El INEGI encontró que casi ocho de cada diez mexicanos alfabetizados leen libros, periódicos, historietas o contenidos de internet. Sin embargo, la cifra no significa que todos lean habitualmente ni que comprendan lo que leen. La nueva medición también revela una brecha educativa y obliga a revisar una vieja creencia: que México es simplemente un país que no lee.
México tiene fama de ser un país que lee poco, pero las estadísticas más recientes cuentan una historia bastante más complicada que esa sentencia.
El Módulo sobre Lectura del INEGI encontró que 79.1% de las personas alfabetizadas de 12 años y más leyó alguno de los materiales investigados.
La cifra equivale a casi ocho de cada diez personas, aunque sería un error interpretarla como si todas hubieran leído libros completos.
La medición incluye publicaciones impresas y digitales, desde novelas hasta historietas, periódicos, revistas y contenidos de páginas de internet, foros o blogs.
El hallazgo obliga a cambiar la pregunta habitual. En lugar de preguntar solamente cuántos mexicanos leen, conviene investigar qué leen, cuánto y bajo qué condiciones.
La cifra más reciente tiene una advertencia importante
Los resultados corresponden al Módulo sobre Lectura 2025, publicado el 18 de noviembre de ese año, y constituyen la última edición disponible para este análisis.
El siguiente levantamiento tiene prevista su publicación en noviembre de 2026, por lo que todavía no es posible conocer si las cifras mejoraron este año.
Además, el INEGI modificó profundamente su medición en 2025, ampliando la cobertura geográfica y la población estudiada para ofrecer resultados nacionales.
Hasta 2024, la encuesta se concentraba en personas de 18 años y más de determinadas ciudades; ahora incluye adolescentes desde los 12 años.
Por esa razón, comparar directamente los porcentajes de 2024 y 2025 produciría una conclusión engañosa sobre el supuesto crecimiento de la lectura.
No puede afirmarse que México comenzó a leer mucho más de un año para otro cuando también cambiaron las personas incluidas en la encuesta.
Los libros siguen teniendo lectores
El dato más interesante aparece al separar los materiales. El 62.5% de la población alfabeta de 12 años y más declaró haber leído libros.
La proporción supera a quienes leyeron páginas de internet, foros o blogs, que representaron 45.7% de la población considerada en el estudio.
Después aparecen las revistas, con 29.6%; los periódicos, con 24.8%; y las historietas, cómics o mangas, con 20.9%.
Estos porcentajes no deben sumarse, porque una misma persona puede leer varios materiales y aparecer simultáneamente en diferentes categorías.
Tampoco permiten afirmar que los libros hayan recuperado terreno frente a años anteriores, debido al cambio metodológico introducido por el instituto.
Lo que sí muestran es que la lectura de libros mantiene una presencia considerable, incluso cuando buena parte de la conversación pública gira alrededor de las pantallas.
La juventud lee más de lo que suele reconocerse
El grupo de 12 a 24 años registró el porcentaje más alto de lectores, con 89.1%, según los resultados del nuevo estudio nacional.
Entre las personas de 25 a 39 años, la proporción alcanzó 85.7%, mientras entre quienes tienen de 40 a 59 años fue de 74.2%.
Las cifras contradicen la idea de que los jóvenes abandonaron por completo la lectura debido a los teléfonos celulares y las plataformas digitales.
Pero tampoco permiten concluir que leen mejor, comprenden más o dedican suficiente tiempo a textos extensos, porque esas preguntas requieren indicadores adicionales.
El resultado confirma que la lectura sigue presente entre las generaciones jóvenes, aunque sus materiales y formas de acceso pueden ser distintos.
La verdadera brecha aparece cuando entra la escolaridad
La diferencia más reveladora no está entre hombres y mujeres, sino entre quienes tuvieron distintas oportunidades de permanecer dentro del sistema educativo.
Entre las personas alfabetizadas con educación básica incompleta, solamente 66.2% declaró leer alguno de los materiales considerados por el INEGI.
La proporción subió a 72.6% entre quienes terminaron la educación básica y a 85.2% entre quienes alcanzaron la educación media superior.
En cambio, entre las personas con algún grado aprobado de educación superior, el porcentaje de lectores llegó a 93.8%.
La distancia entre los extremos alcanza 27.6 puntos porcentuales, una diferencia demasiado grande para explicar la lectura únicamente mediante preferencias personales.
El dato no demuestra que estudiar más provoque automáticamente mejores hábitos lectores, pero sí muestra una relación importante entre escolaridad y práctica de lectura.
Las redes sociales tienen sus propias cifras
El INEGI identificó que 83.5 millones de personas alfabetizadas de 12 años y más declararon leer contenidos en redes sociales.
De ese grupo, 83.8% también leyó libros, revistas, periódicos, historietas o páginas de internet, mientras 16.2% se limitó a las redes sociales.
Esto último equivale aproximadamente a 13.5 millones de personas que declararon leer publicaciones en redes, pero ninguno de los otros materiales investigados.
La distinción importa porque el instituto no incorpora a quienes leen exclusivamente redes sociales dentro del indicador principal de lectores de materiales MOLEC.
Tampoco sería correcto afirmar que leer mensajes de WhatsApp equivale, por sí mismo, a desarrollar las mismas habilidades que exige comprender un libro.
La lectura digital merece estudiarse sin desprecio, pero también sin convertir cualquier contacto con palabras escritas en prueba de una formación lectora sólida.
Leer no significa necesariamente comprender
El estudio también preguntó a los participantes cuánto consideraban comprender de los materiales que leen, una dimensión distinta de la frecuencia de lectura.
Siete de cada diez lectores afirmaron entender la mayor parte o la totalidad de los contenidos, mientras otros reconocieron dificultades de comprensión.
Sin embargo, esas respuestas describen una percepción personal, no el resultado de una prueba que mida objetivamente las habilidades de cada participante.
Por eso, el porcentaje de población lectora no debe utilizarse para afirmar que México resolvió sus problemas de comprensión de textos.
La diferencia es fundamental para la política educativa: fomentar la lectura y mejorar la comprensión son objetivos relacionados, pero no idénticos.
El libro impreso conserva una ventaja inesperada
Entre quienes declararon leer libros, 81.3% utilizó ejemplares impresos y 33.3% recurrió al formato digital, de acuerdo con el INEGI.
Los porcentajes pueden superar conjuntamente el 100% porque una misma persona pudo haber leído tanto libros físicos como electrónicos durante el periodo.
El resultado muestra que el libro de papel conserva una presencia importante, incluso en un entorno donde buena parte de la información circula digitalmente.
También cuestiona la idea de que promover la lectura consiste exclusivamente en desarrollar aplicaciones, plataformas o bibliotecas electrónicas.
Las herramientas digitales pueden ampliar el acceso, pero no sustituyen automáticamente los espacios, materiales y condiciones que favorecen la lectura habitual.
El dinero también entra en la historia
El 38% de quienes leyeron libros declaró haberlos obtenido mediante regalos o préstamos, mientras 33% compró ejemplares nuevos.
Otro 23% consiguió libros mediante descargas gratuitas, lo que confirma la importancia de las distintas vías de acceso a materiales de lectura.
Estas cifras no permiten calcular cuánto dinero gastan los lectores ni demostrar que el precio sea el principal obstáculo para comprar libros.
Pero sí muestran que prestar, regalar y compartir ejemplares ocupa un lugar relevante en la manera en que los mexicanos consiguen sus lecturas.
Las bibliotecas, las escuelas y los espacios comunitarios pueden aprovechar esa disposición para acercar materiales sin depender exclusivamente de la capacidad de compra.
Quienes no leen también tienen algo que decir
El 20.9% de la población alfabeta de 12 años y más no declaró leer ninguno de los cinco tipos de materiales incluidos en el indicador.
Entre esas personas, 34.6% señaló la falta de interés, motivación o gusto como principal motivo para no leer.
Otro 32.4% mencionó la falta de tiempo y 16.4% atribuyó su situación a problemas de salud.
La falta de interés suele presentarse como un defecto individual, aunque la encuesta no permite establecer por sí sola cómo se formó esa relación con la lectura.
En cambio, la falta de tiempo recuerda que los hábitos culturales también dependen de las condiciones de trabajo, traslado y organización de la vida cotidiana.
Una política pública que solamente recomiende leer más corre el riesgo de ignorar las dificultades que las propias personas identifican.
México necesita otra manera de discutir la lectura
El Programa Sectorial de Educación 2025-2030 plantea fomentar comunidades lectoras y promover actividades colectivas alrededor de los libros y otros materiales.
La intención puede responder a necesidades reales, pero sus resultados deberán evaluarse mediante indicadores que permitan distinguir participación, frecuencia y comprensión.
También convendría medir si las oportunidades de lectura mejoran entre quienes tienen menor escolaridad y en comunidades con acceso limitado a materiales.
El cambio metodológico del INEGI ofrece una base nacional más amplia, aunque obliga a esperar nuevos levantamientos antes de identificar tendencias comparables.
La publicación prevista para noviembre de 2026 permitirá comenzar a observar si los hábitos registrados en 2025 se mantienen o experimentan cambios.
Hasta entonces, las cifras disponibles permiten identificar diferencias importantes, pero no sostener que exista una recuperación reciente de la lectura.
El problema no es solamente cuántos libros abrimos
La vieja frase de que México no lee resulta demasiado simple para describir a una población que consume materiales escritos de maneras muy diferentes.
Los datos muestran lectores de libros, periódicos, historietas y contenidos digitales, pero también diferencias profundas relacionadas con la trayectoria educativa.
Una estrategia de lectura tendría que reconocer esa diversidad sin confundir cantidad de lectores con comprensión, formación cultural o igualdad de oportunidades.
México sí lee. La pregunta más importante es por qué las posibilidades de hacerlo siguen siendo tan distintas según la educación que recibió cada persona.
