Tepito, La Merced, Guerrero y otros barrios llevarán comida, oficios y memoria a Santo Domingo. La octava feria tendrá como invitado especial a Santa María Aztahuacán.
Antes de que alguien inventara palabras como coworking, food hall o concept store, la Ciudad de México ya tenía un sistema bastante eficiente para juntar comida, trabajo, comercio y comunidad.
Se llamaba barrio.
Y todavía se llama así, aunque la palabra sobreviva apretujada entre códigos postales, desarrollos inmobiliarios, alcaldías, colonias, corredores comerciales y esa costumbre moderna de rebautizar lugares para venderlos mejor.
Del 14 al 18 de octubre, una parte de esa ciudad volverá a reunirse durante la octava Feria de los Barrios del Centro Histórico, organizada por el gobierno capitalino.
La sede será Plaza de Santo Domingo, sobre República de Brasil, entre República de Cuba y Venezuela. Abrirá diariamente de 11:00 a 18:00 horas y la entrada será gratuita.
Aquí se viene a comer barrio
La feria reúne gastronomía, artesanías, comercios y oficios vinculados históricamente con lugares como Tepito, La Merced, Guerrero, La Lagunilla, San Juan y otros rincones del Centro.
Hay una precaución importante: todavía no se publica el directorio definitivo de expositores de 2026. Por eso sería incorrecto asegurar desde ahora que determinado negocio estará presente.
En ediciones anteriores han participado establecimientos como Migas La Güera, Machetes Amparito y comercios tradicionales, además de reparadores de calzado, joyeros, paragüeros, cordeleros, bordadores y escribanos.
La sexta edición, por ejemplo, reunió 25 comerciantes procedentes de Tepito, Lagunilla, San Juan y Guerrero. Entre ellos estuvo un mecanógrafo cuya familia acumulaba entonces 97 años trabajando frente a Santo Domingo.
Eso explica por qué esta feria resulta más interesante que una simple colección de puestos. Aquí también se exhibe algo que normalmente no consideramos patrimonio: saber hacer cosas.
Arreglar zapatos. Escribir documentos a máquina. Preparar unas migas. Trabajar metales. Bordar. Reparar paraguas. Cocinar una receta durante décadas hasta convertirla prácticamente en dirección postal.
Este año Iztapalapa manda embajadora
La octava edición tendrá como invitado especial a Santa María Aztahuacán, uno de los pueblos originarios de Iztapalapa, que llevará expresiones de su cultura, tradiciones y gastronomía.
Su nombre náhuatl suele traducirse como “lugar de garzas”. Su historia comunitaria conserva procesiones, fiestas patronales, carnaval y un famoso reloj construido entre 1926 y 1930 mediante aportaciones vecinales.
Hasta eso tiene espíritu de barrio: según la historia recogida por el gobierno capitalino, los habitantes financiaron aquel reloj vendiendo patos provenientes de la laguna del pueblo.
Una feria que comenzó en Garibaldi
La Feria de los Barrios es relativamente joven. Su primera edición se realizó en octubre de 2019 en Plaza Garibaldi, inaugurada entonces por Claudia Sheinbaum y Beatriz Gutiérrez Müller.
Desde entonces ha cambiado de escenario. Ha ocupado espacios como Regina, Plaza Tolsá y otras plazas del Centro Histórico, pero conserva la intención de exhibir gastronomía, comercio y oficios tradicionales.
En 2022 llegó a su cuarta edición; en 2023 celebró la quinta; 2024 tuvo la sexta y 2025 la séptima. Este octubre llegará, consecutivamente, a la octava.
El propio Plan Integral de Manejo del Centro Histórico contempla mantener la Feria de los Barrios como instrumento para fortalecer identidad y divulgar historia, cultura y patrimonio barrial.
Pero ¿qué demonios es un barrio?
Aquí empieza la parte bonita.
Un barrio no es simplemente una colonia más pequeña. Tampoco existe una equivalencia histórica perfecta entre el barrio contemporáneo mexicano y las formas comunitarias anteriores a la Conquista.
En la antigua México-Tenochtitlan existieron calpulli o calpultin, unidades territoriales y comunitarias. Algunas comunidades atravesaron después profundas transformaciones coloniales, religiosas, económicas y urbanas.
Autoridades culturales han relacionado precisamente la persistencia de algunos barrios con aquellos antiguos espacios comunitarios, aunque sería excesivo decir que cualquier barrio actual es simplemente un calpulli sobreviviente.
En el antiguo núcleo capitalino suelen reconocerse cinco barrios históricos: Santa María Cuepopan, San Sebastián Atzacoalco, San Pablo Zoquipan, San Juan Moyotlán y Santa María la Redonda.
Pero México terminó dándole a la palabra barrio una dimensión que ningún mapa consigue encerrar completamente.
Barrio es territorio, pero también pertenencia. Es saber dónde hacen determinado taco, quién arregla aquello imposible de arreglar y qué familia lleva tres generaciones detrás del mismo mostrador.
Es reconocer al vecino. Prestar la banqueta para una silla. Cerrar una calle durante la fiesta patronal. Saber qué puesto estaba ahí antes de que nosotros llegáramos.
También puede ser conflicto, desigualdad, hacinamiento y abandono. Conviene no romantizarlo: muchos barrios mexicanos han cargado precisamente con marginación, estigmatización y décadas de políticas urbanas desiguales.
Pero incluso bajo esas presiones aparece una característica difícil de fabricar desde un despacho de arquitectura: la memoria compartida de quienes han aprendido a vivir juntos un pedazo de ciudad.
Por eso desaparece algo cuando desaparece una fonda de cincuenta años, un oficio, una vecindad, un mercado o una fiesta. No desaparece solamente un negocio.
Desaparece una pequeña pieza del manual de instrucciones de ese lugar.
La Feria de los Barrios permitirá comer, comprar, mirar oficios y conocer Santa María Aztahuacán. Todo eso constituye una buena razón para darse una vuelta por Santo Domingo.
Pero quizá exista otra.
En una ciudad obsesionada con preguntarnos dónde vivimos, durante cinco días habrá un lugar dedicado a una pregunta mucho más interesante:
¿De qué barrio eres?

