A 58 años del 2 de octubre de 1968, historiadores y protagonistas explican qué cambió Tlatelolco, qué heredó México y qué promesas siguen incumplidas.
París quiso cambiar la vida. Praga humanizar el socialismo. Estados Unidos enfrentó guerra, racismo y asesinatos políticos. México pidió libertades que hoy parecen elementales y recibió balas. Más de medio siglo después, 1968 dejó ciudadanos, derechos y nuevas maneras de desafiar al poder. También dejó promesas incumplidas. La mayor contradicción mexicana sigue en Tlatelolco: aprendimos a recordar el crimen, pero nunca conseguimos castigarlo.
El mundo de 1968 no ganó las revoluciones que imaginó.
Ganó algo probablemente más profundo.
Después de aquel año resultó mucho más difícil convencer a millones de jóvenes de que debían obedecer simplemente porque enfrente había un presidente, profesor, general, padre, sacerdote o secretario del Partido.
Ése quizá sea el legado más duradero de 1968.
La autoridad perdió parte de su carácter sagrado.
En París, estudiantes y trabajadores pusieron en jaque al gobierno de Charles de Gaulle. En Praga, una sociedad intentó construir un socialismo con mayores libertades hasta que llegaron los tanques soviéticos.
En Estados Unidos convivieron Vietnam, las luchas por derechos civiles, el asesinato de Martin Luther King, el de Robert Kennedy, movilizaciones estudiantiles y una sociedad fracturada.
Berlín, Roma, Tokio, Montevideo y otras ciudades produjeron sus propias rebeliones.
México produjo la suya.
Y terminó en Tlatelolco.
NO HUBO UN SOLO 68
La primera precaución consiste en no inventar retrospectivamente una revolución mundial coordinada.
Los historiadores que han revisado aquel año insisten cada vez más en hablar de los 68.
Judit Bokser y Federico Saracho, de la UNAM, describen movimientos conectados por un incipiente transnacionalismo, pero diferentes en sus circunstancias, demandas y desenlaces.
Existían Vietnam, anticolonialismo, derechos civiles, feminismo, oposición al autoritarismo, demandas universitarias y una nueva cultura juvenil circulando internacionalmente.
Alexander Bloom, en su reciente historia global de 1968, recorre Nueva York, París, Praga, Chicago y Ciudad de México precisamente como expresiones diferentes de una sacudida común contra estructuras de autoridad.
No triunfaron políticamente en el sentido convencional.
De Gaulle sobrevivió a Mayo francés y ganó las elecciones posteriores.
La Primavera de Praga terminó aplastada.
Richard Nixon ganó la presidencia estadounidense.
En México, Gustavo Díaz Ordaz concluyó su mandato y el PRI conservaría la Presidencia durante otros 32 años.
Si medimos 1968 únicamente preguntando quién conservó el gobierno, el poder ganó.
Pero la historia no terminó esa noche.
MÉXICO NO ESTABA PIDIENDO UNA REVOLUCIÓN
El caso mexicano resulta todavía más paradójico porque el pliego petitorio del Consejo Nacional de Huelga no proponía derribar el capitalismo ni instaurar otro régimen.
Exigía libertades concretas.
Liberación de presos políticos, desaparición del cuerpo de granaderos, derogación de los artículos 145 y 145 bis utilizados contra la disidencia, destitución de jefes policiacos, indemnización a víctimas y deslinde de responsabilidades.
El Estado respondió a demandas de apertura como si enfrentara una insurrección.
Ricardo Pozas Horcasitas interpreta aquella confrontación como resultado de un régimen que se había oligarquizado y cuyas instituciones habían perdido capacidad para mediar entre sociedad y Estado.
Ariel Rodríguez Kuri agrega una incomodidad importante para la memoria contemporánea: Díaz Ordaz no actuaba necesariamente contra una sociedad completamente identificada con los estudiantes.
Existía un conservadurismo social considerable.
El gobierno supo utilizarlo.
Eso impide contar Tlatelolco como una película sencilla donde todo México estaba de un lado y el régimen completamente aislado del otro.
Había miedo al comunismo, obediencia presidencial, medios sometidos o favorables al poder y sectores sociales profundamente desconfiados de aquella juventud.
El 68 también fue una batalla para convencerlos.
EL 2 DE OCTUBRE CAMBIÓ LA PREGUNTA
El movimiento había comenzado protestando contra la violencia policial.
Terminó demostrando hasta dónde podía llegar esa violencia.
El 2 de octubre, miles de personas se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas. Ejército, fuerzas de seguridad y elementos del Batallón Olimpia participaron en una operación cuyo saldo exacto continúa sin conocerse.
Incluso esa incertidumbre forma parte del legado.
El gobierno informó originalmente cifras muy inferiores a estimaciones posteriores. El Consejo Nacional de Huelga habló después de alrededor de 150 muertos; documentos y estimaciones diplomáticas estadounidenses manejaron otras cantidades.
Más de medio siglo después, México continúa sin una cifra definitiva.
La ausencia no es un detalle estadístico.
Es evidencia de cómo funcionaba aquel Estado.
El Archivo General de la Nación reconoce que las discrepancias proceden tanto de registros diferentes como de esfuerzos por ocultar o distorsionar lo ocurrido.
EL CIUDADANO SALIÓ A LA CALLE
Gilberto Guevara Niebla estuvo aquella tarde en el edificio Chihuahua, fue detenido, encarcelado y posteriormente exiliado.
Décadas después resumió el legado del movimiento de una manera sorprendentemente sobria: fue fundamentalmente político.
Para él, el 68 hizo aparecer en México una ciudadanía moderna compuesta por individuos informados, participativos y comprometidos con asuntos públicos.
Su interpretación contiene una clave.
Antes del 68, marchar hacia el Zócalo constituía una provocación extraordinaria al orden político.
Hira de Gortari ha señalado precisamente la conquista del espacio público y la libertad de expresión como dos herencias fundamentales.
Hoy una marcha puede incomodar, bloquear avenidas, desafiar al gobierno e incluso exigir la renuncia de un presidente sin que resulte extraordinario que llegue al centro político del país.
En 1968 aquello estaba todavía en disputa.
La calle también pertenecía al Presidente.
Los estudiantes comenzaron a quitársela.
LA DEMOCRACIA NO NACIÓ EN TLATELOLCO
Aquí aparece una de las exageraciones más frecuentes de nuestra memoria.
México no se convirtió en democracia porque ocurriera el 2 de octubre.
Ni la reforma política posterior, la competencia electoral, la autonomía electoral o la alternancia presidencial pueden explicarse mediante una línea recta que comience en Tlatelolco.
Jorge Volpi ha advertido justamente contra convertir la masacre en un parteaguas absoluto.
El 68 fue un episodio central de una lucha democrática mucho más larga, no un interruptor que separó instantáneamente autoritarismo y democracia.
Después de Tlatelolco vino todavía el Halconazo de 1971.
Vinieron la Guerra Sucia, desapariciones, tortura y persecución de organizaciones guerrilleras y opositores.
También llegaron reformas electorales, nuevos partidos, organizaciones civiles, movimientos sindicales independientes y una prensa progresivamente menos controlable.
El régimen no cayó.
Comenzó a perder el monopolio de lo imaginable.
TAMBIÉN GANARON LAS MUJERES QUE CASI NO APARECÍAN
La memoria tradicional del 68 mexicano construyó además su propia contradicción.
Celebró una rebelión contra jerarquías mientras durante décadas contó esa rebelión principalmente mediante las voces de dirigentes hombres.
La investigadora Susana Draper ha cuestionado precisamente esa narración masculina y la reducción del movimiento a sus líderes y al desenlace de Tlatelolco.
Mujeres participaron en brigadas, asambleas, propaganda, organización y movilización.
El mundo que emergió de los largos sesenta abrió además discusiones sobre sexualidad, familia, feminismo y liberación homosexual que modificarían profundamente las décadas siguientes.
Alexander Bloom observa esa paradoja global: varias rebeliones fueron derrotadas inmediatamente, pero feminismo, liberación gay, ambientalismo y valores contraculturales adquirieron nuevo impulso posteriormente.
1968 perdió muchas plazas y ganó muchas conversaciones.
LA DERECHA TAMBIÉN APRENDIÓ
Existe otra herencia menos celebrada.
Las rebeliones también produjeron reacción.
Mientras jóvenes cuestionaban guerra, racismo, capitalismo y autoridad, otros ciudadanos contemplaban disturbios, huelgas, ocupaciones universitarias y violencia callejera con temor.
En Estados Unidos, Richard Nixon explotó políticamente esa ansiedad mediante el lenguaje de “ley y orden”.
En Francia, después de las barricadas, los gaullistas obtuvieron una contundente victoria electoral.
La American Historical Association advierte que reducir 1968 a una política única oculta precisamente ese fenómeno: junto con la Nueva Izquierda también creció una nueva movilización conservadora.
Ésta es quizá la contradicción mundial más interesante.
1968 liberó a unos y asustó a otros.
Ambos aprendieron a organizarse.
MÉXICO APRENDIÓ A RECORDAR
El Estado mexicano perdió otra batalla que en 1968 parecía tener ganada.
No consiguió imponer su versión.
“2 de octubre no se olvida” terminó convertido en una de las consignas políticas más persistentes de México.
Eugenia Allier, especialista en memoria pública, ha estudiado precisamente cómo Tlatelolco terminó instalado como uno de los lugares centrales de la memoria mexicana y como símbolo de la lucha democrática.
Fotografías, testimonios, libros, películas, archivos, marchas y generaciones de estudiantes hicieron aquello que el aparato oficial no pudo impedir.
Recordar.
La masacre que debía terminar con una movilización terminó proporcionando al autoritarismo mexicano su imagen más duradera.
PERO RECORDAR NO FUE HACER JUSTICIA
Aquí termina cualquier celebración cómoda del legado.
México consiguió transformar Tlatelolco en memoria nacional.
No consiguió convertir esa memoria en responsabilidad penal proporcional.
Durante décadas hubo archivos cerrados, versiones contradictorias e investigaciones aplazadas.
En 2002, la Suprema Corte tuvo todavía que ordenar al Ministerio Público investigar los hechos porque previamente había pretendido cerrar la posibilidad alegando prescripción.
La Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado investigó posteriormente responsabilidades y llevó a Luis Echeverría ante la justicia.
Pero no existe una cadena de condenas capaz de responder por la operación del 2 de octubre.
El INEHRM lo resume sin rodeos: los autores materiales e intelectuales nunca fueron castigados.
Ésa es probablemente la gran promesa incumplida del 68 mexicano.
Conseguimos el derecho a decir “2 de octubre no se olvida”.
No conseguimos que alguien respondiera penalmente por todo aquello que recordamos.
LO QUE TODAVÍA NOS PREGUNTA TLATELOLCO
Sería cómodo pensar que el legado de 1968 pertenece a una época superada.
No es así.
Su pregunta fundamental continúa siendo extraordinariamente contemporánea: ¿qué hace un Estado cuando sus ciudadanos dejan de obedecer y comienzan a exigir explicaciones?
El México actual posee elecciones competitivas, pluralidad política, libertades públicas y espacios de crítica inimaginables para aquella generación.
Eso importa.
También persisten abusos policiales, desapariciones, militarización de tareas civiles, agresiones contra periodistas, impunidad y una relación permanentemente conflictiva entre protesta y autoridad.
Por eso el 68 no ofrece una respuesta partidista.
Ofrece una advertencia institucional.
El gobierno que se considera moralmente autorizado para decidir qué protesta es legítima comienza a recorrer un camino peligroso, independientemente del partido que ocupe Palacio Nacional.
El legado no pertenece al PRI que reprimió ni a las fuerzas políticas que posteriormente reivindicaron a las víctimas.
Pertenece al ciudadano que puede enfrentarse al poder.
EL TRIUNFO INCOMPLETO
1968 no consiguió aquello que muchos de sus protagonistas imaginaron.
Vietnam continuó.
Los tanques aplastaron Praga.
Nixon llegó a la Casa Blanca.
De Gaulle sobrevivió a las barricadas.
Díaz Ordaz terminó su Presidencia.
El PRI gobernó México otras tres décadas.
Pero algo había cambiado.
Una generación descubrió que podía cuestionar públicamente la autoridad y otra generación de gobernantes descubrió que reprimir podía ganar una plaza y perder la memoria.
México tardaría décadas en construir una democracia electoral.
Tardó mucho menos en aprender la frase que resumió la deuda.
Dos de octubre no se olvida.
Cincuenta y ocho años después quizá debamos agregar otra.
Recordarlo no fue suficiente.
Porque la gran contradicción de Tlatelolco permanece allí: el país que convirtió a sus muertos en símbolo democrático nunca consiguió ofrecerles justicia completa.
Ése es el legado incómodo del 68.
Nos enseñó que el ciudadano podía exigir cuentas al poder.
Y todavía nos recuerda todo lo que ocurre cuando el poder consigue no rendirlas.
