Al morir se debe de tener certeza de lo que sucederá con toda tu vida digital
Una iniciativa en la Ciudad de México propone que cada persona pueda dejar instrucciones sobre sus cuentas, perfiles y contenidos para después de morir. El problema es mayor: nuestra vida digital está repartida entre leyes, contraseñas, contratos privados y plataformas que tienen sus propias reglas para los muertos.
Una persona muere.
Su correo sigue recibiendo mensajes. Sus fotografías permanecen en la nube. Facebook recuerda su cumpleaños. El teléfono conserva conversaciones. Hay archivos en Google, una cuenta de Apple, perfiles en redes sociales, suscripciones y quizá dinero generado por algún contenido.
El cuerpo desaparece.
La persona digital no.
El 10 de septiembre de 2026, ante el Congreso de la Ciudad de México, el diputado de Morena Pedro Haces Lago presentó una iniciativa para intentar responder una pregunta que hasta hace pocos años habría parecido extravagante:
¿qué queremos que ocurra con nuestra vida digital cuando muramos?
La propuesta crea las llamadas Directivas Digitales Anticipadas, un mecanismo gratuito y voluntario mediante el cual una persona podría establecer instrucciones sobre la administración, conservación, memorialización o eliminación de sus cuentas, perfiles y contenidos personales después de su muerte.
La intención es utilizar Llave CDMX para registrar esa voluntad y coordinar su cumplimiento una vez que el Registro Civil confirme el fallecimiento.
Algo parecido a dejar instrucciones para nuestro funeral.
Pero para internet.
Ya podemos heredar una parte
La Ciudad de México no comienza desde cero.
Desde 2021, el artículo 1392 Bis del Código Civil reconoce que un legado puede incluir bienes o derechos digitales almacenados en computadoras, servidores, plataformas, redes sociales o dispositivos electrónicos.
La legislación menciona correos electrónicos, dominios, fotografías, videos y archivos. Incluso contempla claves y contraseñas vinculadas con determinadas cuentas financieras.
Es decir, la herencia digital ya existe jurídicamente en la capital.
La diferencia es que normalmente debe formar parte de una disposición testamentaria.
La iniciativa de Haces pretende cubrir otro espacio: si el testamento no contiene instrucciones sobre cuentas, perfiles y contenidos digitales de carácter personalísimo, las Directivas Digitales Anticipadas podrían acreditar la voluntad que la persona dejó registrada.
No sustituirían al testamento.
Y tampoco convertirían todo lo que tenemos en internet en una herencia.
Ahí comienza el problema.
No todo lo digital es nuestro de la misma manera
Una fotografía familiar guardada en la nube, una cuenta de Instagram, una película comprada mediante una licencia, un canal monetizado y una criptomoneda pueden aparecer en la misma computadora.
Pero jurídicamente son cosas muy diferentes.
Unas tienen valor económico.
Otras contienen información personal.
Algunas pueden transmitirse.
Otras dependen de licencias o contratos.
Y una conversación contiene algo todavía más complicado: la privacidad de otra persona que sigue viva.
Que alguien muera no significa necesariamente que sus herederos puedan abrir todo lo que dejó detrás de una contraseña.
Por eso México está comenzando a discutir el problema por partes.
En julio, por ejemplo, la senadora Olga Patricia Sosa presentó otra iniciativa, todavía pendiente en comisiones, para incorporar al Código Civil Federal conceptos como activos digitales, cuentas monetizadas, regalías, criptomonedas, llaves criptográficas y la figura de un albacea digital.
La ley sucesoria fue construida para una persona que podía dejar una casa, dinero, documentos y objetos.
Ahora también dejamos una nube.
Silicon Valley tiene su propio cementerio
Mientras los legisladores deciden qué hacer, las grandes plataformas ya establecieron sus propias reglas.
Apple permite designar un contacto para legado que, después de acreditar el fallecimiento, puede solicitar acceso a determinados datos.
Google ofrece un Administrador de cuentas inactivas, mediante el cual una persona puede decidir anticipadamente quién recibirá cierta información después de un periodo sin actividad.
Facebook puede convertir un perfil en cuenta conmemorativa y permite nombrar un contacto de legado con facultades limitadas.
El resultado es extraño.
Una misma persona puede tener tres vidas después de la muerte dependiendo de la plataforma en la que dejó sus cosas.
Una cuenta puede sobrevivir.
Otra puede borrarse.
Una tercera puede entregar determinada información a alguien designado.
Y habrá contenidos a los que nadie consiga acceder.
La CDMX no puede ordenarle al mundo
Aquí aparece el límite más importante de la propuesta capitalina.
Registrar en Llave CDMX que queremos eliminar una cuenta no significa necesariamente que una autoridad local pueda obligar a una plataforma global a apretar el botón.
La propia iniciativa contempla que el Gobierno capitalino pueda celebrar convenios con plataformas digitales para facilitar el cumplimiento de las directivas.
La diferencia es importante.
Reconocer una voluntad no garantiza poder ejecutarla.
En medio están los términos de servicio aceptados por el usuario, la legislación aplicable, la ubicación de los servidores, los derechos de terceros y hasta la tecnología utilizada para proteger la información.
Hay datos cifrados de extremo a extremo a los que ni siquiera la empresa que presta el servicio puede acceder.
Morir no rompe el cifrado.

¿Y si alguien decide que sigamos vivos?
El problema comienza a crecer todavía más.
Fotografías, videos, audios, mensajes y publicaciones pueden proporcionar material suficiente para reconstruir digitalmente rasgos de una persona fallecida mediante inteligencia artificial.
El Congreso federal ya tiene una iniciativa que plantea regular precisamente la recreación algorítmica post mortem y colocar la voluntad de la persona frente a la posibilidad tecnológica de reproducir su imagen, voz o identidad después de morir.
Eso abre otra pregunta:
¿puede una familia autorizar que una inteligencia artificial haga hablar nuevamente a alguien que nunca dio permiso para hacerlo?
Esa discusión merece su propia historia.
Pero demuestra hasta dónde llegó el problema.
Durante siglos nos preocupamos por decidir quién recibiría nuestras cosas.
Ahora tendremos que decidir también qué versión de nosotros puede permanecer encendida.
La iniciativa de la Ciudad de México apenas comienza su camino legislativo y puede cambiar, aprobarse o quedarse en una comisión.
Pero la pregunta que plantea ya existe.
Tenemos testamento para repartir una casa.
Podemos designar beneficiarios para una cuenta bancaria.
Decidimos incluso qué queremos que ocurra con nuestro cuerpo.
Quizá ha llegado el momento de preguntarnos también qué queremos hacer con ese otro lugar donde llevamos años viviendo.
Internet.
Porque morirse ya no basta para desaparecer.
