Debajo del Viaducto, Churubusco, Consulado y otras avenidas todavía corre el agua que la Ciudad de México decidió esconder. Recuperar sus ríos ya aparece en planes públicos y ahora también en una iniciativa de ley. El problema es que desenterrar esa historia requerirá mucho más que una pala: años, obras y millones de pesos.
La Ciudad de México tiene ríos. El pequeño inconveniente es que durante buena parte del siglo XX decidió ponerles una tapa, echarles encima pavimento y convertirlos en avenidas.
El automovilista que circula por Viaducto Miguel Alemán pasa sobre el río de La Piedad. Churubusco, Consulado, Mixcoac y otros nombres que hoy sirven para orientarse en el tráfico alguna vez sirvieron para orientarse entre corrientes de agua.
Investigaciones de la UNAM calculan que aproximadamente 83 kilómetros de cauces desaparecieron de la vista bajo el pavimento. Otros estudios históricos identifican alrededor de 45 ríos que cruzaban la ciudad antes de ser progresivamente canalizados, entubados o incorporados al drenaje.
No fue simplemente una ocurrencia urbanística.
La capital padecía inundaciones, crecimiento desordenado, aguas contaminadas y graves problemas sanitarios. Durante décadas, la modernidad consistió precisamente en sacar el agua de la ciudad lo más rápido posible.
El resultado fue una paradoja muy chilanga: una metrópoli construida sobre una cuenca que batalla simultáneamente para conseguir agua, evitar inundaciones y expulsar la lluvia que cae sobre ella.
Ahora la corriente empieza a cambiar de dirección.
El Gobierno capitalino tiene en marcha el Plan Integral de Recuperación de Ríos y Barrancas 2025-2030, que contempla intervenir 26 barrancas protegidas, distribuidas en cinco alcaldías y con más de 991 hectáreas.
Y el 17 de septiembre de 2026 llegó al Congreso capitalino una iniciativa, del diputado por Morena, Víctor Romo, para expedir una Ley de Ríos y Sistemas Fluviales de la Ciudad de México.
La propuesta plantea elaborar un inventario de ríos y sistemas fluviales, establecer mecanismos de coordinación entre autoridades y privilegiar la conservación y restauración de cauces abiertos frente a nuevos confinamientos.
Pero una ley puede reconocer un río; no puede desentubarlo.
Recuperar sistemas fluviales implica separar descargas de aguas residuales, sanear cauces, recuperar vegetación, proteger zonas de infiltración, contener asentamientos y basura, construir colectores y decidir, caso por caso, dónde es técnicamente posible devolver espacio al agua.
La escala económica empieza a asomarse en intervenciones mucho menores. Sólo la tercera etapa del colector marginal del río Jalalpa, vinculada al saneamiento del río Becerra, tiene una inversión anunciada de 47 millones de pesos. Sumada a una etapa anterior, supera los 100 millones.
Eso ayuda a dimensionar el tamaño del animal.
Nadie está planteando levantar mañana el pavimento del Viaducto y esperar que debajo aparezca un río cristalino con patos. La propia iniciativa descarta abrir indiscriminadamente los cauces entubados y reconoce que parte de esa infraestructura continúa siendo indispensable.
La discusión importante está en otra parte: decidir si la ciudad seguirá tratando toda el agua como algo que debe sacar de encima o comenzará a recuperar, donde sea posible, los sistemas naturales que permiten retenerla, infiltrarla y conducirla.
La Ciudad de México tardó generaciones en esconder sus ríos.
Encontrarlos sigue siendo relativamente fácil: basta mirar los nombres de las avenidas.
Recuperarlos será otra cosa.
