Nunca habíamos producido tantas fotografías, pero teléfonos, contraseñas, cuentas y formatos pueden convertir nuestros recuerdos digitales en archivos inaccesibles.
Nunca una generación produjo tantas imágenes de sí misma. Pero guardar no significa preservar: teléfonos que dejan de encender, contraseñas olvidadas, formatos obsoletos y cuentas abandonadas pueden convertir el archivo familiar más grande de la historia en una memoria inaccesible.
Alguien abre una caja después de que murió su madre. Dentro encuentra fotografías familiares, sobres amarillentos, algunos negativos y pequeñas anotaciones hechas décadas atrás.
Reconoce inmediatamente a varias personas. Otras necesitan explicación. Voltea una fotografía y encuentra tres palabras escritas con bolígrafo: “Nosotros en Acapulco, 1974”.
En otro cajón aparece un teléfono que también perteneció a su madre. Probablemente contiene muchas más fotografías que toda aquella caja acumulada durante varias décadas.
Lo conecta. Después de unos minutos, la pantalla finalmente despierta y solicita seis números. Nadie en la familia conoce el código necesario para continuar.
La caja contiene menos información. El teléfono podría guardar miles de imágenes, fechas y lugares. Sin embargo, esa tarde la vieja caja consigue contar mucho más.
Ésa es una paradoja de nuestra época. Nunca habíamos fotografiado tanto y probablemente nunca había sido tan complicado explicar cómo heredaremos todas nuestras fotografías.
El papel tampoco es inmortal
Sería cómodo resolver esta historia asegurando que las fotografías impresas sobreviven mientras las digitales desaparecen. La conservación profesional demuestra que esa comparación resulta completamente falsa.
Papel, negativos y diapositivas pueden deteriorarse por humedad, temperatura, luz, hongos, contaminación, adhesivos inadecuados, manipulación, inundaciones, incendios y simplemente por el paso temporal.
México conoce perfectamente esos problemas. La Fototeca Nacional conserva más de un millón de bienes fotográficos y necesita áreas especializadas en conservación, catalogación, investigación y digitalización.
La existencia de semejante infraestructura demuestra algo importante: una fotografía impresa tampoco sobrevive únicamente porque alguien tuvo la prudencia de meterla dentro de una caja.
Pero el papel conserva una ventaja doméstica formidable. Mientras existe físicamente y permanece visible, alguien puede encontrarlo accidentalmente y comprender inmediatamente para qué sirve ese objeto.
Una fotografía puede aparecer mientras vaciamos un armario. No necesita sistema operativo, batería, conexión, suscripción, cable compatible ni programa capaz de interpretar aquello que contiene.
Puede estar deteriorada, amarillenta o rota y continuar mostrando un rostro. Su decadencia material puede ocurrir lentamente mientras la imagen permanece todavía parcialmente disponible para nosotros.
Un archivo digital presenta una fragilidad diferente. Puede conservar cada dato exactamente como fue creado y, aun así, quedar inaccesible porque desapareció la tecnología necesaria para recuperarlo.
Guardar no es preservar
En nuestra conversación cotidiana utilizamos tres verbos como si significaran prácticamente lo mismo: guardar, respaldar y preservar. Para un archivo profesional describen problemas profundamente diferentes.
Guardar significa colocar una fotografía en algún lugar. Respaldar significa conservar otra copia. Preservar exige conseguir que alguien pueda encontrarla, abrirla y comprenderla muchos años después.
Esta última tarea explica por qué los archivos profesionales no compran simplemente enormes discos duros para depositar documentos y esperar tranquilamente a que transcurra un siglo.
La preservación digital requiere revisar integridad, migrar información, sustituir soportes, vigilar formatos, conservar metadatos, mantener sistemas disponibles y anticipar tecnologías que inevitablemente terminarán quedándose obsoletas.
Cualquier adulto suficientemente mayor conserva algún pequeño cementerio tecnológico: disquetes, discos compactos, memorias, teléfonos antiguos, cámaras o computadoras cuyo contenido quizá continúa intacto pero resulta difícil recuperar.
No necesariamente perdimos esos archivos porque alguien pulsara “borrar”. Podemos perderlos porque dejamos pasar demasiados años sin trasladarlos desde una tecnología envejecida hacia otra todavía utilizable.
Una fotografía impresa necesita condiciones para sobrevivir. Una fotografía digital necesita además una cadena de decisiones humanas capaces de acompañarla mientras las tecnologías que la sostienen van cambiando.
La nube tampoco significa para siempre
Entonces apareció una solución aparentemente definitiva. Si teléfonos y discos podían morir, nuestras fotografías podían abandonar esos objetos frágiles y trasladarse hacia algo llamado “la nube”.
El nombre resultó extraordinario. Una nube parece estar en todas partes y en ninguna, suspendida sobre nosotros, alejada de cables, edificios, discos y problemas materiales.
Pero nuestras fotografías digitales siguen almacenadas en infraestructura física, administrada por organizaciones concretas, mediante cuentas sujetas a credenciales, políticas, tecnologías, costos y condiciones determinadas.
Una cuenta comercial puede ofrecer redundancia extraordinaria y resultar mucho más segura que guardar todas las fotografías familiares dentro de un único disco colocado sobre nuestro escritorio.
El problema comienza cuando confundimos esa extraordinaria capacidad técnica con un plan hereditario. Una empresa puede conservar perfectamente nuestros archivos mientras nuestra familia pierde completamente su acceso.
Google contempla actualmente la eliminación de cuentas personales después de periodos prolongados de inactividad, mediante una política que incluye notificaciones previas antes de ejecutar determinadas acciones.
Apple permite designar un contacto para legado, precisamente porque una pregunta inevitable de nuestra vida digital aparece cuando morimos: quién podrá entrar después a nuestros archivos.
Durante generaciones, heredar fotografías significaba abrir cajones, repartir álbumes y discutir quién conservaría determinadas imágenes. Ahora también puede significar administrar permisos, claves y certificados de defunción.
Nuestros abuelos heredaban objetos. Nosotros empezamos a heredar accesos. Y una parte creciente de nuestra memoria familiar dependerá de haber preparado adecuadamente esa transición antes de morir.
Una fotografía puede sobrevivir y perder su memoria
Pero imaginemos que hacemos absolutamente todo bien. Conservamos copias, renovamos dispositivos, mantenemos cuentas accesibles y conseguimos que cada archivo llegue técnicamente intacto hasta nuestros bisnietos.
Todavía falta resolver una pregunta mucho más antigua que cualquier computadora: ¿quiénes son todas esas personas que aparecen mirando hacia la cámara desde nuestras fotografías familiares?
Casi cualquier familia conserva imágenes donde nadie reconoce ya a todos. La fotografía sobrevivió perfectamente, pero murió la última persona capaz de explicar aquello que estaba sucediendo.
Una anotación diminuta puede entonces valer más que cualquier resolución fotográfica: nombres, lugar, fecha y unas cuantas palabras capaces de devolver contexto a una escena silenciosa.
Los archivos profesionales lo saben. Por eso catalogan, describen, clasifican y construyen sistemas de búsqueda. Millones de imágenes sin contexto pueden convertirse simplemente en millones de incógnitas.
El Archivo General de la Nación no solamente digitaliza documentos. Necesita instrumentos descriptivos y metadatos porque preservar información exige conseguir también que alguien pueda localizarla después.
Nuestros teléfonos realizan parte de ese trabajo automáticamente. Registran fechas, dispositivos y, cuando corresponde, ubicaciones; además pueden reconocer rostros, construir álbumes y clasificar objetos mediante algoritmos.
Eso representa una ventaja extraordinaria respecto del álbum tradicional. Podemos localizar entre miles de fotografías determinadas personas, lugares o momentos sin revisar manualmente cada imagen almacenada.
Pero también significa que parte de nuestra memoria depende del sistema utilizado para interpretarla. Conservar los archivos y conservar la capacidad de interrogarlos son problemas relacionados.
La abundancia cambió el problema
Nuestros bisabuelos podían pasar toda su vida dejando unas cuantas decenas de fotografías. Cada disparo consumía película y después implicaba revelado, impresión, dinero y espera.
La fotografía digital eliminó prácticamente ese límite. Podemos hacer veinte imágenes durante un desayuno, cien durante unas vacaciones y miles durante los primeros años de nuestros hijos.
Eso no significa que las fotografías actuales importen menos. Al contrario, fotografiamos compulsivamente ciertos momentos precisamente porque deseamos conservarlos desde todos los ángulos posibles.
Pero la abundancia transforma el problema. Cuando poseemos cantidades gigantescas de imágenes, preservar deja de consistir únicamente en evitar pérdidas y comienza también a exigir selección.
Antes había que conseguir que sobrevivieran veinte fotografías. Ahora debemos conseguir que dentro de veinte mil alguien pueda encontrar aquellas veinte capaces de contar verdaderamente una vida.
Paradójicamente, la inteligencia artificial puede ayudarnos justamente con el problema que la abundancia digital produjo: clasificar, reconocer, relacionar y recuperar imágenes mediante preguntas expresadas naturalmente.
El archivo familiar del futuro quizá no estará perfectamente ordenado en álbumes. Puede convertirse en una colección gigantesca a la que nuestros descendientes simplemente aprenderán a formular preguntas.
“Muéstrame fotografías de mi abuela cuando era joven” podría sustituir algún día la experiencia de abrir veinte álbumes hasta encontrar aquella imagen que estábamos intentando recordar.
Pero para hacer esa pregunta primero será necesario que las fotografías continúen existiendo, alguien conserve acceso y sobrevivan suficientes datos para saber quién era exactamente aquella abuela.

México también está aprendiendo a conservar lo digital
La Biblioteca Nacional, la Hemeroteca Nacional, el Archivo General de la Nación y distintas instituciones mexicanas llevan años enfrentándose profesionalmente al problema que comienza a llegar silenciosamente nuestras casas.
Digitalizar una colección puede proteger el acceso al original, multiplicar consultas y generar copias. Pero aquella digitalización produce inmediatamente nuevos objetos que también necesitan ser preservados.
La UNAM trabaja precisamente sobre preservación digital y una idea resulta fundamental: un objeto no puede considerarse verdaderamente preservado cuando ya no existen medios para utilizarlo.
Pensemos entonces nuevamente en aquel teléfono guardado dentro del cajón. Supongamos incluso que todos sus datos continúan físicamente perfectos después de treinta años sin utilizarlo.
Si nadie conoce la contraseña, murió la batería, desapareció su conector y ningún sistema puede comunicarse con él, sus fotografías existen técnicamente pero desaparecieron prácticamente para nosotros.
Ése quizá sea el gran cambio cultural. Durante siglos temíamos que nuestros documentos fueran destruidos. Ahora tendremos que preocuparnos también porque continúen existiendo sin poder alcanzarlos.
La generación mejor fotografiada
Nuestros descendientes podrían disponer de una cantidad extraordinaria de información sobre nosotros: imágenes, videos, conversaciones, ubicaciones, publicaciones, correos y documentos acumulados durante décadas completas.
Tal vez conozcan nuestra apariencia durante prácticamente cada etapa vital con una precisión que nosotros jamás tendremos respecto de nuestros bisabuelos o de generaciones todavía anteriores.
Pero cantidad de información y memoria no significan necesariamente lo mismo. La memoria necesita además selección, contexto, transmisión y alguien suficientemente interesado para recibir aquello que intentamos conservar.
Quizá por eso la solución doméstica resulte bastante menos tecnológica de lo esperado. Hacer copias continúa siendo importante, pero también debemos escoger, identificar, compartir y explicar nuestras fotografías.
Podemos conservar originales valiosos, mantener respaldos independientes, revisar periódicamente nuestros archivos y asegurarnos de que otra persona sepa dónde están y cómo podrá recuperarlos después.
Y podemos imprimir algunas fotografías. No cuarenta mil. Precisamente porque tenemos cuarenta mil, quizá debamos recuperar conscientemente aquello que el antiguo carrete hacía inevitablemente por nosotros: elegir.
¿Cuáles veinte fotografías cuentan este año? ¿Quiénes aparecen? ¿Dónde estábamos? ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién debería tener también esas imágenes además de nosotros mismos?
Tal vez preservar la memoria familiar siempre consistió en responder esas preguntas. La tecnología solamente consiguió que pudiéramos posponerlas mientras acumulábamos cantidades nunca imaginadas de respuestas posibles.
Algún día alguien abrirá nuestras cajas, teléfonos, discos o cuentas buscando entender quiénes fuimos. No necesitará encontrarlo todo. Necesitará encontrar aquello que todavía pueda explicarse.
Y quizá entre millones de imágenes digitales sobreviva también una fotografía impresa. Alguien podrá sostenerla, reconocer algunas caras, darle vuelta y encontrar unas palabras manuscritas detrás.
No necesitará conocer JPEG, HEIC, servidores ni contraseñas. Tampoco necesitará saber cuánto almacenamiento tuvimos. Bastará con que alguien hubiera pensado, muchos años antes, en dejar escrito:
Éramos nosotros.
