La UNAM creó su Campus Centro Histórico con 20 recintos, entre ellos, el Templo de San Agustín.
Setenta y dos años después de comenzar la mudanza hacia Ciudad Universitaria, la UNAM decidió reunir institucionalmente 20 recintos que conserva en el Centro Histórico. No vuelve a un sitio que hubiera abandonado: vuelve a pensarlo como campus. Allí nació parte de su autonomía, allí estudiantes y ciudad compartían las mismas calles y allí probará ahora algo más difícil que restaurar edificios: recuperar vida universitaria sin borrar la vida del barrio.
El antiguo templo de San Agustín lleva suficiente tiempo en pie para haber aprendido que los edificios sobreviven a las funciones que los hombres imaginan para ellos.
Fue templo y convento. Después de las Leyes de Reforma comenzó su transformación para recibir a la Biblioteca Nacional, inaugurada allí en 1884. Durante décadas guardó libros, documentos y lectores.
La Biblioteca terminó mudándose hacia Ciudad Universitaria. San Agustín permaneció en el Centro Histórico, enorme, paciente, esperando otra función capaz de llenar nuevamente sus espacios.
Ahora la Universidad Nacional Autónoma de México quiere convertirlo en una de las piezas centrales de un movimiento que, visto sobre el mapa, parece casi circular.
La UNAM vuelve al barrio donde empezó.
Aunque, para ser exactos, nunca terminó de irse.
LOS EDIFICIOS SE QUEDARON
El 1 de junio de 2026, la Universidad creó formalmente el Campus UNAM Centro Histórico. Su Consejo Directivo quedó instalado tres meses después, en septiembre.
No habrá una nueva Ciudad Universitaria construida entre edificios coloniales. Tampoco regresarán todas las facultades que alguna vez estuvieron desperdigadas por estas calles.
El nuevo campus es, antes que nada, una forma de organización.
La UNAM decidió conectar académica e institucionalmente 20 inmuebles, recintos y espacios que ya conserva en esta parte de la Ciudad de México.
Allí están San Ildefonso, el Palacio de Minería, la Academia de San Carlos, el Palacio de Medicina, San Pedro y San Pablo y el Palacio de la Autonomía.
También antigua Jurisprudencia, antigua Economía, Museo de la Mujer y otros espacios que sobrevivieron a la gran mudanza universitaria hacia el sur.
Durante décadas fueron piezas de una misma historia separadas administrativamente.
Ahora una línea imaginaria vuelve a unirlas.
Encima dice:
Campus.
CUANDO EL CAMPUS ERA LA CALLE
Para entender la decisión hay que imaginar una universidad completamente diferente de aquella que hoy identificamos con el Pedregal.
A comienzos del siglo XX no existía una gran extensión universitaria delimitada dentro de la ciudad. La Universidad estaba mezclada con ella.
Medicina ocupaba el antiguo Palacio de la Inquisición, frente a Santo Domingo. Ingeniería estaba en Minería. Preparatoria vivía en San Ildefonso. Las artes tenían San Carlos.
Jurisprudencia, Altos Estudios, bibliotecas y dependencias universitarias completaban un rompecabezas académico repartido entre calles que también pertenecían a vecinos, comerciantes, funcionarios, impresores y paseantes.
Entre una clase y otra, el estudiante necesariamente regresaba a la ciudad.
Caminaba.
Pasaba por librerías, cafés, billares, puestos, periódicos, comercios y plazas antes de atravesar nuevamente una puerta universitaria.
Aquella Universidad tenía inconvenientes enormes. Sus edificios envejecían, faltaba espacio y las necesidades académicas crecían mucho más rápido que los viejos palacios.
Pero poseía una característica imposible de reproducir mediante arquitectura:
sus pasillos también eran calles.
LA AUTONOMÍA TAMBIÉN OCURRIÓ AFUERA
Esa mezcla produjo algo más que vida estudiantil.
Produjo política.
En mayo de 1929, un conflicto originado en Jurisprudencia por cambios en los mecanismos de evaluación terminó enfrentando estudiantes con policías y bomberos.
El problema salió rápidamente de la escuela.
Medicina, Preparatoria y otras comunidades universitarias se incorporaron. Hubo huelga, movilizaciones, heridos y una crisis que terminó involucrando directamente al gobierno federal.
El movimiento desembocó semanas después en la autonomía universitaria de 1929, aunque aquella autonomía todavía tendría limitaciones y evolucionaría durante los años posteriores.
La geografía importa.
Los estudiantes podían salir de una escuela y caminar hacia otra. Podían alcanzar periódicos, plazas y edificios gubernamentales sin abandonar el territorio cotidiano de su Universidad.
La UNAM no observaba la ciudad desde afuera.
Estaba dentro de ella.
Santo Domingo todavía conserva una pequeña huella de aquella historia: la referencia al 23 de Mayo recuerda el enfrentamiento estudiantil ocurrido en esas calles.
El nuevo campus vuelve, por tanto, a un territorio donde la Universidad no solamente tuvo salones.
Allí aprendió parte de lo que significaría ser autónoma.
LUEGO LA UNIVERSIDAD DEJÓ DE CABER
La nostalgia puede volver hermoso cualquier pasado si se le retiran suficientes problemas.
El Barrio Universitario tenía muchos.
La Universidad crecía y los inmuebles históricos no podían transformarse indefinidamente para recibir laboratorios, bibliotecas, instalaciones deportivas, institutos y poblaciones estudiantiles cada vez mayores.
Medicina es un ejemplo extraordinario.
Durante más de un siglo, su antiguo edificio tuvo que contener aulas, laboratorios, biblioteca, archivo, oficinas y otros servicios dentro de una estructura concebida originalmente para otra función.
México necesitaba una universidad moderna.
Y decidió construirle una ciudad.
La primera piedra de Ciudad Universitaria se colocó en 1950. La ceremonia de Dedicación ocurrió en 1952 y la gran mudanza comenzó posteriormente.
El 22 de marzo de 1954 comenzaron formalmente los cursos en el nuevo campus.
Durante aquel primer año estudiaron allí 6 mil 933 alumnos. Solamente 935 eran mujeres.
Hoy resulta difícil imaginar la UNAM sin CU.
Entonces hubo universitarios que tampoco podían imaginarla fuera del Centro.
CU QUEDABA LEJÍSIMOS
Mudarse al Pedregal no significaba únicamente cambiar de salón.
Significaba cambiar la relación cotidiana con la ciudad.
El transporte era insuficiente. Había autobuses que llegaban hasta San Ángel y universitarios que todavía debían completar parte del recorrido caminando.
Profesores y estudiantes acostumbrados al Centro tuvieron que ser convencidos de las ventajas del nuevo campus.
Las encontraron.
Ciudad Universitaria proporcionó algo que ningún palacio del Centro podía ofrecer: espacio para crecer.
Aparecieron facultades, institutos, laboratorios, bibliotecas, estadios, jardines, circuitos y una extraordinaria concentración de conocimiento dentro de un territorio concebido expresamente para ello.
La UNAM ganó una ciudad propia.
Pero el Centro perdió parte de su población universitaria cotidiana.
Ese intercambio transformó ambos lugares.
CU ayudó a convertir el sur en otro polo urbano de la capital mientras el viejo Barrio Universitario dejó de funcionar como aquella concentración continua de estudiantes.
Los edificios, sin embargo, permanecieron.
SETENTA AÑOS DESPUÉS ALGUIEN VOLVIÓ A DIBUJAR EL MAPA
Ésa es la verdadera novedad de 2026.
La Universidad no está recuperando edificios perdidos.
Está recuperando conexiones.
El acuerdo que creó el campus lo define como un modelo de organización y coordinación de proyectos académicos existentes en los distintos inmuebles universitarios del Centro Histórico.
Habrá posgrado, investigación, humanidades, ciencias sociales, artes, patrimonio, divulgación y actividades culturales. San Agustín funcionará como una de sus piezas articuladoras.
Allí se instalará el Claustro Abierto Universitario San Agustín, CAUSA, cuya reapertura parcial está prevista para 2027.
El nombre contiene una pista importante.
Abierto.
El proyecto ha sido presentado como un corredor público, plural, incluyente y gratuito, con la intención adicional de relacionarse con las comunidades que viven y trabajan alrededor.
Porque juntar edificios puede hacerse mediante un acuerdo.
Recuperar un barrio exige otra cosa.
EL CENTRO TAMPOCO ESPERÓ A LA UNAM
La Universidad que regresa no encontrará el Centro que dejó durante los años cincuenta.
Encontrará uno atravesado simultáneamente por patrimonio, turismo, comercio popular, restaurantes, museos, oficinas, vivienda, deterioro, inversión inmobiliaria y enormes desigualdades.
En algunas calles convivirán estudiantes de posgrado con comerciantes establecidos desde hace décadas. Investigadores con turistas. Museos universitarios con vendedores ambulantes. Restaurantes nuevos con vecindades antiguas.
Por eso una de las palabras utilizadas alrededor del proyecto merece atención:
revitalización.
Parece una palabra incapaz de hacer daño.
La experiencia internacional aconseja desconfiar de esa inocencia.
UNA UNIVERSIDAD PUEDE CAMBIAR UN BARRIO
Las grandes universidades funcionan también como instituciones ancla.
Contratan personas, compran bienes, rehabilitan inmuebles, atraen estudiantes, generan consumo, producen cultura y modifican la manera en que miles de personas utilizan diariamente un territorio.
Todo eso puede mejorar un barrio.
También puede transformarlo hasta volverlo irreconocible para quienes ya vivían allí.
Chicago conserva algunos de los ejemplos más severos.
Durante los grandes programas de renovación urbana del siglo XX, intervenciones vinculadas con la Universidad de Chicago contribuyeron a transformar Hyde Park mientras miles de residentes fueron desplazados.
La propia Universidad estudia actualmente esa historia y las consecuencias territoriales, económicas y sociales que acompañaron aquellas políticas.
El antiguo Circle Campus de la Universidad de Illinois ofrece otro antecedente todavía más brutal: su construcción estuvo asociada al desplazamiento de miles de residentes y centenares de negocios.
Nada de aquello es directamente comparable con el proyecto de la UNAM.
En México no se anuncia la demolición de un barrio para levantar un campus.
Ocurre casi lo contrario.
El campus ya está construido.
Sus edificios llevan allí siglos.
Pero los antecedentes sirven para recordar algo importante:
una universidad suficientemente grande puede alterar profundamente el lugar que la rodea incluso cuando sus intenciones sean mejorar ese lugar.
REVITALIZAR PARA QUIÉN
Ésa será una de las pruebas del nuevo Campus Centro Histórico.
No bastará contar edificios restaurados.
Ni exposiciones.
Ni congresos.
Ni estudiantes.
Habrá que observar qué ocurre alrededor.
Si los vecinos utilizan los espacios universitarios.
Si estudiantes y académicos consumen en los negocios existentes o contribuyen a sustituirlos por otros dirigidos a públicos con mayores ingresos.
Si aumentan actividades culturales gratuitas.
Si mejoran calles, accesibilidad y seguridad.
Si cambia el valor inmobiliario.
Si cambian las rentas.
Si la vida universitaria consigue mezclarse con la vida cotidiana sin convertir al barrio en escenografía universitaria.
La diferencia es enorme.
Un campus puede instalarse en un barrio.
Una Universidad solamente regresa verdaderamente cuando el barrio también puede entrar en ella.
SAN AGUSTÍN ABRE OTRA VEZ
Por eso resulta tan apropiado que San Agustín sea una de las piezas centrales.
El edificio ha pasado siglos cambiando de función mientras la ciudad cambiaba alrededor.
Fue religioso.
Fue biblioteca.
Fue depósito de una parte gigantesca de la memoria escrita del país.
Ahora intentará convertirse nuevamente en lugar de encuentro.
Pero esta vez la prueba no estará únicamente detrás de sus muros.
Estará afuera.
En las banquetas que conectan San Agustín con Minería.
En el camino hacia Medicina.
En las calles que conducen a San Ildefonso.
En los comercios situados entre un recinto y otro.
Allí podremos saber si el proyecto consiguió algo más que inventar administrativamente un campus.
VOLVER A CAMINAR
En 1954 la UNAM salió del Centro porque necesitaba espacio.
Lo encontró en el Pedregal y construyó uno de los proyectos educativos, urbanos y arquitectónicos más importantes del México moderno.
No está regresando porque aquella decisión haya fracasado.
Regresa porque una Universidad puede necesitar simultáneamente dos cosas aparentemente contradictorias:
un lugar propio y seguir perteneciendo a la ciudad.
Ciudad Universitaria le dio lo primero.
El nuevo Campus Centro Histórico intentará recuperar algo de lo segundo.
No podrá reconstruir el Barrio Universitario de 1929.
Tampoco debería intentarlo.
Aquellos estudiantes, cafés, conflictos, librerías y formas de habitar la capital pertenecen a otra ciudad.
Lo que sí puede hacer es recuperar una idea.
Que estudiar no siempre significa separarse de aquello que ocurre afuera.
Que una puerta universitaria puede abrir en ambas direcciones.
Y que algunas veces el trayecto entre dos aulas también puede formar parte de la educación.
La primera Ciudad Universitaria no necesitaba transporte interno.
Para ir de una escuela a otra había que atravesar la Ciudad de México.
Setenta y dos años después de comenzar la mudanza hacia el Pedregal, la UNAM ha vuelto a dibujar sobre aquellas calles un campus.
Ahora tendrá que demostrar que todavía sabe hacer lo más difícil.