Treinta años antes de que Spider-Man apareciera en los cómics, Arnulfo Reyes Rogerio ya trepaba edificios con manos y pies ante multitudes mexicanas. Lo llamaban el Hombre Mosca. Era cirquero, vivía en la Ciudad de México y convirtió las fachadas en escenario hasta que, en 1932, una escalada en el edificio del periódico Excélsior terminó en tragedia.
Su historia pertenece a una época en que para conseguir un espectáculo bastaban un edificio, un temerario y miles de personas dispuestas a mirar hacia arriba.
No tenía telarañas.
Tampoco un traje rojo y azul.
No había efectos especiales, dobles, arneses digitales ni una computadora preparada para borrar después los cables de seguridad.
Había una pared.
Y un hombre.
Se llamaba Arnulfo Reyes Rogerio.
México lo conoció como el Hombre Mosca.
En las fotografías que sobreviven aparece vestido como cualquier hombre de su tiempo. Nada anuncia un superhéroe. Pero cuando encontraba una fachada, dejaba de utilizar las puertas.
Subía. Manos. Pies. Cornisas. Ventanas. Molduras.
Cada pequeña imperfección de un edificio podía convertirse en el siguiente peldaño.
Y abajo ocurría la otra mitad del espectáculo: la gente miraba.
El Hombre Araña mexicano apareció antes que Spider-Man
La comparación resulta irresistible, aunque necesita una precisión.
Arnulfo Reyes Rogerio nunca fue conocido como Hombre Araña.
Fue el Hombre Mosca.
Spider-Man apareció por primera vez en Amazing Fantasy número 15, publicado en 1962.
Reyes Rogerio escalaba edificios tres décadas antes.
La coincidencia adquiere una dimensión todavía más curiosa porque el propio Stan Lee contó muchos años después que, cuando buscaba un nombre para su nuevo superhéroe, consideró posibilidades relacionadas con insectos antes de decidirse por Spider-Man.
Pero Reyes Rogerio no necesitaba que lo mordiera nada.
Su súper poder era bastante más incómodo: no tener miedo o haber aprendido a dominarlo.
El archivo histórico de Excélsior lo describe como un joven dedicado al circo que vivía en la Ciudad de México con una tía y otros familiares.
Su oficio ayuda a comprenderlo.
Antes de la televisión y mucho antes de internet, el circo, los espectáculos callejeros, los equilibristas, los escapistas y los hombres capaces de desafiar físicamente lo razonable formaban parte de una industria de entretenimiento en la que el asombro todavía necesitaba presentarse en persona.
No había repetición.
No había video.
Había que estar ahí.
Una ciudad que aprendió a mirar hacia arriba
Para entender al Hombre Mosca hay que entender también a su público.
México ya conocía esa clase de espectáculo.
En 1922, una década antes de la muerte de Reyes Rogerio, otro célebre Hombre Mosca, Babe White, había causado sensación en Puebla al escalar la Catedral y realizar después actos de equilibrio entre sus torres.
Durante aquellos años aparecieron distintos artistas que utilizaron el mismo sobrenombre. “Hombre Mosca” no identificaba necesariamente a una sola persona: describía también una clase de espectáculo.
Un hombre llegaba a una ciudad.
Elegía un edificio.
La noticia corría.
Y la gente llegaba.
No hacía falta estadio.
El estadio era la calle.
No había tribunas.
Había banquetas.
No se compraba necesariamente un boleto.
Se conseguía un buen sitio para mirar.
Una crónica posterior sobre una presentación de un Hombre Mosca en Chihuahua conserva una imagen extraordinaria de ese fenómeno: habitantes de distintos barrios y clases sociales ocupando la Plaza de Armas y buscando posiciones desde las cuales contemplar al escalador.
Aquello permite entender la dimensión social del espectáculo.
No se trataba solamente del hombre que subía.
Se trataba de todos los que se reunían abajo.
El espectáculo era que podía morir
Hay algo incómodo detrás de aquella fascinación.
El público no acudía únicamente para comprobar si el Hombre Mosca llegaría arriba.
Acudía porque existía la posibilidad de que no llegara.
La humanidad conoce desde hace siglos esa clase de atracción.
El trapecista sin red.
El funambulista.
El domador.
El escapista.
El piloto.
El torero.
El boxeador.
La admiración por la destreza convive con otra emoción menos confesable: contemplar a alguien acercarse voluntariamente al sitio del que todos los demás procuramos alejarnos.
El peligro.
El Hombre Mosca ofrecía precisamente eso.
Una persona corriente realizando algo que una persona corriente jamás debería intentar.
Y cuanto más alto subía, más sencilla se volvía la historia.
Arriba estaba él.
Abajo estaban todos.
En medio estaba la posibilidad de caer.
1932: el Hombre Mosca llega a Excélsior
En 1932, Reyes Rogerio llevó su espectáculo al edificio de Excélsior, en la Ciudad de México.
El periódico conserva hoy una galería histórica de 14 imágenes relacionadas con aquel episodio y señala que el joven se ganaba la vida como cirquero.
Aquí conviene resistir una tentación.
Una historia como ésta invita a rellenar inmediatamente la calle de miles de espectadores, gritos, vendedores, policías y automóviles detenidos.
Pero los materiales históricos digitalizados que pueden consultarse hoy no permiten establecer con seguridad cuántas personas estuvieron presentes.
Así que no inventemos la multitud.
Sabemos algo suficiente: la escalada ocurrió y fue fotografiada.
Reyes Rogerio comenzó a subir.
Una fachada que para cualquier otra persona era una superficie vertical se convirtió para él en camino.
Un saliente.
Una ventana.
Una cornisa.
Otro impulso.
Hasta que algo salió mal.
El día en que el Hombre Mosca cayó
Arnulfo Reyes Rogerio cayó del edificio de Excélsior y murió.
El espectáculo había cumplido la posibilidad que le proporcionaba buena parte de su magnetismo.
Esta vez el hombre no llegó arriba.
La historia tiene una crueldad difícil de evitar.
Murió precisamente en un periódico.
El lugar encargado de contar las noticias terminó convertido en escenario de una.
Y las fotografías sobrevivieron al hombre.
Podemos mirarlas más de nueve décadas después.
Eso produce una sensación extraña porque nosotros conocemos algo que quienes contemplaron el inicio de la escalada todavía ignoraban.
Sabemos cómo termina.
Por eso cada fotografía anterior a la caída contiene algo que la fotografía no podía contener cuando fue tomada: una tragedia futura.
México también tenía hambre de espectáculo
Pero sería injusto recordar a Reyes Rogerio únicamente por el instante en que cayó.
Lo verdaderamente interesante es preguntarse por qué subía.
Y, sobre todo: ¿por qué los demás querían verlo subir?
El México de 1932 estaba entrando en una nueva cultura urbana y de masas.
La radio mexicana había comenzado sus transmisiones durante la década anterior. El cine ya era un espectáculo popular. Los periódicos competían por lectores en una industria que atravesaba además dificultades económicas: investigaciones sobre la prensa mexicana han documentado que, durante la Gran Depresión, diarios nacionales como Excélsior sufrieron caídas en su circulación e importantes problemas financieros.
La atención ya era una mercancía. Mucho antes de que alguien pronunciara las palabras “viral”, “engagement” o “algoritmo”. Y los Hombres Mosca sabían producirla.
Tenían un método formidable: subir.
La publicidad estaba incorporada al peligro.
El edificio era espectacular porque era alto.
El acto era espectacular porque podía fracasar.
Y el público era parte indispensable del acontecimiento porque su presencia convertía una temeridad individual en un fenómeno colectivo.
En cierta forma, aquellos escaladores entendieron algo que después aprenderían la televisión, internet y las redes sociales: el ser humano tiene dificultades para apartar la mirada de alguien que está haciendo algo que puede terminar muy mal.
Antes del viral existió la plaza
Hoy una hazaña semejante probablemente comenzaría de otra manera.
Alguien sacaría un teléfono. Después otro.
Llegaría una transmisión en vivo. Un video sería compartido.
Aparecerían comentarios. Memes.
Millones podrían observar la ascensión sin estar siquiera en la misma ciudad.
Reyes Rogerio perteneció a otra época.
Para verlo había que acercarse.
El espectáculo viajaba de boca en boca, mediante anuncios y periódicos.
La viralidad tenía piernas.
La audiencia ocupaba espacio físico.
Y cuando todos levantaban la cabeza hacia el mismo punto de una fachada, ocurría algo que las pantallas han vuelto cada vez más extraño: una multitud miraba exactamente lo mismo al mismo tiempo.
El superhéroe que no podía volar
Treinta años después, Spider-Man comenzó a trepar paredes en las páginas de Marvel.
Peter Parker podía caer.
Pero tenía telarañas.
Arnulfo Reyes Rogerio sólo tenía a Arnulfo Reyes Rogerio.
Ésa es la diferencia entre el superhéroe y el temerario.
Uno desafía las leyes de la física porque la ficción se lo permite.
El otro las desafía sabiendo que siguen vigentes.
Reyes Rogerio convirtió durante un tiempo esa fragilidad en oficio.
La gente llegaba. Miraba hacia arriba. Él seguía subiendo. Hasta 1932.
Aquella vez, desde el edificio de un periódico de la Ciudad de México, el Hombre Mosca descubrió la única regla que ningún acróbata ha conseguido derrotar.
Podía trepar como un superhéroe.
Pero caía como un hombre.
