Valentina Guerrero instaló extraños dispositivos ópticos sobre la terraza del Museo Carrillo Gil. No buscan acercar las nubes, sino conseguir algo aparentemente más difícil: que volvamos a mirarlas.
Probablemente hoy miramos una pantalla antes de mirar el cielo. Sabemos cuánta batería queda en el teléfono, pero difícilmente podríamos describir la nube encima de nosotros.
En la terraza del Museo de Arte Carrillo Gil existe ahora una pequeña colección de aparatos construidos precisamente para corregir ese curioso problema de atención contemporánea.
No son telescopios, aunque invitan a mirar hacia arriba. Tampoco pretenden enseñarnos estrellas lejanas, medir temperaturas ni descubrir alguna nueva especie de nube sobre San Ángel.
Son dispositivos ópticos construidos con vidrios texturizados y filtros de color que fragmentan, desplazan y transforman visualmente aquello que llevamos toda la vida teniendo sobre nuestras cabezas.
La instalación se llama “Aquí, otros cielos” y pertenece a Valentina Guerrero Marín, artista chilena radicada en México que lleva aproximadamente cuatro años investigando paisajes atmosféricos.
Su propuesta parte de una actividad sorprendentemente radical para 2026: sentarse durante unos minutos, levantar la cabeza y dedicar toda nuestra atención a observar cómo cambia una nube.
Parece poca cosa hasta intentarlo.
Una nube jamás permanece exactamente igual. Se forma, desplaza, estira, acumula, desaparece y vuelve a organizarse mientras nosotros insistimos en imaginar que simplemente está flotando allá arriba.
Los aparatos de Guerrero alteran todavía más esa experiencia. Sus superficies producen imágenes fragmentadas y desplazamientos cromáticos que obligan al ojo a reconsiderar aquello que creía conocer perfectamente.
El cielo también guarda nuestros desperdicios
Pero “Aquí, otros cielos” no pretende solamente devolvernos aquella costumbre infantil de encontrar dragones, perros, caras y continentes enteros dentro de enormes masas blancas de vapor.
Guerrero utiliza las nubes como puerta hacia una pregunta bastante menos inocente: cuánto hemos transformado una atmósfera que solemos imaginar enorme, distante y prácticamente imposible de tocar.
La artista estudia paisajes aéreos y modificaciones producidas por actividades humanas. Para ella, aquello que sucede arriba también registra consecuencias ambientales generadas muchos metros más abajo.
Por eso la exposición incorpora un videoensayo construido con materiales procedentes del archivo de la Biblioteca Meteorológica de París y una audioguía para acompañar la observación del cielo.
El recorrido introduce asuntos como manipulación climática, zonas de sacrificio ambiental y transformaciones atmosféricas cuyos efectos terminan regresando inevitablemente hacia cuerpos, territorios y comunidades.
El cielo deja entonces de funcionar como fondo azul gratuito para nuestras fotografías.
También es territorio.
Aprender nuevamente a levantar la cabeza
La exposición acaba de producir además una coincidencia particularmente bonita. Este 30 de septiembre, durante Noche de Museos, el Carrillo Gil organizó un avistamiento nocturno junto con divulgadores científicos de la UNAM.
Si el clima lo permitió, los telescopios apuntaron hacia la Luna menguante y las Pléyades. Durante unas horas, arte y astronomía compartieron exactamente la misma instrucción: mirar arriba.
La instalación de Guerrero permanecerá hasta el 11 de octubre, así que todavía quedan varios días para probar sus dispositivos durante las horas habituales de apertura del museo.
El Carrillo Gil abre de martes a domingo, entre 10:00 y 18:00 horas. La entrada general cuesta 70 pesos y los domingos el acceso es gratuito.
Quizá salgamos sin aprender el nombre de una sola nube.
Tampoco importa demasiado.
La exposición intenta enseñarnos algo todavía más elemental que meteorología.
Vivimos debajo de un espectáculo gigantesco que cambia cada minuto.
No necesita contraseña.
No manda notificaciones.
Y llevamos años olvidándonos de mirar.
