Foto Gabriel "El Paisano" Morales
Comerciantes de artículos para Día de Muertos recorrieron Paseo de la Reforma rumbo a Bellas Artes. La ciudad empieza a vestirse para una celebración donde recordar también significa festejar.
La muerte todavía no tiene cita en el calendario, pero ya salió a caminar por la Ciudad de México, rodeada de catrinas, calaveras y adornos.
Comerciantes de artículos para el Día de Muertos realizaron un recorrido desde la zona del Caballito, sobre Paseo de la Reforma, hasta las inmediaciones de Bellas Artes.
El contingente llevó al Centro Histórico los colores de una celebración que convierte el recuerdo de quienes murieron en una de las expresiones culturales más reconocibles de México.
Entre figuras de calaveras y decoraciones de temporada, los vendedores recordaron que esta tradición también tiene una vida comercial que comienza semanas antes de noviembre.
La muerte no siempre llega vestida de negro
En México, el Día de Muertos tiene una particularidad: permite hablar de la ausencia sin renunciar a la música, la comida, las flores y el humor.
La celebración parte de una idea entrañable: recordar a quienes murieron mediante ofrendas, objetos y alimentos que ayudan a mantener viva su presencia en la memoria.
No significa que las familias desconozcan el dolor de perder a alguien. Al contrario, encuentran una manera de convivir con ese sentimiento sin esconderlo.
Por eso, una calavera puede provocar una sonrisa y una fotografía colocada sobre un altar puede despertar lágrimas. Ambas emociones caben en la misma celebración.

Una tradición hecha de muchos Méxicos
El Día de Muertos reúne costumbres indígenas, prácticas religiosas católicas y tradiciones familiares que cambiaron con el tiempo y adquirieron características distintas en cada región.
No existe una sola manera mexicana de recordar a los difuntos. Las ofrendas, los alimentos, los horarios y las ceremonias varían entre comunidades y hogares.
En muchas casas, el altar reúne fotografías, veladoras, agua, flores, pan y platillos que disfrutaban las personas fallecidas, aunque cada familia decide qué colocar.
El cempasúchil ocupa un lugar especial por su color y aroma. En numerosas tradiciones, sus pétalos ayudan a señalar simbólicamente el camino hacia la ofrenda.
Las calaveras de azúcar, el papel picado y el pan de muerto también forman parte del paisaje de estas fechas, junto con objetos personales y recuerdos.
La UNESCO reconoció en 2008 la festividad indígena dedicada a los muertos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, después de proclamarla en 2003.
Ese reconocimiento destaca una tradición viva, transmitida entre generaciones, que conserva significados comunitarios y familiares mucho más profundos que sus imágenes convertidas en souvenirs.
La Catrina también salió a las calles
La figura de la Catrina tiene otra historia. Surgió de la crítica social del grabador José Guadalupe Posada y fue transformándose hasta convertirse en símbolo popular.
Su elegante sombrero y su rostro descarnado recuerdan, con una buena dosis de ironía, que la muerte no distingue entre ricos, pobres, poderosos y desconocidos.
En una ciudad acostumbrada a discutirlo todo, hasta los esqueletos parecen participar en la conversación pública: se visten, desfilan y se burlan de las apariencias.
Pero las catrinas no resumen toda la celebración. Detrás de su popularidad permanecen las prácticas familiares y comunitarias que dan sentido a estas fechas.
Una fiesta que también mueve la economía
Para los comerciantes, octubre marca el comienzo de una temporada importante. Flores, adornos, calaveras y materiales para ofrendas encuentran compradores antes de los días principales.
El recorrido hacia Bellas Artes mostró esa otra cara de la tradición: quienes producen, transportan y venden los objetos que después aparecerán en casas y negocios.
La presencia de vendedores también recuerda que las celebraciones populares dependen de oficios y pequeños comercios, además de grandes desfiles y actividades organizadas por autoridades.
Los vivos preparan la visita
Las fechas más conocidas son el 1 y 2 de noviembre, aunque algunas comunidades realizan ceremonias desde días anteriores y mantienen calendarios propios.
En numerosos hogares, el primer día se dedica a recordar a los niños fallecidos y el segundo a los adultos, con variaciones según cada tradición familiar.
Mientras llegan esas jornadas, la capital empieza a llenarse de flores anaranjadas, figuras de esqueletos y escaparates que anuncian la cercanía de la celebración.
El paseo de los comerciantes por Reforma y Bellas Artes fue una señal temprana: la ciudad comienza a preparar sus altares y a desempolvar sus recuerdos.
Porque en México el Día de Muertos no consiste solamente en adornar las calles. También ofrece una manera de decir que alguien sigue presente mientras sea recordado.
