La presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado reducir la dependencia mediante generación renovable, mayor producción nacional y nuevas inversiones, pero esos objetivos requieren años de ejecución.
México importa de Estados Unidos tres cuartas partes del gas natural que consume y carece de almacenamiento estratégico. Cuitláhuac García reconoció que, ante una interrupción del suministro, el país tendría un margen de maniobra de hasta 72 horas. La vulnerabilidad alcanza a la CFE, la industria y los hogares.
México tiene gas natural para enfrentar una emergencia durante apenas tres días. Después, el suministro eléctrico, la producción industrial y numerosos servicios quedarían expuestos a restricciones crecientes.
La advertencia llegó este miércoles 7 de octubre desde Palacio Nacional, donde Cuitláhuac García, director de Cenagas, reconoció una vulnerabilidad que compromete la seguridad energética mexicana.
No se trata de que todos los hogares vayan a quedarse sin electricidad al cumplirse 72 horas, sino de la ausencia de reservas estratégicas suficientes.
El funcionario explicó que México puede aprovechar temporalmente el gas contenido en sus aproximadamente 21 mil kilómetros de ductos, mediante maniobras coordinadas entre instituciones energéticas.
Pero ese combustible ya forma parte del sistema de transporte. No constituye una reserva estratégica independiente, almacenada y disponible para enfrentar una interrupción prolongada.
La diferencia resulta fundamental: México tiene una red que transporta gas, pero carece del inventario estratégico que permitiría resistir durante más tiempo una emergencia.
La advertencia llegó una semana después del susto
García reveló que Estados Unidos había notificado recientemente una reducción cercana al 20 por ciento del gas natural que habitualmente envía hacia territorio mexicano.
El funcionario explicó que Pemex, CFE, Cenace, Cenagas y la Secretaría de Energía coordinaron acciones para enfrentar aquella contingencia sin afectar significativamente el suministro.
El episodio demuestra que existen mecanismos de respuesta inmediata, aunque también evidencia la importancia de un combustible cuyo abastecimiento depende mayoritariamente de decisiones externas.
Según las cifras presentadas por el gobierno federal, aproximadamente 75 por ciento del gas natural consumido en México procede de Estados Unidos, principalmente de Texas.
Eso significa que una interrupción prolongada no afectaría únicamente a una empresa importadora, sino a buena parte de la infraestructura energética y productiva nacional.
La CFE depende de un combustible que no controla
Entre 60 y 62 por ciento de la electricidad mexicana se genera utilizando gas natural, de acuerdo con las cifras expuestas por Cenagas.
Las centrales de ciclo combinado permiten producir electricidad de manera eficiente, pero necesitan recibir combustible continuamente para sostener su operación y responder a la demanda.
Ante una reducción importante de importaciones, el sistema eléctrico tendría que reorganizar el despacho de generación, administrar inventarios disponibles y priorizar instalaciones estratégicas.
Las centrales hidroeléctricas, solares, eólicas y otras tecnologías podrían contribuir, aunque su capacidad de sustitución dependería de las condiciones operativas y de cada región.
No existe una equivalencia automática entre perder gas importado y perder el mismo porcentaje de electricidad, porque intervienen contratos, redes, plantas y fuentes alternativas.
Sin embargo, una interrupción suficientemente extensa podría obligar a disminuir generación, utilizar combustibles sustitutos donde fuera técnicamente posible y aplicar restricciones de consumo.
En escenarios severos, también podrían presentarse cortes programados para proteger la estabilidad de la red y evitar fallas eléctricas de mayor alcance territorial.
Las consecuencias dependerían de cuánto gas dejara de recibirse, durante cuánto tiempo y qué capacidad de respuesta conservaran las empresas y autoridades responsables.
El precedente que México ya conoce
En febrero de 2021, una tormenta invernal en Texas afectó el suministro de gas natural y provocó interrupciones eléctricas en diferentes regiones mexicanas.
La emergencia mostró que los problemas de producción y transporte estadounidenses podían trasladarse rápidamente al sistema eléctrico nacional, incluso sin una suspensión total de importaciones.
También dejó una advertencia económica: cuando escasea el combustible, sus precios pueden aumentar abruptamente y encarecer la operación de las centrales generadoras.
El riesgo no se limita, por tanto, a la falta física de gas. Incluye el costo extraordinario de conseguirlo durante una emergencia internacional.
Los hogares sentirían primero las consecuencias eléctricas
La mayoría de los hogares mexicanos no recibe gas natural directamente, pues utiliza principalmente gas LP para cocinar y calentar agua, según sus condiciones de acceso.
Por eso conviene evitar una confusión: la escasez de gas natural no significa automáticamente que desaparezca el combustible utilizado en todas las estufas domésticas.
El primer impacto generalizado podría llegar mediante la electricidad, particularmente en regiones donde las centrales alimentadas con gas tienen mayor importancia para el suministro.
Sin energía eléctrica, las consecuencias alcanzan refrigeradores, bombas de agua, elevadores, sistemas de comunicación, equipos médicos domésticos y actividades laborales que dependen de conexiones permanentes.
Los hospitales disponen de distintos mecanismos de respaldo, pero una emergencia prolongada obligaría a administrar combustibles, equipos críticos y servicios cuya continuidad resulta indispensable.
En viviendas conectadas directamente a redes de gas natural, además, podrían presentarse restricciones de suministro si las distribuidoras enfrentaran problemas prolongados de abastecimiento.
La afectación tampoco sería necesariamente uniforme: algunos usuarios experimentarían incrementos de costos, mientras otros podrían enfrentar interrupciones, dependiendo de la gravedad de la contingencia.
Las fábricas también necesitan que el gas llegue
El gas natural es combustible fundamental para numerosas actividades industriales, incluidas la producción de acero, vidrio, cemento, alimentos, fertilizantes y distintos procesos petroquímicos nacionales.
Cuando su suministro disminuye, algunas instalaciones pueden sustituir temporalmente el combustible, pero otras deben reducir operaciones o detener procesos por razones técnicas.
Una suspensión prolongada podría afectar cadenas productivas, compromisos de exportación, costos industriales y empleos, particularmente en regiones manufactureras vinculadas estrechamente con Estados Unidos.
La dependencia energética se convierte entonces en dependencia económica: un problema de abastecimiento puede transmitirse a precios, producción y disponibilidad de determinados bienes.
Fluvio Ruiz había puesto el problema sobre la mesa
Meses antes de la declaración de Cenagas, el especialista energético Fluvio Ruiz Alarcón abordó esta vulnerabilidad durante una conversación con la periodista Denise Maerker.
En aquella entrevista, difundida en el programa Hablemos con Denise Maerker, el académico del CIDE examinó la dependencia estadounidense y las limitaciones mexicanas de almacenamiento.
La conversación también planteó si producir más gas nacional mediante técnicas de extracción no convencional permitiría ampliar los márgenes de maniobra ante contingencias internacionales.
Ruiz situó el debate en el terreno de la seguridad nacional: contar con recursos energéticos suficientes importa especialmente cuando aparecen conflictos o interrupciones extraordinarias.
El especialista también abordó los riesgos ambientales de la fracturación hidráulica y la capacidad real de Pemex para desarrollar proyectos de explotación no convencional.
Su análisis permite separar dos asuntos que frecuentemente aparecen confundidos: producir más gas en México y disponer de almacenamiento suficiente para resistir emergencias.
Incrementar la extracción nacional podría reducir importaciones, pero no sustituye automáticamente la necesidad de construir reservas estratégicas, diversificar suministros y fortalecer fuentes eléctricas alternativas.
México debía tener cinco días de almacenamiento este año
La vulnerabilidad reconocida por García tampoco apareció de manera inesperada. El propio gobierno mexicano había identificado desde años anteriores la necesidad de almacenar gas natural.
La política de almacenamiento publicada en 2018 estableció como objetivo disponer, para 2026, de inventarios estratégicos equivalentes a cinco días de demanda proyectada.
El documento oficial de Cenagas calculaba que ese inventario representaría aproximadamente 45 mil millones de pies cúbicos, destinados a responder ante emergencias de abastecimiento.
Sin embargo, el país llegó a octubre de 2026 sin la infraestructura estratégica necesaria para cumplir aquella meta, según reconoció el responsable del organismo.
La contradicción resulta particularmente importante porque no se trata de una necesidad descubierta recientemente, sino de un objetivo institucional establecido ocho años atrás.
Una inversión millonaria que todavía no compra tiempo
Durante la misma conferencia, el gobierno federal anunció un programa energético con inversiones superiores a 1.16 billones de pesos para infraestructura eléctrica y gas natural.
La secretaria de Energía, Luz Elena González, presentó recursos destinados a generación, transmisión, distribución y ampliación de la infraestructura para transportar el combustible.
Entre los proyectos destacan inversiones de 53 mil millones de pesos por parte de CFE y 87 mil millones correspondientes a Cenagas.
El programa contempla nuevos gasoductos, modernización de instalaciones y proyectos eléctricos, además de ampliar la participación de fuentes renovables dentro de la generación nacional.
Son inversiones relevantes para aumentar la capacidad del sistema, aunque construir gasoductos no equivale necesariamente a disponer de almacenamiento estratégico para una emergencia prolongada.
Un ducto permite transportar combustible desde donde existe suministro hacia donde se necesita; una reserva permite utilizarlo temporalmente cuando ese suministro deja de llegar.
El propio Programa Institucional de Cenagas 2026-2030 reconoce la necesidad de desarrollar infraestructura de almacenamiento para fortalecer la continuidad del abastecimiento y la seguridad energética.
Por tanto, la inversión anunciada puede contribuir a resolver problemas estructurales, pero todavía no elimina la vulnerabilidad inmediata reconocida durante la conferencia presidencial.
La soberanía que termina en la frontera
México conserva jurídicamente el control de sus recursos naturales y de las decisiones fundamentales de su política energética, pero esa soberanía enfrenta limitaciones materiales.
La propia Secretaría de Energía reconoció en agosto de 2026 que la dependencia del gas estadounidense compromete la seguridad y soberanía energética del país.
La transformación resulta significativa: en 2010, las importaciones representaban aproximadamente 21 por ciento del consumo nacional; actualmente alcanzan alrededor del 75 por ciento.
En otras palabras, México ha construido una infraestructura eléctrica cada vez más dependiente de un combustible cuya producción y abastecimiento controla mayoritariamente otro país.
La interdependencia comercial no significa pérdida automática de soberanía. Importar energía puede resultar económicamente conveniente y formar parte de una estrategia nacional razonable.
El problema aparece cuando un país carece de alternativas suficientes para enfrentar interrupciones, aumentos extraordinarios de precios o decisiones externas que comprometan su abastecimiento.
México compra gas estadounidense porque históricamente ha encontrado precios competitivos, disponibilidad abundante y una infraestructura de transporte que facilita las importaciones desde Texas.
Pero esa ventaja económica también concentra riesgos. Una contingencia climática, una falla técnica o restricciones comerciales pueden transmitirse directamente al sistema energético mexicano.
La organización Natural Resource Governance Institute advirtió en mayo de 2026 que la dependencia del gas estadounidense expone a México a volatilidad de precios y vulnerabilidades estructurales.
Diversificar proveedores, construir almacenamiento estratégico, fortalecer la producción nacional y ampliar fuentes renovables permitiría reducir riesgos, aunque cada alternativa implica costos y dificultades propias.
La verdadera soberanía energética no exige producir absolutamente todo dentro del territorio nacional, sino conservar capacidad de decisión y respuesta cuando falla el abastecimiento exterior.
Significa que una emergencia estadounidense no obligue automáticamente a México a preguntarse cuánto tiempo podrá mantener funcionando sus centrales eléctricas y sus principales industrias.
También supone que las decisiones sobre infraestructura respondan a riesgos medibles, necesidades nacionales y horizontes de largo plazo, independientemente del calendario político de cada administración.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado reducir la dependencia mediante generación renovable, mayor producción nacional y nuevas inversiones, pero esos objetivos requieren años de ejecución.
Mientras tanto, el país continúa utilizando diariamente un combustible importado que sostiene buena parte de su electricidad y del funcionamiento de su economía industrial.
El reconocimiento de Cuitláhuac García permite formular una pregunta que ningún discurso sobre autosuficiencia energética puede responder únicamente mediante inversiones anunciadas o declaraciones políticas.
¿Qué tan soberano es un país que necesita recibir diariamente del extranjero el combustible que mantiene encendida buena parte de su economía?
La respuesta no está solamente en la Constitución, la propiedad de las empresas públicas o la nacionalidad de quienes administran la infraestructura energética.
También está en los ductos, las reservas disponibles, las fuentes alternativas y la capacidad de resistir una emergencia sin comprometer servicios esenciales para la población.
Hoy México dispone de mecanismos para enfrentar contingencias inmediatas, pero carece del almacenamiento estratégico que le permitiría ganar tiempo ante una interrupción prolongada.
Y cuando la seguridad energética depende de ganar tiempo, tres días constituyen un margen demasiado estrecho para confundirlo con independencia.
