Andrés Manuel López Obrador prometió un sistema de salud como el de Dinamarca, incluso mejor. La comparación con datos internacionales revela una distancia enorme en inversión, personal médico y acceso a servicios. El problema no termina en cuánto dinero se gasta: también importa quién puede recibir atención y cuánto debe pagar para conseguirla.
La promesa de convertir el sistema mexicano de salud en uno comparable con el de Dinamarca dejó una pregunta que sigue vigente después del sexenio de López Obrador.
Si México todavía no es Dinamarca, ¿qué sistema tiene realmente y qué tan lejos se encuentra del modelo que el expresidente utilizó como referencia?
La respuesta exige revisar indicadores verificables, pero también distinguir entre los servicios públicos disponibles, la cobertura de la población y los gastos que enfrentan las familias.
Dinamarca no es solamente un país que gasta más
El sistema danés ofrece cobertura sanitaria universal a sus residentes mediante un esquema financiado principalmente con impuestos, administrado por autoridades nacionales, regionales y municipales.
Los servicios de atención primaria funcionan alrededor de médicos generales que orientan a los pacientes y, cuando corresponde, los envían a hospitales o especialistas.
No significa que todos los tratamientos sean gratuitos ni que desaparezcan las listas de espera, pero la atención esencial está organizada bajo una cobertura común.
México funciona de manera distinta porque la institución que atiende a cada persona depende, en buena medida, de su situación laboral y afiliación.
El IMSS, el ISSSTE, los servicios estatales y el IMSS-Bienestar forman parte de un entramado que todavía no opera como un sistema plenamente integrado.
Esa fragmentación provoca diferencias de acceso, infraestructura y disponibilidad de servicios, incluso entre personas que viven en una misma ciudad.
La diferencia empieza en el presupuesto
Los indicadores de la OCDE publicados en 2025 muestran que México destinó a salud aproximadamente 5.9% de su producto interno bruto, frente a 9.3% del promedio de la organización.
Dinamarca se ubica por encima de ese promedio, con un gasto sanitario cercano a una décima parte de su economía, según los indicadores comparables de la OCDE.
Pero el contraste más revelador aparece cuando se calcula cuánto dinero corresponde a cada habitante y se ajustan las diferencias de precios entre países.
México registró un gasto sanitario de 1,588 dólares internacionales por persona, mientras el promedio de la OCDE alcanzó 5,967 dólares.
Dinamarca destina varias veces esa cantidad, lo que le permite sostener una red de servicios y personal considerablemente más amplia.
La diferencia no implica que cada dólar adicional produzca automáticamente mejores resultados, pero establece una limitación material que ningún discurso puede eliminar.
También faltan médicos y enfermeras
México registró 2.7 médicos por cada mil habitantes, frente a 3.9 en el promedio de los países integrantes de la OCDE.
La brecha es todavía mayor en enfermería: tres profesionales por cada mil habitantes en México, contra 9.2 del promedio de la organización.
Dinamarca dispone de una dotación de personal de enfermería mucho más elevada, fundamental para sostener hospitales, atención comunitaria y cuidados de largo plazo.
Estas diferencias ayudan a explicar por qué ampliar la cobertura en documentos oficiales no garantiza que exista personal suficiente para atender a todos los pacientes.
Un hospital puede tener instalaciones, equipos y presupuesto, pero necesita trabajadores disponibles para mantener consultas, cirugías y servicios de urgencias.
El reto mexicano incluye formar más profesionales, distribuirlos mejor y ofrecer condiciones laborales que permitan conservarlos donde más se necesitan.
Dinamarca tiene más camas pero tampoco encabeza todas las estadísticas
La diferencia en infraestructura también es importante. México cuenta con una cama hospitalaria por cada mil habitantes, mientras Dinamarca dispone de 2.3.
Aunque Dinamarca supera ampliamente a México, su cifra está por debajo del promedio de la OCDE, que alcanza 4.2 camas por cada mil personas.
El dato obliga a evitar una conclusión demasiado simple: un buen sistema sanitario no se mide exclusivamente por la cantidad de camas disponibles.
Importan también la atención preventiva, la capacidad de resolver enfermedades fuera del hospital y la coordinación entre médicos generales, especialistas y centros hospitalarios.
Dinamarca ha organizado buena parte de su sistema alrededor de esa coordinación, mientras México enfrenta dificultades adicionales por la separación entre instituciones.
La comparación directa muestra una distancia de cuatro a uno
El informe Panorama de la Salud 2025, publicado por la OCDE en noviembre de 2025, permite comparar ambos países con una metodología común.
| Indicador | México | Dinamarca |
|---|---|---|
| Gasto en salud por habitante, dólares ajustados por poder adquisitivo | 1,588 | 7,071 |
| Gasto en salud como porcentaje del PIB | 5.9% | 9.4% |
| Médicos por cada mil habitantes | 2.7 | 4.5 |
| Enfermeras por cada mil habitantes | 3.0 | 10.5 |
| Camas hospitalarias por cada mil habitantes | 1.0 | 2.3 |
| Esperanza de vida | 75.5 años | 81.8 años |
| Muertes tratables por cada 100 mil habitantes | 175 | 55 |
| Población cubierta por servicios sanitarios esenciales | 78% | 100% |
Las cifras corresponden a los últimos años disponibles para cada indicador dentro de la edición 2025; no todas describen exactamente el mismo año calendario.
Dinamarca gasta aproximadamente 4.5 veces más por habitante, cuenta con 3.5 veces más enfermeras y registra una esperanza de vida 6.3 años mayor.
La diferencia más preocupante aparece en las muertes tratables, porque México registra más del triple de fallecimientos que podrían evitarse mediante atención sanitaria oportuna y eficaz.
Estas comparaciones no prueban que cada fallecimiento sea consecuencia directa de una falla hospitalaria, pero muestran una desigualdad considerable en los resultados de ambos sistemas.
La promesa tropieza con una palabra decisiva: cobertura
La OCDE estima que 78% de la población mexicana está cubierta por un conjunto básico de servicios de salud, frente al 100% de Dinamarca.
Este indicador no debe confundirse con tener una credencial, estar registrado en una institución o haber recibido alguna consulta durante el año.
La cobertura busca medir si las personas cuentan con acceso reconocido a determinados servicios esenciales, independientemente de que finalmente necesiten utilizarlos.
En Dinamarca, la atención sanitaria está organizada como un derecho general de residencia; en México, las rutas de acceso siguen dependiendo de diferentes instituciones.
El resultado es un sistema donde dos pacientes con necesidades similares pueden enfrentar procedimientos, tiempos de atención y posibilidades de referencia muy distintos.
El dinero que sale del bolsillo revela otra diferencia
La cobertura también puede evaluarse preguntando quién termina pagando cuando una persona necesita medicamentos, estudios, consultas o tratamientos.
En Dinamarca, aproximadamente 83% del gasto sanitario se financia mediante mecanismos obligatorios de pago anticipado, principalmente de carácter público.
Eso reduce la dependencia de pagos realizados directamente por los pacientes cuando necesitan atención, aunque no elimina todos los gastos particulares.
En México, el gasto de bolsillo continúa siendo un componente importante del financiamiento sanitario y una carga especialmente difícil para hogares de menores ingresos.
Cuando una familia debe comprar medicamentos o pagar una consulta privada porque no consiguió atención pública, el costo sanitario compite con otras necesidades.
Por eso, comparar presupuestos gubernamentales sin examinar cuánto pagan directamente los pacientes ofrece una imagen incompleta del funcionamiento real del sistema.
La distancia más grave se mide en vidas
La esperanza de vida en México es de 75.5 años, mientras Dinamarca alcanza 81.8, de acuerdo con los indicadores comparables de la OCDE.
La diferencia de 6.3 años no puede atribuirse únicamente a hospitales, porque también intervienen ingresos, alimentación, violencia, contaminación y condiciones de vida.
Sin embargo, las muertes por enfermedades tratables ofrecen una señal más directa sobre la capacidad de respuesta de los servicios médicos.
México registra 175 fallecimientos tratables por cada 100 mil habitantes, frente a 55 en Dinamarca, una distancia que exige atención política y sanitaria.
El indicador considera enfermedades y padecimientos cuya mortalidad puede reducirse mediante diagnósticos oportunos, tratamientos eficaces y servicios médicos accesibles.
No mide todas las muertes evitables ni permite responsabilizar automáticamente a un gobierno concreto, pero ayuda a comparar el desempeño sanitario entre países.
El problema no comenzó con López Obrador ni terminó con él
La fragmentación institucional, las desigualdades regionales y la falta de personal sanitario son problemas acumulados durante décadas, bajo gobiernos de diferentes partidos.
López Obrador prometió transformar esa realidad y utilizó repetidamente a Dinamarca como referencia para explicar el nivel de atención que pretendía alcanzar.
Durante su administración desapareció el Seguro Popular, se creó el Insabi y posteriormente se impulsó la transferencia de servicios al IMSS-Bienestar.
Esos cambios modificaron la organización institucional, pero no eliminaron las diferencias de acceso que todavía muestran las estadísticas internacionales.
La administración de Claudia Sheinbaum heredó tanto la estructura resultante de esas decisiones como el compromiso político de ampliar los servicios públicos.
La evaluación de su desempeño requerirá revisar avances concretos en cobertura, abasto, personal, infraestructura y atención efectiva, no solamente anuncios de reorganización.
¿Entonces qué somos si no somos Dinamarca?
México tiene un sistema de salud mixto, fragmentado y desigual, con instituciones públicas importantes que atienden a millones de personas, pero sin cobertura plenamente universal.
Dispone de hospitales especializados, personal altamente capacitado y programas de atención que funcionan, aunque esos recursos no están distribuidos de manera uniforme.
También mantiene una dependencia considerable del gasto privado, especialmente cuando los pacientes no encuentran oportunamente consultas, medicamentos o estudios en instituciones públicas.
No es un sistema inexistente ni puede describirse simplemente como un fracaso absoluto, porque ofrece servicios esenciales y resuelve diariamente numerosas necesidades sanitarias.
Pero tampoco corresponde al modelo universal danés que fue presentado como horizonte político, especialmente por sus diferencias de financiamiento, cobertura y resultados.
La comparación revela que México no enfrenta solamente un problema de administración, sino una brecha estructural de recursos, organización y acceso efectivo.
La siguiente promesa debería tener indicadores verificables
Dinamarca ofrece una referencia útil, pero copiar su nombre no permite reproducir automáticamente un sistema construido con instituciones, financiamiento y condiciones sociales diferentes.
México necesita establecer metas públicas que puedan revisarse periódicamente y que permitan identificar mejoras reales en la experiencia de los pacientes.
Entre ellas destacan ampliar la cobertura efectiva, reducir las muertes tratables, aumentar el personal sanitario y disminuir los pagos directos de las familias.
También será necesario transparentar resultados por institución y entidad federativa, porque los promedios nacionales pueden ocultar desigualdades profundas entre regiones.
La discusión debería pasar de las comparaciones presidenciales a compromisos medibles, con fechas, presupuestos y responsables claramente identificados.
México no necesita convertirse literalmente en Dinamarca. Necesita conseguir que una enfermedad no se vuelva más peligrosa por el lugar donde vive el paciente, la institución que le corresponde o el dinero que tiene disponible.
