México necesita que sus jóvenes trabajen, estudien, emprendan, participen en política y sostengan las pensiones de las generaciones anteriores. Les exige prepararse para un mundo que cambia constantemente, pero no siempre les ofrece las condiciones para construir una vida independiente. La contradicción es profunda: hablamos de ellos como el futuro del país mientras aplazamos sus posibilidades de decidir sobre el presente.
Hay una frase que los adultos repiten con admirable entusiasmo: los jóvenes son el futuro. Parece un elogio, pero también puede funcionar como una despedida.
El futuro es ese lugar donde supuestamente podrán conseguir buenos empleos, comprar una vivienda, formar una familia y tomar las decisiones importantes de su sociedad.
Mientras llega, deben estudiar, acumular experiencia, demostrar paciencia y escuchar los consejos de quienes ya tuvieron oportunidad de construir sus propias vidas.
El problema es que nadie puede vivir eternamente esperando. La juventud no es una sala de espera donde las personas permanecen hasta recibir autorización para existir.
Y México parece haber construido una relación especialmente contradictoria con sus nuevas generaciones: necesita su energía, pero frecuentemente desconfía de su capacidad para decidir.
La generación que debe demostrarlo todo
A los veinte años, una persona puede votar, trabajar, pagar impuestos, contratar deudas y asumir responsabilidades legales que tendrán consecuencias durante décadas.
Sin embargo, cuando busca un empleo estable, frecuentemente descubre que necesita experiencia previa. Cuando intenta independizarse, encuentra viviendas fuera de su alcance económico.
Y cuando expresa opiniones políticas, puede escuchar que todavía le falta conocer el mundo antes de comprender cómo funcionan realmente las cosas.
La contradicción es evidente: la sociedad reconoce jurídicamente la mayoría de edad, pero muchas veces condiciona el reconocimiento social de la adultez.
No se trata de negar el valor de la experiencia. Se trata de preguntar cuándo deja de ser una herramienta para enseñar y comienza a utilizarse para excluir.
La educación mejora pero la puerta del empleo sigue siendo estrecha
La OCDE publicó en octubre de 2026 un diagnóstico que permite medir parte de esta contradicción sin recurrir a impresiones sobre la juventud mexicana.
En 2025, el 19% de los mexicanos de entre 18 y 24 años no estudiaba, no trabajaba ni participaba en programas de formación.
La proporción había disminuido desde el 23% registrado en 2015. Es un avance real que sería injusto ignorar al evaluar las políticas educativas y laborales.
Sin embargo, el promedio comparable de la OCDE fue de aproximadamente 13%. México había mejorado, pero todavía mantenía una distancia importante frente a otros países.
El contraste resulta todavía más revelador entre quienes tienen de 25 a 29 años: aproximadamente 24% se encontraba fuera del empleo, la educación y la capacitación.
Esa edad debería representar, para muchas personas, el comienzo de una trayectoria laboral relativamente estable. En cambio, una parte considerable permanece sin incorporarse.
La categoría estadística exige cuidado. No significa que todas esas personas estén desempleadas, sean improductivas o hayan decidido permanecer voluntariamente fuera del mercado laboral.
Algunas realizan tareas domésticas o de cuidados sin remuneración. Otras enfrentan problemas de salud, responsabilidades familiares o dificultades para encontrar oportunidades adecuadas.
Reducirlas a una etiqueta despectiva significa confundir una situación económica con un defecto personal, justamente cuando necesitamos comprender las causas del problema.
La desigualdad también tiene edad y género
El mismo informe de la OCDE revela una diferencia particularmente incómoda: entre los mexicanos de 18 a 24 años, las mujeres enfrentan mayores dificultades de incorporación.
En 2025, aproximadamente 28.9% de las mujeres de ese grupo no estudiaba ni tenía empleo remunerado, frente a 9.6% de los hombres.
No podemos atribuir toda esa diferencia exclusivamente a la discriminación laboral. También intervienen responsabilidades familiares, maternidad, cuidados y decisiones personales condicionadas por el entorno.
Pero tampoco sería razonable presentar esas decisiones como completamente libres cuando las oportunidades disponibles y las expectativas sociales son tan distintas para mujeres y hombres.
Una joven puede abandonar sus estudios para cuidar familiares mientras su hermano continúa preparándose. Ambos estarán haciendo algo útil, pero recibirán oportunidades diferentes.
La sociedad obtiene cuidados indispensables sin pagar necesariamente por ellos, mientras la persona que los proporciona puede perder experiencia laboral, ingresos y autonomía económica.
Aquí aparece una contradicción generacional especialmente cruel: pedimos a las mujeres jóvenes que construyan su futuro mientras muchas deben sostener el presente de otros.
La OIT advierte que el problema ya es mundial
En agosto de 2026, la Organización Internacional del Trabajo publicó Tendencias mundiales del empleo juvenil 2026, un estudio sobre las dificultades de incorporación laboral.
El organismo calculó que 67 millones de personas de entre 15 y 24 años estaban desempleadas en el mundo durante 2025.
La tasa mundial de desempleo juvenil alcanzó 12.4%, en un contexto marcado por crecimiento económico débil, tensiones internacionales y cambios tecnológicos.
Son cifras globales y no deben confundirse con las mexicanas. Su importancia consiste en mostrar que la transición hacia la adultez enfrenta obstáculos internacionales.
La OIT también advirtió que la inteligencia artificial puede modificar las oportunidades laborales de entrada, especialmente en ocupaciones donde los jóvenes suelen comenzar.
Su propuesta no consiste en detener la tecnología, sino en fortalecer la capacitación, la protección social y las posibilidades de adquirir experiencia profesional.
El dilema resulta conocido: las empresas necesitan trabajadores preparados, pero alguien debe ofrecerles oportunidades para desarrollar precisamente la experiencia que todavía no tienen.
La inteligencia artificial también está cambiando las reglas del primer empleo
Durante décadas, muchas profesiones ofrecieron una ruta relativamente clara: comenzar con tareas sencillas, aprender de compañeros experimentados y asumir responsabilidades progresivamente mayores.
Ahora algunas de esas tareas pueden automatizarse. La inteligencia artificial redacta documentos, organiza información, programa funciones básicas y resuelve operaciones administrativas.
Eso no significa que los empleos iniciales vayan a desaparecer completamente. Significa que las empresas pueden modificar la manera de contratar y formar trabajadores.
El riesgo es construir un mercado que exige experiencia mientras reduce las oportunidades para conseguirla. Una escalera laboral necesita peldaños inferiores para funcionar.
También existen oportunidades nuevas. Las personas jóvenes pueden adaptarse rápidamente a herramientas digitales, desarrollar habilidades y crear actividades que antes resultaban inaccesibles.
Pero utilizar una aplicación no equivale automáticamente a contar con formación profesional, infraestructura tecnológica o acceso a empleadores dispuestos a contratar.
La pregunta relevante no es si los jóvenes dominan mejor las pantallas, sino si tendrán posibilidades reales de convertir ese conocimiento en una vida independiente.
La vivienda convierte la independencia en un problema económico
Durante mucho tiempo, abandonar la casa familiar fue considerado uno de los pasos habituales hacia la adultez. Hoy esa decisión puede requerir recursos difíciles de reunir.
La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024, publicada por el INEGI en julio de 2025, muestra profundas diferencias económicas entre familias mexicanas.
Pero sería incorrecto utilizar sus promedios nacionales para afirmar cuánto puede pagar de renta cualquier joven de Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara.
La independencia depende de ingresos individuales, apoyos familiares, disponibilidad de vivienda, costos de transporte y oportunidades laborales específicas de cada localidad.
Por eso, vivir con los padres a los veinticinco o treinta años no demuestra necesariamente inmadurez, comodidad ni falta de aspiraciones personales.
Puede representar una decisión económica racional. Compartir gastos permite ahorrar, estudiar, emprender o enfrentar periodos de inestabilidad sin asumir deudas excesivas.
También puede expresar una preferencia familiar legítima. No todas las culturas ni todos los hogares consideran deseable abandonar la vivienda paterna a determinada edad.
El problema aparece cuando permanecer deja de ser una elección y se convierte en la única alternativa para quien quisiera construir un hogar independiente.
Los adultos tampoco tuvieron una vida sencilla
Aquí conviene desconfiar de una explicación demasiado cómoda: la idea de que las generaciones anteriores recibieron todo fácilmente y ahora se niegan a compartirlo.
Muchos adultos mexicanos atravesaron crisis económicas, devaluaciones, desempleo, inflación elevada y periodos en los que comprar una vivienda también representaba enormes sacrificios.
La generación que comenzó a trabajar durante la crisis de 1994, por ejemplo, conoció una incertidumbre económica que difícilmente puede describirse como privilegio generalizado.
Además, las condiciones actuales ofrecen ventajas que antes no existían: mayor acceso a información, nuevas herramientas de aprendizaje y posibilidades de trabajo a distancia.
Sería absurdo negar esos avances. También sería equivocado utilizarlos para asegurar que las dificultades de las generaciones jóvenes son simplemente imaginarias.
Cada generación enfrenta obstáculos diferentes. La discusión importante consiste en identificar cuáles pueden corregirse mediante políticas públicas y cuáles responden a decisiones individuales.
Convertir el conflicto en una guerra entre jóvenes perezosos y adultos egoístas solamente beneficia a quienes prefieren no discutir las condiciones económicas reales.
La política los quiere entusiasmados pero no necesariamente decidiendo
Los partidos políticos suelen dedicar una parte considerable de sus discursos a los jóvenes. Prometen escucharlos, incorporarlos y abrirles espacios de participación.
Durante las campañas, su entusiasmo resulta especialmente valioso. Organizan reuniones, difunden mensajes, recorren calles y ayudan a movilizar a otros electores.
Pero participar en una campaña no equivale a tener influencia sobre las decisiones que se toman después de ganar una elección.
Una organización puede presumir miles de militantes jóvenes y mantener sus principales candidaturas, presupuestos y cargos de dirección bajo el control de generaciones anteriores.
Eso no significa que toda persona joven esté preparada para gobernar ni que la edad deba convertirse en el criterio principal para repartir responsabilidades.
La experiencia importa, especialmente cuando se administran recursos públicos o se toman decisiones que afectan los derechos de millones de personas.
Pero tampoco debería utilizarse como una barrera imposible de superar. Si nadie permite adquirir experiencia, siempre habrá razones para seguir negando oportunidades.
La pregunta no es cuántos jóvenes aparecen en las fotografías de campaña, sino cuántos participan efectivamente en la elaboración de propuestas y decisiones.
El desencanto no siempre significa apatía
Cuando una persona joven deja de interesarse por un partido, los dirigentes pueden interpretar su distancia como falta de compromiso con los asuntos públicos.
Sin embargo, rechazar determinadas organizaciones no equivale necesariamente a despreocuparse por la sociedad ni a renunciar a cualquier forma de participación.
El activismo ambiental, las iniciativas comunitarias, las organizaciones estudiantiles y distintas expresiones culturales también pueden representar maneras de intervenir en la vida pública.
No todas esas actividades son democráticas por definición ni están libres de contradicciones. Pero tampoco necesitan parecerse a una estructura partidista para resultar relevantes.
El problema aparece cuando las instituciones solamente reconocen la participación juvenil que pueden organizar, dirigir o convertir en respaldo electoral.
Una sociedad democrática debería aceptar que los jóvenes también tienen derecho a desconfiar de sus representantes, equivocarse políticamente y construir alternativas propias.
La experiencia no debería funcionar como una herencia exclusiva
La filósofa Hannah Arendt reflexionó sobre la responsabilidad que tienen los adultos frente a las generaciones que llegan a un mundo construido antes de su nacimiento.
Su planteamiento permite comprender una obligación que suele perderse entre discursos generacionales: transmitir conocimientos sin impedir que otros transformen lo recibido.
Los adultos conocen instituciones, errores y experiencias que pueden ayudar a quienes comienzan. Pero ese conocimiento no les concede propiedad permanente sobre el futuro.
Los jóvenes, por su parte, pueden identificar problemas que sus mayores han normalizado, aunque también necesitan reconocer límites y aprender de decisiones anteriores.
La relación más provechosa no consiste en sustituir una generación por otra, sino en permitir que ambas participen sin convertir la edad en una descalificación.
Un país que solamente escucha a los mayores corre el riesgo de repetir sus errores. Uno que desprecia toda experiencia anterior puede cometer otros igualmente graves.
La dificultad democrática consiste en compartir responsabilidades sin confundir autoridad con superioridad ni juventud con garantía automática de renovación.
México sí ha avanzado y también debe reconocerlo
La proporción de jóvenes mexicanos de 18 a 24 años fuera del empleo, la educación y la formación disminuyó cuatro puntos porcentuales entre 2015 y 2025.
La OCDE también encontró que el desempleo entre jóvenes con educación superior se redujo de aproximadamente 7% a 4% durante ese periodo.
Son avances importantes. Desmentirlos para construir una historia exclusivamente pesimista sería tan equivocado como utilizar esas mejoras para declarar resueltos los problemas.
El progreso de algunos indicadores puede convivir con dificultades para acceder a vivienda, desigualdad de género y trayectorias laborales todavía inestables.
También debemos reconocer que no existe una juventud mexicana uniforme. Las oportunidades cambian profundamente según territorio, ingresos familiares, escolaridad y responsabilidades personales.
Un universitario con apoyo económico enfrenta desafíos distintos de una joven que trabaja y cuida familiares o de alguien que abandonó la escuela.
Hablar de los jóvenes como si todos compartieran la misma experiencia reproduce justamente el error que pretendemos cuestionar: negar su diversidad y su capacidad individual.
El futuro no debería ser una promesa que siempre se aplaza
México necesita trabajadores preparados, profesionales capaces, emprendedores, científicos, artistas y ciudadanos dispuestos a participar en las decisiones que determinarán su destino colectivo.
Pero ninguna sociedad puede exigir indefinidamente esas contribuciones mientras posterga las condiciones que permiten a las nuevas generaciones desarrollar una vida propia.
La educación debe ofrecer oportunidades reales de aprendizaje. El mercado laboral necesita empleos que permitan adquirir experiencia y construir trayectorias relativamente estables.
La política tiene que abrir espacios de decisión sin convertir la juventud en un adorno de campaña ni la experiencia en una excusa para excluir.
También corresponde a los propios jóvenes asumir responsabilidades, prepararse, reconocer errores y aceptar que la independencia exige decisiones difíciles y compromisos personales.
No sería justo prometerles que todo debe resultar sencillo. Pero tampoco podemos pedirles paciencia infinita frente a obstáculos que las instituciones podrían ayudar a reducir.
La contradicción es que México habla constantemente del futuro de sus jóvenes, pero no siempre parece dispuesto a compartir con ellos las oportunidades del presente.
Y quizá deberíamos dejar de repetir que son la esperanza del mañana para formular una pregunta bastante más exigente sobre lo que hacemos hoy.
Si una persona ya tiene edad suficiente para trabajar, votar, pagar impuestos y responder por sus decisiones, ¿por qué seguimos tratándola como alguien que todavía debe esperar su turno para vivir?
