armadas y fuerzas de seguridad, marcado también por detenciones ilegales, torturas y desapariciones forzadas.
La Liga Comunista 23 de Septiembre había surgido apenas seis meses antes y buscaba coordinar grupos clandestinos que operaban en distintas regiones del país.
Después del crimen, las autoridades intensificaron las investigaciones y la persecución de sus integrantes, en un contexto de represión que posteriormente sería documentado.
La muerte del empresario se convirtió en argumento político para exigir mayor dureza gubernamental, mientras las organizaciones guerrilleras continuaban realizando acciones violentas.
Sin embargo, el asesinato de Garza Sada y las violaciones de derechos humanos cometidas por agentes estatales requieren responsabilidades distintas, sin justificar ninguna.
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha documentado ese periodo y recuperado el discurso del funeral como testimonio de las tensiones políticas existentes.
Los cinco muertos que quedaron detrás de un apellido
Durante décadas, la historia se ha contado principalmente alrededor de Eugenio Garza Sada, cuya influencia económica convirtió su asesinato en un acontecimiento nacional.
Pero aquella mañana también murieron Bernardo Chapa Pérez y Modesto Torres Briones, trabajadores encargados de acompañarlo y protegerlo durante sus desplazamientos cotidianos.
Del lado del comando fallecieron Anselmo Herrera Chávez y Javier Rodríguez Torres, dos jóvenes involucrados en una operación que debía terminar con un secuestro.
Sus muertes formaron parte de un enfrentamiento que duró apenas unos minutos, pero terminó alterando las relaciones entre el gobierno y los empresarios.
Las investigaciones posteriores permiten reconstruir el episodio, aunque algunos detalles siguen sujetos a versiones contradictorias y a documentos producidos por organismos represivos.
La esquina donde terminó una rutina de décadas
Eugenio Garza Sada había construido una trayectoria empresarial que abarcaba fábricas, centros de trabajo e instituciones educativas, pero murió durante un recorrido habitual.
La operación planeada para secuestrarlo terminó con cinco personas muertas, una investigación policial compleja y un enfrentamiento político que alcanzó al presidente mexicano.
El caso permanece entre los episodios más conocidos de la violencia política de los setenta, aunque sus circunstancias siguen despertando discusiones históricas.
Lo extraordinario es que todo comenzó con una rutina aparentemente insignificante: salir de casa, subir al automóvil y dirigirse a trabajar como cualquier lunes.
Eugenio Garza Sada había recorrido durante años las mismas calles rumbo a su oficina. El 17 de septiembre de 1973, alguien decidió esperarlo.
