Vivaldi sonará en la Capilla Gótica con instrumentos y criterios históricos. Las notas siguen escritas igual, pero tres siglos después podemos escuchar una música sorprendentemente diferente.
Antonio Vivaldi murió hace 285 años, pero existe una manera bastante eficaz de acercarnos al sonido que pudo escuchar: quitarle tres siglos a la orquesta.
Este martes, la Capilla Gótica del Centro Cultural Helénico recibirá un programa dedicado al compositor veneciano interpretado mediante instrumentos de época y criterios históricamente informados.
Eso significa algo más interesante que tocar música antigua utilizando objetos igualmente antiguos: implica preguntarse cómo sonaban realmente aquellas partituras cuando todavía acababan de ser escritas.
Porque una composición puede permanecer exactamente igual sobre el papel mientras cambian cuerdas, arcos, instrumentos, afinaciones, tamaños de orquesta y hasta nuestra manera de escucharlos.
El violín también tiene antepasados
Un violín barroco y uno moderno pueden parecer prácticamente hermanos cuando están dentro de sus estuches, pero pequeños cambios físicos producen diferencias importantes cuando comienzan a sonar.
Durante el Barroco eran habituales cuerdas fabricadas con tripa animal, mientras actualmente predominan materiales sintéticos o metálicos capaces de ofrecer estabilidad, potencia y otras características sonoras.
El arco también era diferente: su construcción, peso y curvatura favorecían determinadas articulaciones y permitían producir ataques, separaciones y dinámicas distintas de aquellas asociadas con técnicas posteriores.
Incluso la manera de sostener y tocar instrumentos evolucionó durante siglos, porque aquello que actualmente consideramos técnica tradicional también constituye el resultado de transformaciones históricas acumuladas.
Por eso interpretar música barroca no consiste únicamente en desempolvar un violín viejo, sino en reconstruir decisiones musicales que alguna vez fueron completamente normales para sus intérpretes.
El la también puede viajar en el tiempo
Existe otra sorpresa escondida dentro de cualquier afinador: la frecuencia utilizada como referencia para afinar una orquesta tampoco permaneció idéntica durante toda la historia musical.
Actualmente resulta habitual utilizar el la sobre 440 hercios, mientras interpretaciones barrocas suelen adoptar referencias diferentes, frecuentemente alrededor de 415, aproximadamente un semitono por debajo.
La diferencia puede parecer pequeña escrita mediante números, pero modifica inmediatamente nuestra percepción: el conjunto adquiere otra altura, otro color y una sensación sonora menos brillante.
Además, no existió una afinación universal idéntica para toda Europa barroca; las referencias podían variar según ciudades, épocas, instituciones, instrumentos y tradiciones musicales locales.
Así que tampoco podemos apretar un botón marcado como “1725” y obtener automáticamente el sonido exacto que Vivaldi escuchó alguna tarde dentro de una iglesia veneciana.
La interpretación históricamente informada funciona más bien como investigación aplicada: reúne tratados, instrumentos, partituras y evidencias disponibles para tomar decisiones plausibles sobre cómo ejecutar aquella música.
Las cuatro estaciones tampoco tienen aire acondicionado
Vivaldi publicó Las cuatro estaciones dentro de Il cimento dell’armonia e dell’inventione, colección aparecida en Ámsterdam durante la década de 1720 y convertida después en fenómeno mundial.
Tres siglos de conciertos, grabaciones, anuncios, películas y música ambiental consiguieron algo extraordinario: hacer que una composición barroca pueda parecernos tan familiar como una canción popular.
Precisamente por eso escucharla mediante criterios históricos puede producir extrañeza, porque nuestra memoria espera determinados volúmenes, velocidades, acentos y colores aprendidos mediante interpretaciones modernas.
De pronto una obra aparentemente conocida recupera bordes, respiraciones y contrastes diferentes, como encontrar una fotografía familiar después de retirar una capa de barniz acumulada durante décadas.
No necesariamente significa descubrir el sonido verdadero y definitivo, porque semejante certeza sería imposible; significa escuchar una interpretación construida mediante preguntas históricas diferentes de las habituales.
La Capilla también viajó
La sede añade otra rareza: la Capilla Gótica del Helénico tampoco nació en Ciudad de México, sino que sus elementos arquitectónicos proceden originalmente de España.
La construcción fue desmontada, trasladada y reconstruida en México durante el siglo XX, convirtiéndose en un escenario particularmente extravagante para escuchar repertorio europeo de siglos anteriores.
Así tendremos música italiana, instrumentos históricos y arquitectura española reunidos en una ciudad mexicana del siglo XXI para intentar conversar con sonidos nacidos hace aproximadamente trescientos años.
Nada de aquello convierte el concierto en una máquina del tiempo perfecta, porque faltan los oídos, hábitos, edificios y silencios cotidianos de quienes escucharon originalmente esas obras.
Pero consigue algo probablemente más divertido: recordarnos que la música antigua nunca permanece completamente inmóvil aunque las notas impresas continúen ocupando exactamente los mismos lugares.
Esta noche los músicos volverán a levantar sus arcos y Vivaldi tendrá aproximadamente tres siglos menos durante el tiempo que permanezcan vibrando aquellas cuerdas frente al público.
Después guardarán nuevamente los instrumentos dentro de sus estuches.
Y mañana la orquesta habrá envejecido otros trescientos años.
