Zohran Mamdani inaugurará virtualmente la FIL Zócalo y su “pothole politics” deja una pregunta para México: ¿cómo creer en grandes gobiernos si el mismo bache nunca desaparece?
Zohran Mamdani inaugurará a distancia la Feria del Libro del Zócalo con Clara Brugada. Pero podría traer algo bastante más incómodo que una conversación entre gobiernos progresistas: una teoría según la cual ningún gobierno puede pedir confianza para resolver problemas enormes mientras deja intacto el pequeño agujero frente a nuestra casa.
Zohran Mamdani no vendrá finalmente al Zócalo. El alcalde de Nueva York estará allí de esa manera tan contemporánea que permite viajar sin cruzar ninguna frontera.
Aparecerá mediante una pantalla.
Este viernes inaugurará junto con Clara Brugada la Feria Internacional del Libro del Zócalo mediante una conversación transmitida desde Nueva York, dentro del programa inaugural.
La anécdota podría terminar allí: dos alcaldes progresistas hablando sobre ciudades, democracia, desigualdad y gobiernos locales mientras alrededor de ellos se venden miles de libros.
Pero Mamdani puede introducir involuntariamente en México una discusión bastante menos sofisticada y probablemente mucho más incómoda.
Una discusión sobre baches.
Primero tapa el agujero
Mamdani tiene una teoría de gobierno sorprendentemente sencilla. Antes de pedirle al ciudadano confianza para realizar transformaciones enormes, el gobierno debe demostrar que puede resolver aquello pequeño.
La ha bautizado “pothole politics”.
Política del bache.
Su razonamiento parte de una escena cotidiana. Un gobernante promete cuidado infantil universal, vivienda asequible, transporte mejor y transformaciones capaces de modificar estructuralmente una ciudad.
Pero el ciudadano sale cada mañana de su casa y encuentra exactamente el mismo bache.
Estuvo allí ayer.
La semana pasada.
El mes pasado.
Quizá el año pasado.
¿Por qué debería creer entonces que el gobierno puede resolver un problema extraordinariamente complejo si aparentemente tampoco consigue llenar aquel agujero frente a su ventana?
Ésa es la pregunta política de Mamdani.
Y México parece construido para contestarla.
Aquí los baches ganan todas las elecciones
En el segundo trimestre de 2026, el INEGI preguntó a habitantes adultos de 91 áreas urbanas cuáles eran los principales problemas existentes en sus ciudades.
El resultado parece una caricatura nacional.
El 83.4 por ciento mencionó los baches en calles y avenidas.
Superaron las fallas y fugas de agua, las coladeras tapadas, los embotellamientos, los hospitales deficientes y numerosos problemas que normalmente dominan las discusiones públicas.
Todavía más revelador: solamente 30.8 por ciento consideró que su gobierno urbano era muy o algo efectivo resolviendo los principales problemas de su ciudad.
Ambas cifras no prueban que una cosa provoque automáticamente la otra.
Pero colocadas juntas explican perfectamente la teoría de Mamdani.
La confianza también circula por calles pavimentadas.
México ya inventó el Bachetón
La ironía consiste en que los gobiernos mexicanos no necesitan que un alcalde neoyorquino venga a descubrirles la existencia del problema.
Hasta inventamos una palabra.
Bachetón.
El Gobierno federal anunció para 2026 una inversión de 50 mil millones de pesos en conservación carretera y bacheo para intervenir aproximadamente 18 mil kilómetros.
La estrategia establece recorridos semanales sobre la red federal libre, registro digital de incidencias y una meta operativa particularmente interesante: atender los baches detectados en máximo 72 horas.
Clara Brugada también gobierna con un Bachetón.
Entre octubre de 2024 y agosto de 2025, su administración reportó haber atendido 257 mil 214 baches en 217 vialidades capitalinas.
El problema mexicano, por tanto, no consiste en que nuestros gobiernos ignoren los baches.
Los cuentan.
Los fotografían.
Los presupuestan.
Los convierten en programas.
Hasta les ponen nombres.
Mamdani hace algo diferente con ellos
La diferencia está en el lugar político donde Mamdani coloca el agujero.
Para él no es únicamente un problema de mantenimiento urbano.
Es una prueba de capacidad estatal.
Durante sus primeros cien días como alcalde, Nueva York reportó haber reparado más de 102 mil baches. Mamdani incluso apareció rellenando personalmente el número 100 mil.
El gesto tiene inevitablemente algo de espectáculo político. Un alcalde sosteniendo herramientas delante de las cámaras tampoco demuestra por sí mismo eficiencia gubernamental.
Pero detrás de la fotografía existe una idea medible.
Mamdani sostiene que los ciudadanos experimentan al gobierno mediante pequeñas interacciones cotidianas mucho antes de hacerlo mediante grandes teorías ideológicas.
Una calle.
Un elevador público.
Un autobús.
Una guardería.
Una banqueta.
Un trámite.
Un bache.
La política puede discutir durante meses cuál debe ser el tamaño del Estado.
El ciudadano descubre diariamente cuál es su tamaño cuando intenta atravesar una calle.
El bache como examen de gobierno
La teoría tiene además una genealogía que Mamdani reconoce abiertamente. Procede parcialmente de aquello que la tradición política estadounidense llamó “sewer socialism”.
Socialismo de alcantarilla.
A comienzos del siglo XX, gobiernos socialistas de Milwaukee construyeron reputación menos mediante discursos revolucionarios que administrando correctamente agua, drenaje, calles y servicios municipales.
La idea era brutalmente práctica.
Una ideología solamente puede pedir confianza después de demostrar que sabe recoger basura.
Mamdani recuperó aquella tradición para una época donde la izquierda estadounidense propone nuevamente políticas públicas ambiciosas mientras enfrenta enormes dudas sobre la capacidad gubernamental para ejecutarlas.
Su respuesta consiste en hacer simultáneamente ambas cosas.
Prometer grande.
Resolver pequeño.
Ahí empieza la lección mexicana
México tiene extraordinarios programas nacionales y una capacidad igualmente extraordinaria para convivir con desperfectos cotidianos durante años.
Construimos trenes mientras una coladera permanece abierta.
Anunciamos hospitales mientras un elevador no funciona.
Digitalizamos trámites mientras alguien necesita regresar tres veces porque falta una fotocopia.
Inauguramos carreteras mientras la calle municipal que conduce hacia ellas parece superficie lunar.
No existe contradicción automática entre las grandes obras y el mantenimiento cotidiano. Un gobierno tiene obligación de atender ambas escalas simultáneamente.
Precisamente ése es el punto.
La política mexicana suele tratar el mantenimiento como una categoría administrativa menor.
Mamdani lo convierte en legitimidad.
El gobierno también cabe dentro de un agujero
La teoría del bache obliga además a cambiar la manera de medir resultados.
Un gobierno puede anunciar que reparó 250 mil baches y aun así encontrarse con ciudadanos convencidos de vivir en una ciudad agujereada.
Ambas cosas pueden ser ciertas.
Porque la estadística mide intervenciones.
El ciudadano mide recurrencia.
Si un bache vuelve después de tres semanas, para la administración pueden existir dos reparaciones contabilizadas. Para quien conduce diariamente por allí existe un problema nunca resuelto.
Ésa es otra lección posible.
No basta contar cuánto trabaja el gobierno.
Hay que medir cuánto deja de padecer el ciudadano.
Nueva York tampoco resolvió mágicamente sus calles
Sería absurdo convertir a Mamdani en gurú internacional del pavimento. Nueva York continúa teniendo baches, calles deterioradas y enormes desafíos de infraestructura.
Su administración tampoco inventó el mantenimiento vial ni fue la primera en organizar brigadas intensivas de reparación.
Y sus propias cifras gubernamentales necesitan evaluarse durante periodos más largos antes de establecer qué tanto cambió estructuralmente la calidad de las calles.
Lo interesante no es importar su programa.
Es importar su pregunta.
¿Qué problema pequeño debería resolver un gobierno antes de pedir confianza para solucionar uno gigantesco?
Brugada tendrá enfrente la pregunta perfecta
La conversación del viernes llega además a una ciudad extraordinariamente apropiada para discutirlo.
Brugada ha colocado entre sus prioridades vivienda, cuidados, movilidad, agua, espacio público y reducción de desigualdades territoriales.
También gobierna una capital donde los baches continúan formando parte cotidiana del paisaje pese a programas masivos de mantenimiento y repavimentación.
Mamdani podrá hablar desde una pantalla sobre ciudades progresistas, democracia, desigualdad y la amenaza internacional de movimientos autoritarios.
Todo eso importa.
Pero quizá su aportación más útil para México sea considerablemente menos solemne.
Un agujero.
La democracia también necesita mantenimiento
Los gobiernos acostumbran pedir confianza hacia adelante.
Confía en esta reforma.
Confía en este presupuesto.
Confía en esta obra.
Confía en que dentro de cinco años aquello funcionará.
La política del bache propone invertir temporalmente esa relación.
Primero mira hacia abajo.
Arregla aquello que el ciudadano puede comprobar mañana.
Después pídele confianza para construir aquello cuyos resultados tardarán años.
No es una doctrina de izquierda ni de derecha. Tampoco demuestra que quien pavimenta bien pueda necesariamente administrar correctamente educación, seguridad, salud o economía.
Es una prueba mucho más modesta.
Y precisamente por eso resulta incómoda.
México tiene gobiernos que quieren transformar el país, transformar estados y transformar ciudades.
También tiene un país donde ocho de cada diez habitantes urbanos siguen viendo baches como problema.
Quizá Mamdani no necesite venir al Zócalo.
Su mejor argumento ya está afuera.
Sólo hay que salir de la Feria, caminar algunas calles y mirar hacia abajo.
