Desde 1929, las plataformas electorales mexicanas mantienen educación, salud, seguridad y desarrollo entre sus prioridades, mientras persisten rezagos documentados.
Desde 1929, los partidos mexicanos ofrecen educación, salud, seguridad, bienestar y prosperidad. Cambiaron los gobiernos, las ideologías y las instituciones, pero las promesas regresan. La corrupción, declarada derrotada por el discurso oficial, tampoco ha salido del programa electoral.
En 1929, cuando México todavía buscaba cómo organizar la sucesión presidencial sin recurrir a levantamientos armados, el Partido Nacional Revolucionario presentó su programa de gobierno.
Ofrecía educación, desarrollo económico, mejoramiento social, protección de la salud y estabilidad política, objetivos que todavía ocupan un lugar central en las campañas mexicanas contemporáneas.
Casi cien años después, Morena presentó una plataforma electoral con capítulos dedicados a educación, salud, seguridad, bienestar, economía y combate a la corrupción, entre otras prioridades nacionales.
Entre ambos documentos transcurrieron la consolidación del presidencialismo, el desarrollo estabilizador, las crisis económicas, el neoliberalismo, la alternancia democrática y la llamada Cuarta Transformación.
Sin embargo, el menú electoral sobrevivió.
México cambia de presidente pero conserva sus pendientes
La permanencia de esas promesas admite dos interpretaciones que no necesariamente se contradicen: los problemas son estructurales y los gobiernos nunca consiguen resolverlos completamente.
También existe una tercera explicación: educación, salud, seguridad y prosperidad son responsabilidades permanentes del Estado, incluso en sociedades donde sus instituciones funcionan razonablemente bien.
Por eso sería incorrecto afirmar que México no ha avanzado durante un siglo, aunque resulte igualmente difícil sostener que sus problemas fundamentales quedaron definitivamente superados.
La cuestión verdaderamente interesante es otra: por qué los partidos necesitan seguir ofreciendo prácticamente las mismas soluciones, incluso después de haber gobernado durante décadas.
El PRI prometió construir el país
Durante buena parte del siglo XX, el partido gobernante ofreció industrialización, escuelas, hospitales, empleo, crecimiento económico y estabilidad como componentes de un mismo proyecto nacional.
El régimen construyó instituciones fundamentales, expandió la infraestructura educativa y sanitaria y protagonizó décadas de crecimiento, aunque también acumuló desigualdades, autoritarismo y corrupción.
El PAN llegó a la Presidencia en 2000 ofreciendo cambio democrático, desarrollo económico, educación, salud y un gobierno distinto al que había dominado durante siete décadas.
Seis años después, Felipe Calderón hizo del empleo una promesa central, mientras la seguridad terminaría convirtiéndose en uno de los grandes problemas de su administración.
En 2012, Enrique Peña Nieto recuperó la promesa de transformar México mediante reformas económicas, educación de calidad, seguridad y una administración pública más eficaz.
Andrés Manuel López Obrador ganó en 2018 ofreciendo bienestar, honestidad gubernamental, combate a la corrupción y una transformación que permitiría corregir problemas heredados de administraciones anteriores.
Claudia Sheinbaum mantuvo buena parte de esa agenda en 2024, incorporando compromisos de continuidad social, fortalecimiento sanitario, educación, seguridad y desarrollo económico.
Las propuestas no eran idénticas, sus instrumentos tampoco y los resultados deben evaluarse por separado, pero los grandes encabezados resistieron todas las alternancias.
La democracia no garantiza que desaparezcan los problemas
José Woldenberg ofrece una distinción fundamental en La democracia como problema, publicado en 2015 por El Colegio de México y la Universidad Nacional Autónoma de México.
La democracia permite procesar diferencias políticas, ampliar libertades y sustituir gobiernos mediante elecciones, pero no garantiza automáticamente administraciones eficaces ni soluciones a los problemas sociales.
La alternancia puede cambiar quién toma decisiones sin modificar inmediatamente las capacidades institucionales, los recursos disponibles o las condiciones económicas que determinan sus resultados.
Esto ayuda a entender por qué los problemas sobreviven a gobiernos distintos, aunque también obliga a reconocer que sus decisiones pueden mejorar o empeorar cada situación.
Las cifras que explican la repetición
En 2024, México tenía 38.5 millones de personas en pobreza multidimensional, equivalentes al 29.6 por ciento de su población, según las mediciones oficiales del INEGI.
La cifra representa una reducción importante frente a los 51.9 millones registrados en 2018, por lo que sería incorrecto presentar el bienestar como una promesa completamente incumplida.
Pero también significa que casi tres de cada diez mexicanos continuaban enfrentando insuficiencia de ingresos y privaciones relacionadas con sus derechos sociales básicos.
En salud, 44.5 millones de personas presentaban carencia de acceso a servicios durante 2024, aunque el indicador había mejorado respecto de la medición correspondiente a 2022.
En educación, PISA 2022 encontró que solamente 34 por ciento de los estudiantes mexicanos evaluados alcanzó al menos el nivel básico de competencia matemática.
Y en junio de 2026, el 59.8 por ciento de los adultos de las áreas urbanas estudiadas por INEGI consideraba inseguro vivir en su ciudad.
Son indicadores distintos, construidos con metodologías y poblaciones diferentes, pero muestran por qué aquellas promesas conservan suficiente materia pendiente para regresar a las campañas.
La corrupción que oficialmente había terminado
El combate a la corrupción merece un capítulo propio porque Morena construyó buena parte de su identidad política alrededor de la ruptura con prácticas gubernamentales anteriores.
López Obrador sostuvo reiteradamente que su administración había terminado con la corrupción desde arriba, una afirmación política que debe distinguirse de la desaparición efectiva del fenómeno.
La propia plataforma electoral de Morena para 2024 conservó un capítulo dedicado al combate a la corrupción, reconociéndolo como asunto todavía relevante para su proyecto.
Los datos posteriores tampoco permiten considerarlo resuelto.
La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2025 encontró que 84.1 por ciento de los adultos de ciudades grandes consideraba frecuente o muy frecuente la corrupción.
Además, 15.6 por ciento de quienes realizaron trámites, pagos, solicitudes de servicios o tuvieron contacto con autoridades experimentó al menos un acto de corrupción.
El costo estimado de esas experiencias alcanzó 17 mil 707 millones de pesos durante 2025, según los cálculos publicados por el organismo estadístico nacional.
Estos datos no miden toda la corrupción existente, particularmente aquella relacionada con grandes contratos públicos, pero impiden afirmar que el problema haya desaparecido.
La corrupción conserva así una peculiar condición electoral: algunos gobiernos anuncian haberla derrotado mientras sus propios programas reconocen que todavía necesitan combatirla.
Los partidos venden respuestas a problemas conocidos
El economista Anthony Downs propuso en An Economic Theory of Democracy, publicado en 1957, una interpretación de la competencia electoral basada en incentivos políticos.
En su modelo, los partidos tienen razones para formular políticas capaces de conseguir votos, en lugar de limitarse a competir por convicciones ideológicas abstractas.
Aplicada con cautela a México, esa perspectiva ayuda a entender por qué las organizaciones políticas regresan continuamente a los asuntos que afectan directamente a millones.
Prometer educación resulta comprensible cuando existen rezagos de aprendizaje; ofrecer salud tiene sentido cuando millones carecen de acceso y la seguridad continúa preocupando a la población.
El problema no está necesariamente en repetir las prioridades, sino en presentar cada nueva propuesta como descubrimiento histórico mientras se omiten antecedentes, resultados y responsabilidades.
El verdadero cambio sería modificar las preguntas
El debate electoral podría comenzar donde habitualmente terminan los discursos: cuánto costará cada propuesta, quién será responsable de ejecutarla y cómo se comprobarán sus resultados.
Una promesa educativa tendría que explicar qué aprendizajes mejorarán, con qué presupuesto, mediante cuáles intervenciones y en qué plazo podrán evaluarse sus efectos.
Una propuesta sanitaria debería precisar cómo ampliará el acceso efectivo, garantizará medicamentos, reducirá esperas y corregirá deficiencias que sobreviven a sucesivos modelos institucionales.
En seguridad, la discusión necesitaría distinguir entre disminuir delitos registrados, reducir victimización, mejorar investigaciones y recuperar la confianza ciudadana en policías y fiscalías.
Y en corrupción, cualquier promesa de honestidad debería acompañarse de mecanismos independientes de investigación, transparencia contractual, sanciones verificables y protección para quienes denuncian irregularidades.
La promesa también debería tener fecha de caducidad
La investigación histórica permite establecer la persistencia de los temas, pero no demuestra que todas las campañas hayan ofrecido exactamente lo mismo durante cien años.
Las prioridades cambiaron con las circunstancias: reforma agraria, industrialización, democratización, narcotráfico, desigualdad, derechos sociales y transición energética adquirieron importancia en momentos diferentes.
Lo que permanece es la capacidad de los partidos para convertir obligaciones fundamentales del Estado en promesas renovadas cada vez que se aproxima una elección.
Y allí aparece la contradicción que merece ocupar la Portada.
Los partidos presentan cada elección como una oportunidad extraordinaria para comenzar de nuevo, aunque frecuentemente solicitan votos para continuar tareas que México emprendió generaciones atrás.
Tal vez la siguiente transformación electoral no consista en encontrar una promesa desconocida, sino en exigir cuentas sobre las que llevan casi un siglo circulando.
Porque México no necesita descubrir nuevamente que requiere educación, salud, seguridad, bienestar y gobiernos honestos.
Lo sabe desde hace mucho.
Lo que todavía espera es que esas promesas dejen de necesitar una campaña electoral para volver a existir.
