El Museo del Juguete Antiguo México exhibe unas 20 mil piezas, pero su acervo supera el millón. La inmensa mayoría continúa guardada esperando algún día salir a jugar.
Un niño puede considerar injusto guardar un juguete durante una semana, así que conviene imaginar el problema de tener cientos de miles esperando pacientemente dentro de una bodega.
Eso ocurre en la colonia Doctores, donde existe una colección tan grande que exhibir veinte mil piezas simultáneamente significa enseñar apenas una pequeña parte del conjunto.
El Museo del Juguete Antiguo México conserva más de un millón de objetos, según el Sistema de Información Cultural, aunque solamente alrededor de veinte mil permanecen actualmente exhibidos.
La aritmética resulta maravillosa: incluso mostrando veinte mil juguetes, queda fuera de las salas aproximadamente 98 por ciento de una colección construida durante más de siete décadas.
Hay demasiados juguetes para el museo
Dentro aparecen carritos de madera, metal y plástico, locomotoras, barcos, futbolitos, trompos, yoyos, baleros, bicicletas, robots, muñecas, alcancías y vehículos infantiles de pedales.
Algunos son diminutos hasta aproximarse al tamaño de una cabeza de alfiler, mientras otros crecieron hasta convertirse en enormes robots con mecanismos eléctricos y movimiento propio.
La colección comenzó a formarse desde 1955 alrededor de Roberto Y. Shimizu, quien encontró muchas piezas precisamente donde otros habían decidido dejar de considerarlas importantes.
Tianguis y mercados de pulgas proporcionaron buena parte del material, convirtiendo objetos descartados, olvidados o simplemente envejecidos en piezas capaces de explicar distintas épocas del juego mexicano.
Ahí ocurre la primera transformación interesante: un carrito puede abandonar la habitación infantil, pasar años olvidado, llegar después al tianguis y finalmente terminar dentro de una colección.
Un juguete también puede convertirse en documento
Guardamos documentos porque contienen información, pero un juguete también revela materiales, tecnologías, personajes populares, publicidad, aspiraciones familiares y maneras diferentes de imaginar la infancia.
Un automóvil metálico cuenta qué coches admirábamos, mientras una alcancía de luchador revela personajes populares y una muñeca conserva ideales estéticos que quizá actualmente resultarían completamente distintos.
Los materiales también hablan: madera, hojalata, cartón, plástico y mecanismos eléctricos permiten seguir transformaciones industriales que modificaron tanto los juguetes como prácticamente todos nuestros objetos domésticos.
Incluso aquello que un juguete permite hacer resulta revelador, porque cada generación aprende distintas maneras de competir, construir, imitar adultos, imaginar personajes o simplemente destruir cosas.
Por eso una colección gigantesca plantea un problema mucho más interesante que decidir dónde colocar otro estante: también debemos preguntarnos qué merece conservarse y por qué.
El verdadero museo está esperando afuera
El MUJAM abrió formalmente en 2008 dentro de un edificio de la calle Doctor Olvera, pero la colección que lo alimenta llevaba décadas creciendo mucho antes.
Sus seis salas permanentes organizan piezas relacionadas con lucha libre, juguetes tradicionales, objetos antiguos y producción industrial, además de tres espacios destinados a exposiciones temporales.
Pero detrás de aquello que puede recorrer un visitante permanece una colección desproporcionadamente mayor, esperando conservación, clasificación y oportunidades futuras para aparecer frente al público.
Si las piezas exhibidas fueran sustituidas completamente cada día por otras veinte mil, todavía necesitaríamos muchas semanas para conseguir que todo el acervo tuviera solamente una oportunidad.
Y semejante cálculo supone una rotación imposible, porque montar, documentar, conservar y desmontar miles de objetos diariamente convertiría el museo en una especie de aeropuerto para juguetes.
¿Qué deberíamos guardar de 2026?
La colección produce además una pregunta incómoda para quienes todavía tenemos cajones llenos de cosas que parecen demasiado comunes como para terminar algún día detrás de una vitrina.
¿Qué juguete comprado este año necesitaría conservarse para que alguien dentro de cincuenta años comprenda cómo jugaban, qué deseaban y qué personajes reconocían los niños de 2026?
Quizá una consola, una figura coleccionable, un coche de plástico, una muñeca, algún objeto conectado o ese juguete inexplicable que actualmente aparece repetidamente en videos cortos.
Resulta imposible saberlo porque las colecciones históricas poseen una ventaja tramposa: desde el futuro podemos reconocer la importancia de objetos que sus propietarios originales consideraban perfectamente ordinarios.
Un trompo viejo fue alguna vez solamente un trompo nuevo, igual que aquellos carritos conservados actualmente detrás de vitrinas alguna vez terminaron raspados debajo de una cama.
El museo abre este lunes, pero incluso quien recorra todas sus salas solamente conocerá una fracción diminuta de aquello que la colección guarda silenciosamente en reserva.
En algún lugar de la Doctores permanecen cientos de miles de juguetes esperando una oportunidad que conocen perfectamente todos los niños: que alguien vuelva finalmente a abrir la caja.
