Encontrar un perro aparentemente perdido abre una pequeña investigación: ponerlo a salvo, buscar identificación, localizar a su familia y comprobar quién viene por él. En la CDMX existe además el RUAC, un registro obligatorio creado precisamente para vincular animales de compañía con sus responsables. Buena voluntad ayuda; improvisar una adopción en veinte minutos, bastante menos.
El encuentro suele comenzar con dos desconocidos oliéndose.
Uno lleva correa. El otro aparece caminando solo por el parque y parece haber decidido incorporarse espontáneamente al paseo.
Después llegan los humanos.
Encontrar un perro aparentemente extraviado despierta un impulso comprensible: sacarlo de la calle inmediatamente. Hacerlo puede ser una magnífica decisión, pero apenas comienza el problema.
Primero conviene observar antes de declarar inaugurada una adopción.
Collar, pechera o placa pueden contener nombre, teléfono y, en Ciudad de México, la clave del Registro Único de Animales de Compañía, conocido como RUAC.
La legislación capitalina establece que las personas responsables deben inscribir a sus animales de compañía en ese registro, operado por la Agencia de Atención Animal.
El RUAC es gratuito y concentra datos de identificación del animal y de quien ejerce su tutela. Entre sus finalidades está precisamente facilitar localización y regreso cuando ocurre un extravío.
Si aparece un teléfono legible, la negociación diplomática puede durar cinco minutos.
Sin identificación visible comienza el trabajo detectivesco.
Antes de mover al perro grandes distancias conviene preguntar en comercios, porterías, puestos, parques y viviendas cercanas. Muchos animales encontrados estaban sorprendentemente cerca de casa.
También puede difundirse que fue localizado, pero publicar absolutamente todos sus rasgos elimina una herramienta útil para verificar posteriormente a quien reclame ser responsable.
Guardar algún detalle permite preguntar por sexo, manchas, collar, cicatrices, comportamiento o características que una persona realmente familiarizada con el animal probablemente conocerá.
Las fotografías también ayudan a comparar.
Quien reclama al perro puede mostrar imágenes anteriores, cartilla veterinaria, comprobantes, información del RUAC u otros elementos capaces de establecer una relación previa.
Esto importa porque entregar un animal al primero que escriba “es mío” tampoco constituye necesariamente un final feliz.
Durante el resguardo temporal aparecen responsabilidades bastante menos románticas.
Hay que proporcionar agua, mantenerlo en un sitio seguro y evitar enfrentamientos con otros animales. Un perro asustado puede comportarse de manera diferente a como lo hace normalmente en casa.
Si presenta heridas, desorientación, dificultad respiratoria, sangrado o signos evidentes de enfermedad, la prioridad cambia y resulta recomendable buscar valoración veterinaria.
Tampoco conviene administrar medicamentos humanos improvisadamente.
Los Centros de Atención Canina y Felina y las clínicas veterinarias de las alcaldías forman parte de la estructura pública relacionada con atención animal, aunque servicios, horarios y capacidad pueden variar.
Hay además una discusión legislativa interesante en marcha.
Una iniciativa presentada este año propone reforzar los mecanismos vinculados al RUAC para reportar animales extraviados y localizados, además de proteger los datos personales de sus responsables.
El proyecto plantea incluso procedimientos para que centros y clínicas consulten si un animal encontrado fue reportado como perdido.
Pero esas modificaciones todavía son una iniciativa, no deben confundirse con reglas actualmente vigentes.
Lo que sí existe hoy es el RUAC obligatorio y una legislación que reconoce a los animales como seres sintientes cuyo bienestar debe protegerse.
Encontrar un perro, entonces, no significa que la calle acabe de entregar una mascota gratis.
Probablemente significa que en algún lugar alguien está buscándolo.
Durante unas horas habrá que convertirse en refugio, investigador, fotógrafo, recepcionista y negociador.
Todo porque el único testigo capaz de resolver el caso sabe perfectamente dónde vive.
Pero insiste en no decirlo.
