Después de 17 años, el creador de Star Wars abrió en Los Ángeles un museo donde cómics, pintura, cine, ilustración y cultura popular dejaron de pedir permiso para compartir pared.
Imagine entrar en un museo donde Frida Kahlo puede encontrarse cerca de Batman, los perros que juegan póquer tienen permiso de entrada y Yoda espera afuera.
No es una convención de cómics después de beber demasiado. Es el Lucas Museum of Narrative Art, inaugurado esta semana en Exposition Park, Los Ángeles.
George Lucas y Mellody Hobson tardaron 17 años en convertir aquella idea en edificio. La inversión reportada ronda los mil millones de dólares y el resultado parece aterrizado.
El inmueble diseñado por Ma Yansong, fundador del despacho MAD, ocupa aproximadamente 300 mil pies cuadrados y prácticamente renuncia a las líneas rectas en su envolvente exterior.
Debajo de aquella enorme forma curva aparecen más de 100 mil pies cuadrados de exhibición, repartidos entre más de treinta galerías dedicadas a una pregunta engañosamente sencilla.
¿Por qué unas imágenes merecen museo y otras no?
Lucas lleva buena parte de su vida coleccionando aquello que tradicionalmente quedó varios escalones debajo de la llamada alta cultura: ilustraciones, historietas, carteles y objetos cinematográficos.
Su museo decidió eliminar esa escalera.
Frida, Batman y los perros que juegan póquer
La colección inaugural reúne más de 1,300 obras. Puede pasar de Artemisia Gentileschi a Norman Rockwell, Frida Kahlo, Robert Crumb, ilustración infantil, cómic y materiales cinematográficos.
Entre las piezas mexicanas destaca un raro autorretrato de Frida Kahlo de 1940, dedicado a su médico y amigo Leo Eloesser, una de las obras estelares del recorrido.
Y entonces ocurre algo que probablemente haría discutir durante horas a cualquier facultad de historia del arte: cerca puede aparecer un traje cinematográfico de Batman.
También está “Poker Game”, de Cassius Marcellus Coolidge, integrante de la célebre serie de pinturas donde unos perros perfectamente serios juegan cartas como caballeros respetables.
Durante décadas aquellas imágenes fueron reproducidas en calendarios, anuncios, pósteres y objetos domésticos. Aquí esa popularidad no las descalifica automáticamente como material digno de observarse.
El museo propone precisamente eso: las imágenes que millones de personas reconocen, recuerdan y reproducen también cuentan algo sobre las sociedades que las convirtieron en populares.
Y por supuesto está Star Wars
Pretender que George Lucas construyó semejante edificio para esconder Star Wars sería absurdo. La galaxia que lo convirtió en figura cultural gigantesca tiene una presencia considerable.
La exposición inaugural “Star Wars in Motion” reúne vehículos, utilería, vestuario, ilustraciones y diseños procedentes de las primeras seis películas concebidas bajo la dirección creativa de Lucas.
Puede verse desde el Landspeeder de Luke Skywalker hasta la primera construcción física de la Wheel Bike utilizada por el general Grievous en “Revenge of the Sith”.
Un caza estelar Naboo aparece suspendido dentro de la biblioteca, como si alguien hubiera estacionado una nave espacial entre libros y posteriormente hubiera perdido las llaves.
Afuera continúa la conversación. Entre las esculturas del parque aparecen la princesa Leia escapando de Jabba y una pieza donde Yoda conoce al pequeño Grogu.
Yoda, por cierto, comparte espacio exterior con Fernando Botero, una representación de Emiliano Zapata y una escultura dedicada a Rosie the Riveter.
Exactamente ése es el punto.
Un museo para imágenes que ya vivían con nosotros
Lucas y Hobson llaman a este territorio arte narrativo. La definición permite recorrer desde imágenes antiquísimas hasta ilustración, pintura, fotografía, historieta, murales y cine contemporáneo.
La colección permanente supera las 40 mil obras y también incorpora los archivos completos de Lucas correspondientes al periodo comprendido entre 1971 y 2012.
Hay dos salas cinematográficas con proyecciones continuas, biblioteca de investigación gratuita, espacios educativos, jardines, esculturas públicas y hasta un restaurante inevitablemente bautizado Skywalker Grill.
El campus ocupa 13 acres en Exposition Park. El edificio se levanta parcialmente sobre el terreno, dejando debajo una plaza pública atravesada por un enorme arco central.
Su forma ya parece pertenecer al universo que pretende explicar: algo entre nube, nave espacial y criatura arquitectónica que decidió estacionarse frente a Los Ángeles.
Pero el experimento verdaderamente interesante ocurre adentro.
Los museos ayudaron durante siglos a decidir qué debía conservarse, estudiarse y admirarse. George Lucas acaba de construir uno preguntando qué dejamos afuera mientras tomábamos aquella decisión.
Un cómic puede explicar una época. Una ilustración publicitaria puede revelar nuestros deseos. Una película puede fabricar mitología y unos perros jugando póquer pueden instalarse durante generaciones en nuestra memoria colectiva.
Nada de eso convierte automáticamente cualquier objeto popular en una obra maestra.
Simplemente obliga a hacer una pregunta bastante más divertida.
Si una imagen consiguió acompañar a millones de personas, provocar emociones, construir personajes y sobrevivir durante décadas, ¿por qué fingir que culturalmente nunca estuvo ahí?
En Los Ángeles ya existe un edificio enorme dedicado a discutirlo.
Frida entró por una puerta.
Yoda por otra.
Ahora tendrán que aprender a compartir museo.
